Almohadillado de sillares

La presencia de esta técnica llamó la atención a viajeros y observadores de la arquitectura mediterránea, que pudieron contemplarla en diferentes lugares a lo largo de los siglos y de la mano de culturas dispares. Veamos, pues, qué se esconde detrás de esa mezcla de rudeza, solidez, arcaísmo y clasicismo que provoca en los edificios la utilización de los paramentos almohadillados. La técnica del almohadillado de sillares, es una de las realizaciones técnicas sobre paramento que más interés ha suscitado a lo largo de la historia y que más influencia ha ejercido desde el punto de vista de la decoración arquitectónica. Tuvo un enorme impacto y gran penetración en toda la protohistoria del Mediterráneo y en época clásica. Los primeros indicios tenemos que rastrearlos en Oriente, en el siglo XII a.C. El almohadillado tuvo gran protagonismo en el Renacimiento, tras el paréntesis que la utilización de esta tecnología sufrió durante la Edad Media. El hecho de que la arquitectura renacentista recuperara tan peculiar tratamiento de talla, como otras tantas formas y técnicas de la antigüedad, muestra su importancia funcional y decorativa más allá de la puramente ergonómica de los primitivos tiempos en que se constatan sus primeras utilizaciones. Paralelamente, la talla del almohadillado en sillares nos introduce directamente en la oleada de influjos y novedades tecnológicas y tipológicas que, desde Oriente hacia Occidente, se difundieron a lo largo del I milenio a.C. por el Mediterráneo. Se puede documentar la aparición de este tratamiento de los sillares sucesivamente en el tiempo y en diferentes lugares, desde Siria-Palestina, hacia la península Ibérica, pasando por Chipre, el Egeo, Sicilia, Cerdeña y el norte de África. Para explicar el surgimiento del almohadillado como técnica constructiva, tenemos que acudir, en primer lugar, a la búsqueda del ahorro de trabajo, tanto en tiempo como en esfuerzo de los canteros, los cuales, tras extraer los bloques que iban a ser utilizados en las construcciones, únicamente retocaban aquellas caras que iban a ser unidas, dejando en reserva, o sin apenas tocar, la cara vista de lo que sería el sillar. Al mismo tiempo, todas las esquirlas procedentes de estos retoques in situ, es decir, a pie de obra, eran de inmediato reaprovechadas, principalmente como ripios o cuñas para reforzar y tapar los huecos existentes entre las junturas de los sillares, o para ser extendidas por el suelo a modo de camas preparatorias, rudus, con la que consolidar y aplanar el terreno para colocar pavimentaciones. La talla cuidada de los planos que iban a ser encajados hacían sobresalir los planos pertenecientes a las caras vistas de los sillares. También se dejaba en reserva la parte trasera del sillar, cuya irregularidad facilitaba una mayor consistencia para ser rellenada posteriormente con piedras y arena, formando parte así del característico emplecton que colmataba el espacio interno de los muros. De este modo, los planos que sobresalían conformaban lo que era en sí mismo el almohadillado que, en un primer momento, denominaremos "rústico', precisamente por el escaso o nulo trabajo de la cara principal del bloque, que conservaba su aspecto natural rocoso. Con los rebajes en los ángulos del sillar para permitir un mejor encaje, además de determinar con rigor constructivo las lineas verticales de las esquinas o ángulos de los edificios, se configuró un sistema de ajuste de bloques conocido con el término griego de anathyrosis. Se puso en práctica desde finales del siglo V a.C. y alcanzó su grado máximo de desarrollo entre los ss. IV y III a.C. La talla de la anathyrosis que reforzaba los ángulos de los muros marcó, aún más, la parte central del sillar, que sobresalía de forma llamativa. La apariencia de almohadillado se lograba fundamentalmente por la distinción entre la perfección de la talla y medidas del listel, y la irregularidad del plano no tallado. La aparición de esta moldura iría, a partir de entonces, íntimamente ligada a los almohadillados. El cuadro de anathyrosis, aplicado principalmente sobre los contornos, permitió el perfecto encaje lateral de los sillares, mientras que en las caras superior e inferior de los bloques que iban a estar sometidos a gran peso, existió una especial preocupación por que mantuviesen superficies completamente alisadas. De este modo se aseguraba un mejor reparto de los empujes y no se corría el riesgo de que cualquier defecto en el plano horizontal provocara la fractura del bloque. Para sistematizar la utilización de la técnica del almohadillado de sillares hay que atender a tres necesidades; en primer lugar tendríamos los almohadillados rústicos; en segundo lugar aquéllos que responden a necesidades decorativas y, por último, los de marcado carácter funcional. Los primeros, denominados "rústicos", surgieron por la talla de las junturas de los sillares, quedando el centro del bloque en un plano saliente sin tallar y presentando un aspecto natural y rugoso. En todo ello el ahorro de trabajo por parte de los canteros tuvo que ser decisivo. El segundo modelo técnico lo encontramos en los almohadillados puramente ornamentales. Utilizados desde la Grecia Clásica, presentan un trabajo voluntario de los planos externos del sillar, con almohadillas rectangulares de lineas perfectas y superficies alisadas. El modelo ornamental del almohadillado padeció numerosas variaciones, transformándose según el gusto y la imaginación de los arquitectos, así como por la capacidad y destreza de los canteros. Dichos almohadillados se realizaron principalmente sobre aparejos isódomos o pseudo-isódomos, con muy buenos ejemplos en las ciudades helenas de Delfos, Priene, Éfeso, Dodona, o en el mismo teatro de Mesenia. También encontramos ejemplos en aparejos trapezoidales y poligonales, como en la citada ciudad de Dodona y en Gortys. Hasta el período helenístico no contaremos con un elenco tipológico variado de almohadillados, con las partes centrales de los bloques claramente definidas y con numerosas formas, desde planos salientes 4 ó 5 cm hasta ligeras improntas apenas esbozadas. También se constatan otros modelos, como los semicirculares, cuando el almohadillado adquiere una curva regular entre las lineas horizontales superior e inferior, o los trapezoidales, en los que los rebordes se tallan biselados. Ambos son típicos de los yacimientos helenísticos de Asia Menor y trascenderán en las arquitecturas del Renacimiento y Barroco. Con todo ello podemos afirmar que en el mundo helenístico el cuidado tratamiento de los sillares hizo que cada bloque fuera, en sí mismo, una magnífica pieza decorativa. Detrás de la utilización de estos bloques decorativos estaba la búsqueda de una nueva articulación de los muros, el juego de luces y sombras, los efectos del claroscuro y los contrastes de distintas texturas en la piedra. La incidencia de la luz solar a diferentes horas del día jugaría, sin duda, un destacado papel para esa nueva articulación, lo que provocaría un cierto movimiento. Tienta pensar que toda esta complejidad ornamental, tan asumida en las citadas épocas posteriores del Renacimiento y Barroco, tenía su origen en este momento helenístico, en el que la búsqueda del movimiento en arquitectura se conforma como una expresión artística más, al igual que en la pintura o en la escultura. El efecto decorativo de los sillares almohadillados en el mundo greco-rromano no se detuvo en los paramentos de sillares. También fue fundamental el empleo del relieve, buscando efectos obtenidos por planos salientes y hundidos, tal y como se aprecia en construcciones del siglo IV a.C. (como, por ejemplo, en Olinto y Delos). También se consideraron las decoraciones de almohadillados imitados sobre estucos y enlucidos de paredes, lo que, sin lugar a dudas, indicó un grado más en la evolución técnica y arquitectónica. Para imitar el almohadillado en lienzos externos, se aplicaba sobre los muros una capa de estuco sobre la que se practicaban una serie de incisiones de escasa profundidad, que daban un efecto óptico de plano en relieve. Sobre este estuco se colocaba una capa de enlucido que completaba el proceso y que, además, ayudaba a mantener aislado y protegido el muro contra los agentes externos. En las paredes del interior de los edificios, las decoraciones que imitaban muros de este tipo fueron aún más cuidadas. Otro modelo de sillar, no estrictamente almohadillado, pero que se relaciona con los de carácter ornamental, estuvo representado por los planos picados o retocados con cincel. Generalmente enmarcados, provocaron el mismo efecto visual que los almohadillados, es decir, el juego de luces y sombras y la diferenciación de texturas que recreaban movimientos y que dotaban de vida, por así decirlo, a algo tan estable e inmóvil como un paramento de piedra. Por último, hay un grupo de sillares que presentan almohadillados con un marcado carácter funcional, es decir, sin mostrar rasgos de rusticidad como los del primer grupo. Ello se conseguía fundamentalmente porque tenían bien rematadas las caras vistas, aún sin mantener un cuidado excesivo en el pulido y acabado de las superficies, tal y como sucedía con los del segundo tipo, definidos como ornamentales. Dichos sillares se colocaban en las primeras hiladas, conformando los podia o basamentos de edificaciones. Precisamente es ahí donde radicó su funcionalidad: en la robustez del sillar almohadillado se apoyó toda la construcción y adquirió gran consistencia; además, los planos salientes de estos sillares resistían mejor los desgastes provocados por la erosión. También se colocaba este tipo de sillar, atendiendo a las mismas necesidades, en las esquinas de las construcciones, exactamente igual que en las edificaciones modernas, que presentan sillares de esquina almohadillados cuya función es una mezcla de estética y de refuerzo. Los primeros vestigios de sillares almohadillados los tenemos documentados en el patio denominado "V" del palacio del Tell de Ras-Shamra (Ugarit), fechados en el siglo XII a.C.. Probablemente esta técnica era conocida con anterioridad en otros lugares del Próximo Oriente, y utilizada en ámbitos tanto privados como domésticos. Como ya hemos comentado anteriormente, estas primeras utilizaciones respondían a un ahorro de esfuerzo en la talla de los bloques, por lo que serían sillares almohadillados de tipo "rústico". Posiblemente la técnica se habría iniciado en Egipto, hacia 1500 a.C., y desde ahí se expandió por las zonas vecinas dentro de una riada de innovaciones desarrolladas en el país del Nilo y exportadas dentro de lo que se conoce como estilo egiptizante. Ello hizo que, junto a los sillares almohadillados, se difundieran otras cuestiones arquitectónicas: nuevas tipologías de edificios, elementos tecnológicos tales como capiteles lotiformes o hathóricos, cornisas rematadas en gola y, sobre todo, ornamentaciones y programas decorativos. Todo ello afectó en gran medida a toda la franja oriental mediterránea y, especialmente, al mundo fenicio primero y al púnico, como su continuador, después. Como se ha dicho, los herederos de la utilización de este modelo constructivo fueron los fenicios, tan prestos siempre a recoger todo tipo de influencias y aportaciones y ponerlas en práctica, si bien tamizadas por su exquisito filtro cultural. Los fenicios lo aplicaron, tanto en Oriente, donde contamos con el ejemplo de su utilización dentro de algunos lienzos de las murallas de Samaria (siglo IX a.C.), como en Occidente, una vez que se puso en marcha su expansión comercial. Seguramente fueron los fenicios quienes transportaron la tecnología de la talla de sillares, incluido el modelo de almohadillado, hasta las costas del extremo occidente. Así, tenemos constancia de almohadillados en fechas antiguas en el Castillo de Doña Blanca (Puerto de Sta. María, Cádiz) y en el muro de la factoría de Toscanos (Málaga), donde han aparecido reutilizados en una construcción posterior de época romana. La elaboración de aparejos con sillares almohadillados pasó de la costa oriental a Chipre, y desde la isla a la costa oriental del Egeo. Este fue uno de los motivos fundamentales de la presencia, desde finales del siglo VI a.C., de esta técnica en ambas costas del Egeo, siendo uno de los ejemplos más antiguos un muro de época Pisistrátida de Eleusis. Fue en Grecia donde el sillar almohadillado alcanzó el máximo desarrollo y adquirió la mayor atención e importancia. En este marco cultural esta técnica obtuvo un grado tecnológico sumo, convirtiéndose en un elemento ornamental de gran belleza. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que fue en Grecia donde esta técnica supuso la transformación del aspecto natural de la roca en un elemento decorativo y funcional con numerosas posibilidades. Su mayor difusión tuvo lugar a partir del siglo IV a.C., momento en el que se generalizó su uso. El salto al Mediterráneo occidental tuvo una doble explicación, que atendió a dos vías fundamentales de penetración: la fenicia y la griega. Además, existió un lugar donde se unieron las dos corrientes y desde donde, tras su contacto, conformaron un estilo unitario; nos referimos a Sicilia, en donde púnicos y griegos protagonizaron un papel primordial en el trasvase de influjos técnicos hacia Occidente. De todas formas, la herencia griega había incidido en gran medida en el mundo púnico, y éste se había transformado, convirtiéndose en la expresión de una suma de influencias que lo dotaron de una peculiar complejidad. Así, los influjos procedentes de la madre patria, Fenicia, habían aportado el fundamental orientalismo, a lo que se sumará el sustrato beréber originario del norte de África y, por otro lado, el contacto con el mundo griego desde la ocupación y las guerras de Sicilia. La arquitectura púnica hizo bastante uso de los sillares almohadillados y con notable desarrollo, aunque sin llegar a alcanzar al grado técnico e imaginativo de la Grecia helénistica. Se utilizaron almohadillados en numerosas edificaciones púnicas, tanto en Cerdeña (por ejemplo en las defensas de las ciudades de Tharros o Sulcis), como en Sicilia (zona del embarcadero y murallas de Mozia) durante los ss. IV-III a.C.. Tuvo que ser este flujo del mundo púnico el causante y protagonista de la extensión de la técnica del almohadillado en la franja sur de la península Ibérica. Contamos con magníficos ejemplos de almohadillados pertenecientes a esa fase de ocupación norteafricana en el sur peninsular. Así, podemos destacar los muros del acceso a la ciudad de Carteia (San Roque, Cádiz); en la zona denominada como "Puerta de Sevilla" en Carmona (Sevilla); en las murallas de Cartagena (Murcia) o en los muros de la fase púnica del Castillo de Doña Blanca (Puerto de Sta. María, Cádiz). Estos asentamientos coloniales extendieron la técnica por las poblaciones indígenas con las que inmediatamente entraron en contacto y a las que enseñaron numerosas innovaciones técnicas, entre las que viajaba el almohadillado de sillares. De esta manera entendemos hoy la presencia de ejemplos de arquitectura almohadillada en yacimientos ibéricos de la Alta Andalucía, entre los que destaca El Higuerón de Nueva Carteya, Doña Esteban o Cerro de El Minguillar, este último la antigua ciudad ibérica de Iponuba. Todos en la provincia de Córdoba y fechados en torno al 400 a.C.. Por el contrario, en la franja norte de la península Ibérica el influjo tipológico y tecnológico procede del elemento griego. Por tanto, la presencia de sillares almohadillados en la Hispania respondió a dos impulsos diferentes, que penetraron desde dos vías: la griega, por el norte, y la púnica, por el sur. De influencia griega son los muros meridionales de la Neapolis de Ampurias, los de la torre de Puig d'Alia y los del podium del templo de Ártemis en Sagunto, realizado este último mediante el empleo de enormes bloques de aparejo trapezoidal. Todos estos ejemplos levantinos se pueden fechar entre los ss. V-lll a.C.. Como se ha visto, la técnica del almohadillado de sillares fue entendida por los arquitectos del Renacimiento y el Barroco como propia del mundo antiguo, como un ejemplo más de los elementos arquitectónicos clásicos. Desde luego ello fue mas allá dé lo puramente estético o funcional. La recuperación en época moderna de este tratamiento de los sillares, tras el vacío existente en el período medieval, tuvo como causa principal la respuesta a unas necesidades estéticas, fundamentalmente. Dichas causas fueron prácticamente las mismas que en el mundo helenístico, es decir, la búsqueda de una nueva articulación y un nuevo modelado de los muros, tanto a través de la alternancia de texturas, corno de los efectos de luces y sombras sobre las superficies lisas de los muros de.los palacios. Arquitectos italianos de la talla de Brunelleschi, Michelozzo y, posteriormente, Ammannati, auténticos inspiradores de un nuevo lenguaje constructivo, pusieron en práctica la colocación de sillares almohadillados en los paramentos de sus palacios. Estos maestros de la arquitectura colocaron sillares almohadillados del tipo rústico en los cuerpos bajos de los edificios, mientras que en los cuerpos superiores pusieron almohadillados bastante menos contundentes y bien acabados, concluyendo en los cuerpos altos con superficies lisas. Todo ello provócaba diferencias en la textura, además de una enorme sensación de solidez por el aspecto pétreo del cuerpo inferior del edificio. De todo esto contamos con espléndidos ejemplos en el Palacio Pitti y en el Médici-Ricardi, ambos en Florencia (ss. XV-XVI). Pero no sólo se recuperaron los almohadillados en el Renacimiento italiano, también se generalizó su aplicación por toda Europa, al igual que el resto de las técnicas constructivas y decoraciones propias del período. En España, arquitectos del renombre de Covarrubias o Machuca los emplearon en algunas de sus construcciones paradigmáticas, sobre basamentos, esquinas o enmarcando puertas y ventanas. Valgan como ejemplo el Hospital Tavera y la Puerta Nueva de Bisagra, en Toledo; o el Palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada (ejemplos fechados entre 1 570-1580). Estos arquitectos seguían las enseñanzas de maestros y tratadistas del Renacimiento italiano, como Serlio, en cuyo manual Architettura se hacía especial mención al uso del almohadillado. En el siglo XVII, durante el Barroco, la utilización de sillares almohadilIados alcanzó un grado máximo de inspiración e imaginación, transformándose en un elemento constructivo muy importante. Desde entonces no dejó de aparecer en numerosas construcciones hasta llegar a época Neoclásica, donde una vez más se recuperó este modelo técnico junto a otros tantos que aluden a la arquitectura de la antigüedad. Es curioso constatar cómo a raíz de la utilización del almohadillado en el Barroco se practicó un retorno a los primeros tiempos de su empleo, pues se recuperaron los bloques de aspecto más rústico, sin apenas retoque, y así, de esta forma, se regresó a un cierto aspecto rudo y natural de la piedra, prácticamente el mismo que tuvieron los primeros sillares almohadillados producidos al azar. Ahora, en el Barroco, habría una clara intencionalidad, mezclando en un mismo paramento un distinguido aire clasicista y un consciente sabor arcaico. )o()o( LA APARICIÓN DE LA ARQUITECTURA DE SILLARES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: LOS HIPOGEOS FENICIOS DE TRAYAMAR )o( Un paradigma en la introducción de la técnica de la talla de sillares es la necrópolis de Trayamar (Algarrobo, Málaga), que permitió obtener, en sus tumbas de cámara bajo tierra, unos magníficos ejemplos de la talla cuidada de sillares, además de otros elementos constructivos. De estos hipogeos, de los que sólo hubo posibilidad de recuperar uno, en parte, se pudieron extraer datos fundamentales sobre la técnica constructiva: para el levantamiento de los muros se realizó una zanja de cimentación rellenada por guijarros retallados en sus aristas, para que encajasen perfectamente, y por esquirlas procedentes de los retoques in situ de los sillares. Estos, colocados a soga y tizón, fueron labrados exquisitamenre en sus caras vistas, mostrándose irregulares hacia el exterior. La necrópolis fue fechada en torno a mediados del siglo VII a.C. y supuso un foco original de expansión de las influencias que procedían de Oriente y que se pusieron en práctica por mediación de los miembros de las grandes familias de comerciantes aposentadas en tierras peninsulares, que escogieron una arquitectura de bella factura y de delicada calidad para lo que debían ser sus moradas eternas. Este ejemplo que hemos tomado, junto a la erección del muro de contención de tierras del Cabezo de San Pedro (Huelva), en un contexto indígena pero claramente influido por la presencia de colonos semitas, permiten concretar una cronología entre los ss. VIII-VII a.C., para confirmar la llegada de estos influjos tecnológicos, en este caso los que aluden a la llegada de una arquitectura modulada y cuidada con la construcción mediante sillares. En ambos, tanto en el caso funcional del muro onubense, como en las esmeradas paredes de los hipogeos malagueños, se aprecia la mano de arquitectos orientales que importaron esta tecnología de la talla, que fue desarrollada de una manera precoz por las poblaciones autóctonas vecinas. )o()o( SILLARES ALMOHADILLADOS EN CONTEXTOS INDÍGENAS PENINSULARES: LA FORTIFICACIÓN IBÉRICA DE EL HIGUERÓN )o( Inmerso entre olivares, dentro del término municipal de Nueva Carteya, se encuentra un recinto fortificado que documenta uno de los mejores ejemplos de almohadillados dentro de un contexto ibérico. Excavado a finales de los años sesenta, la fortificación estableció una cronología del 400 a.C. para sus fases más antiguas. En planta, el recinto tiene dos líneas fortificadas, la exterior, de mayor antigüedad, en forma de polígono irregular, y la interior, adscrita por sus excavadores a un momento romano republicano, con una estructura cuadrangular. El recinto externo conserva magníficamente siete bastiones rectangulares con el lienzo en talud, en una inclinación de 18 grados. En las esquinas de estos bastiones se tallaron listeles de sección triangular bien remarcados, que provocan la aparición de almohadillados de tipo rústico en un aparejo trapezoidal isódomo con abundante ripio. El recinto interno, en peor estado de conservación, presenta también una fábrica de sillares almohadillados, en este caso algo más cuidados, con hiladas regulares isódomas unidas en seco. El recinto parece ser que tuvo una funcionalidad concreta basada en la vigilancia y estructuración de los caminos, para lo que albergaría en su interior a un pequeño destacamento que acometería estas labores. La magnífica posición geográfica que ocupa y la oportuna elevación del cerro en el que se levanta (560 m), hizo que este recinto, como otros muchos esparcidos por otras elevaciones de la campiña cordobesa, fuera ocupado de manera continua desde época ibero-púnica hasta bien entrada la romanización. La técnica del almohadillado parece reflejar impulsos tecnológicos púnicos que penetrarían por el valle del Guadalquivir, y que se dejaron notar en la zona desde finales del siglo V a.C.
 
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