Religión romana
La religión romana se basaba en la creencia de la presencia de espíritus en todas partes. En lugar de examinar empíricamente procesos cruciales tales como la cosecha, el embarazo y el comercio, los romanos preferían asumir que todas las cosas eran el resultado de la intervención divina. Su punto de vista era politeísta: dioses diferentes controlaban las distintas partes de la vida. Estos dioses podían estar altamente individualizados. Cada casa romana tenía su propio santuario con sus propios dioses protectores individuales (Lares, Penates). En la lista de dioses que podía invocar un campesino figuraban el Primer Arador, Segundo Arador, Gradador, Sembrador, Abonador Superior, Sachador, Rastrillador, etc. Cada torrente, lago, río o arroyo se pensaba que tenía su propio espíritu inmanente. Diferentes asociaciones comerciales ponían sus esperanzas, no en el análisis estadístico sino en sus propios dioses específicos. Las ciudades tenían sus divinidades patronas. De esta multitud de espíritus algunos dioses emergían como poderes dirigentes. Bajo la influencia etrusca el trío formado por Júpiter, Juno y Minerva establecido en su templo en el Capitolio, se convirtió en dominante, con Júpiter, el Mejor y Más Grande como el especial protector de Roma. Como Roma entró en contacto con el mundo griego, sus dioses principales se identificaron con sus adecuados equivalentes griegos (así, Marte con Ares y Vulcano con Hefesto) y adoptaron su iconografía y mitología (Ver, Religión griega). Los romanos pasaron mucho tiempo intentando asegurarse que los dioses apropiados estaban de su lado. Los tres medios principales, comunes a la religión pública y a la privada, fueron a) la plegaria, por medio de la cual se podía hacer llegar al conocimiento de los dioses una petición; b) sacrificio, que podía inducir a un dios a conceder esa petición; c) adivinación, por medio de la cual el deseo de los dioses podía ser conocido por los hombres. Los tres medios implicaban procedimientos complejos basados en ritos tradicionales. Si los ritos se llevaban a cabo correctamente existían grandes posibilidades de que el dios concernido otorgase sus favores. No se esperaba que un fiel amase a su dios o que actuase moralmente inducido por la religión. Pero los detalles tenían que observarse de modo puntilloso: la agitación de una rata podía invalidar una ceremonia. La naturaleza contractual de la religión romana, como si se tratase de un negocio, se contempla con claridad en la práctica común de los votos, públicos y privados. Un voto público podía ser una promesa hecha por un magistrado para salvar al Estado consistente en la construcción de un nuevo templo, si se vencía en cierta batalla. Un particular podía fijar en el muro de un templo una tablilla que contenía su promesa de celebrar un sacrifico si su hijo regresaba a salvo de la guerra. No había una clase sacerdotal en Roma. En la casa el paterfamilias se encargaba de los ritos necesarios. La religión del Estado estaba al cuidado de sacerdotes que procedían de la elite política y gestionaban los asuntos religiosos bajo la supervisión del Senado. Calendarios oficiales proporcionaban a los romanos el cómputo temporal de sus fiestas anuales. Muchas de ellas tendrían sólo un interés anticuario, pero fiestas como las lupercalia y las parentalia todavía tenían amplio eco. En la práctica, la religión romana era más diversa que este cuadro. El estoicismo y el epicureísmo influyeron sobre las clases superiores y los cultos orientales tales como el mitraísmo y las bacanalia barrían toda Italia esporádicamente. Bajo el Principado el culto al gobernante se estableció con firmeza, pero en el siglo IV el cristianismo se convirtió en la religión del Imperio. Ver, Isis.

