Retórica latina

La teoría retórica, basada en modelos griegos, se introdujo en Roma en el último cuarto del siglo II a.C.. El manual más antiguo conservado es la anónima Rhetorica ad Herennium (ca. 85 a.C.), que divide el tema en las cinco categorías helenísticas (contenido, orden, estilo, memoria, actuación), pero sometidas a un análisis latino original. Estrechamente relacionado con esto está el De Inventione de Cicerón, que no es un manual completo, sino que proporciona más testimonios de la deuda de Roma para con y sobre la adaptación de técnicas griegas. Más tarde Cicerón refinó su propia actitud hacia la educación retórica en su De Oratore (55 a.C.), alabando al orador que podía hablar bien sobre cualquier tema, y su Orator (46 a.C.) en el que situaba a Demóstenes, y por extensión a sí mismo, como el orador modelo en contraste con el fanatismo estrecho de miras de los llamados aticistas. Durante el Principado la oratoria trasladó su foco de atención de la política a los tribunales y la práctica de la declamación (declamatio), que siempre había formado parte del entrenamiento retórico, adquirió un nuevo rango como género independiente. Pese a las críticas desde muchos ángulos por su mal gusto (Séneca el Viejo) y artificiosidad (Tácito), la influencia de la declamatio sobre la educación y la literatura fue profunda y duradera. Los estudios retóricos florecieron de todas formas, como queda claro en la Institutio de Quintiliano, y el impacto de la educación retórica sobre el estilo de la poesía y el drama latinos es eficiente en el trabajo de escritores como Horacio, Juvenal, Lucano, Ovidio, Séneca el Joven y Virgilio. Pero ello no supone negar que la oratoria estaba en decadencia (Dialogus de Tácito), y con la revitalización de las letras griegas en el Imperio tardío el testigo de la retórica regresó a sus poseedores originales. Ver, Retórica griega.
 
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