Roma

)o()o( Historia hasta el año 31 a.C. )o( Los comienzos de Roma se pierden en la leyenda. Según se cuenta, la ciudad tomó su nombre de Rómulo, que la fundó el año 753 y se convirtió en su primer rey. Según la tradición, Roma tuvo siete reyes (Ver, Rex), el último de los cuales, Tarquino el Soberbio, fue expulsado el año 509 a.C. y reemplazado por un gobierno republicano. Es difícil saber cuánto de verdad hay en estas leyendas. Los arqueólogos han establecido que una o más aldeas existían en el lugar desde el final de la Edad del Bronce (ca. 1000 a.C.) y que hacia el año 600 a.C. el asentamiento se había convertido en una ciudad-estado de cierta entidad. En la época del destronamiento de Tarquino, que probablemente es un acontecimiento histórico auténtico, Roma poseía un amplio territorio, un fuerte ejército y una amplia red de contactos comerciales y diplomáticos. Durante la República dos cónsules elegidos por un año ejercían el poder comandando el ejército y gobernando la ciudad. Estaban aconsejados por un consejo de ancianos (Senado), y con el paso del tiempo se vieron complementados por otros magistrados (Ver, Pretor, Cuestor, etc.) que, como los cónsules, se elegían anualmente. Al principio todos los cargos políticos y religiosos estaban dominados por los patricios, pero durante el siglo IV otros ciudadanos ricos, representando a los plebeyos, también obtuvieron el acceso a las magistraturas y sacerdocios (Ver, Ogulnio, Estolón). Ésta fue una victoria para la plebe, que en el año 494 había formalizado su propia asamblea y elegido tribunos para representarla. Los tribunos actuaron en favor de la codificación de la ley que se llevó a cabo el año 450 con la publicación de las Doce Tablas, y también velaban por obtener las mejores condiciones económicas para sus seguidores. En el año 287 los plebeyos obtuvieron el derecho a aprobar acuerdos legalmente vinculantes en sus asambleas (Ver, Plebiscitum), y en este punto la lucha entre patricios y plebeyos llegó finalmente a su término. En el siglo IV, tras un retroceso temporal el año 390 cuando la ciudad fue saqueada por los galos (Ver, Breno), los romanos expandieron su poder gradualmente. Parte de la tierra que conquistaron se utilizó para fundar colonias (Ver, Colonización romana); el resto se dejó a sus poseedores originales, que fueron obligados a convertirse en aliados (socii) y a luchar en favor de Roma en guerras subsiguientes. Este sistema incrementó la capacidad demográfica de Roma y la empujó hacia nuevas conquistas. Hacia el año 272 había conquistado toda Italia peninsular, sus pueblos eran ahora aliados y se habían fundado unas 25 colonias. Poco después los romanos estuvieron implicados en una importante guerra ultramarina cuando retaron a los cartagineses por el control de Sicilia. Pese a sus inmensas pérdidas, los romanos finalmente salieron victoriosos de la Primera Guerra Púnica (264-241), y Sicilia se convirtió en la primera provincia. La Segunda Guerra Púnica comenzó el año 218 cuando Aníbal buscó la venganza invadiendo Italia. Pese a sus espectaculares victorias, Aníbal no pudo vencer a los aliados italianos de Roma y fue reducido paulatinamente, se retiró de Italia el año 204 y finalmente se le derrotó en la batalla de Zama. Como consecuencia los romanos lograron nuevas provincias en las antiguas posesiones cartaginesas en Hispania, y se implicaron en aventuras imperialistas en el Mediterráneo oriental. En las décadas siguientes derrotaron de forma decisiva a los más importantes reinos helenísticos de Grecia y Asia Menor (Ver, Guerras Macedónicas). Hacia el año 167 Roma dominaba la totalidad del Mediterráneo. Tras una tercera Guerra Púnica (149-146) Cartago quedó destruida y África se convirtió en provincia romana. Grecia se hizo provincia al mismo tiempo; Asia siguió el año 133 y seguidamente el sur de la Galia el año 121, Cilicia el año 101 y Cirenaica el 96. Estas conquistas ultramarinas tuvieron un efecto dramático en todos los aspectos de la vida romana. En primer lugar consolidaron el poder de los nobiles, que dominaron el Senado y las magistraturas de mayor rango. El crecimiento del Imperio también incrementó la riqueza de las clases superiores, que se apresuraron en invertir en tierras. Esto llevó a la formación de grandes propiedades (latifundia), trabajados por cautivos de guerra importados como esclavos (Ver, Esclavitud romana). El trabajo esclavo reemplazó a los pequeños propietarios agrícolas que formaban la columna vertebral del ejército romano, pero se encontraban con que el prolongado servicio militar en lugares distantes les dificultaba cada vez más el mantenimiento de sus explotaciones. Los campesinos romanos e italianos fueron por lo tanto las víctimas de sus propios éxitos y fueron expulsados de la tierra para una vida de miseria. El desplazamiento campesino produjo no sólo descontento, sino también un incremento de los problemas militares, puesto que la ley rebajó la calificación de propiedad para el servicio en el ejército. Como los ricos se hacían más ricos, comenzaron a adoptar costumbres lujosas y cada vez más sofisticadas. La influencia de la cultura griega se hizo omnipresente; arquitectura, literatura y artes visuales florecieron a medida que los romanos imitaban todos los resortes de la civilización griega ante la crítica impotente de tradicionalistas como Catón el Censor. La creciente distancia entre ricos y pobres provocó eventualmente conflictos violentos. En el año 133 Tiberio Graco intentó reclamar el Ager publicus de los ricos y distribuirlo entre los pobres. Hubo una oposición furiosa y el propio Graco fue asesinado. Diez años más tarde su hermano Cayo sufrió la misma suerte cuando intentaba implantar toda una serie de reformas radicales. Durante la generación siguiente Roma se enfrentó con amenazas hostiles en todos los puntos del Imperio que la llevaron a guerras contra Yugurta, los Cimbros, y los socii italianos (Ver, Guerra Social). Estas crisis mostraron el grado de corrupción e incompetencia de la oligarquía gobernante y sólo se resolvieron mediante la elevación a posiciones de poder de hombres capaces y ambiciones y mediante la creación de un ejército profesional reclutado entre los proletarios. Estas medidas resolvieron los problemas militares, pero tuvieron consecuencias políticas fatales porque proporcionaron a los pobres los medios de atender a sus reclamaciones y a los nobles ambiciosos con la oportunidad de obtener poder personal por medio de una fuerza armada. La primera Guerra Civil tuvo lugar entre Mario y Sila (88-86). Los dos hombres marcharon contra la ciudad y masacraron a sus oponentes políticos; en el año 81 Sila se estableció a sí mismo como dictador. Sin embargo, sus intentos de reforma no tuvieron consecuencias y las mismas tendencias letales siguieron actuando. Una nueva serie de crisis militares en los años 70 posibilitaron que Pompeyo obtuviese una preeminencia temporal. Pero no pudo impedir que otros dirigentes lo imitasen. En el año 49 su rival Julio César, el vencedor de las Guerras de la Galia, invadió Italia y una vez más hundió al Imperio en la guerra civil. Tras derrotar a Pompeyo en Farsalia, César se convirtió en cónsul y dictador vitalicio. César emprendió una serie de reformas grandiosas, pero sus tendencias monárquicas hicieron surgir la oposición. El día 15 de marzo del año 44 cayó víctima de una conspiración tramada por Bruto y Casio Longino que, sin embargo, fueron incapaces de restaurar la República porque los principales colaboradores de César, Antonio y Lépido, obtuvieron el apoyo de sus ejércitos. En el año 43 se unieron al heredero de César, Octavio, que entonces tenía diecinueve años, formando un triunvirato gobernante. Lépido quedó eliminado pronto y el Imperio se dividió de forma inestable entre Octavio y Antonio hasta el año 31, cuando la crisis se decidió a favor de Octavio en la batalla de Accio. Marco Antonio y su amante Cleopatra se suicidaron dejando a Octavio con el control de la totalidad del Imperio. )o()o( Historia desde el 31 a.C.-476 )o( La historia de Roma desde el año 31 a.C. está dominada por los emperadores. El primer emperador, Augusto (31 a.C.-14), desarrolló una posición como monarca constitucional que puso el acento en el desempeño de poderes con respetables antecedentes republicanos, más que sobre su base real de poder: las legiones. Todos los emperadores hasta Macrino (217-218) fueron senadores y, aunque los emperadores se hicieron cada vez más autocráticos desde los Flavios (69-96), la mayoría intentaron trabajar con el Senado. El emperador Caro (282-283) fue el primero en omitir la obtención de la sanción del Senado para su subida al trono. La posición del emperador era técnicamente la de Princeps, desempeñando poderes que eran de naturaleza republicana y sólo excepcionalmente en su extensión y concentración en manos de un individuo. El emperador dependía de los poderes del Imperium maius y de la potestad tribunicia, con ciertos poderes consulares. Era el sacerdote principal (Pontífice Máximo) y, a medida que su posición se asentaba, se hizo cada vez menos acuciante la necesidad, sentida por los primeros emperadores, de evitar el consulado y la censura. Los Flavios ejercieron el consulado la mayor parte de los años (con frecuencia Vespasiano y Tito conjuntamente), y Domiciano fue censor a lo largo de su reinado (81-96). Las ambigüedades constitucionales se dejaron sentir con mayor agudeza en el nombramiento de sucesores. Augusto designó a sus sucesores adoptándolos y estableciendo un principio "dinástico": cuando el emperador tenía un hijo, pretendía que le sucediese (por ejemplo, Tito sucedió a Vespasiano), cuando no lo tenía lo adoptaba. El candidato tenía que ser aceptable para el Senado, pero en la práctica la aprobación por parte de la Guardia Pretoriana y de las legiones era más importante. El Senado y el pueblo de Roma, privados de forma efectiva de sus derechos constitucionales en materia de elecciones y aprobación de leyes, ganaron en su lugar una paz relativa y la prosperidad económica. El control imperial se extendió gradualmente sobre la mayor parte de los aspectos de la vida cotidiana, como el precio de los alimentos, el abastecimiento de trigo, el mantenimiento de los edificios públicos y acueductos. Se distribuían donativos frecuentes por la beneficencia del emperador, juegos y espectáculos mantenían al pueblo distraído y grandes cantidades de los beneficios del Imperio se emplearon en adornar la ciudad. Los emperadores romanos construyeron mucho: la mayor parte de los edificios, por ejemplo el Coliseo, comenzado por Vespasiano (69-79) y completado por su hijo Tito (79-81), estaban en Roma, si bien otros lugares también se beneficiaron, por ejemplo Acaya en tiempos de Nerón (54-68) y Adriano (117-138); África y especialmente Leptis Magna bajo Septimio Severo (193-211). El reinado de Augusto fue el último gran período de expansión romana, tras el cual el aspecto esencial del Imperio quedó establecido, rodeando al Mediterráneo y extendiéndose hacia el norte hasta el Danubio y el Rhin (y más allá). Otros territorios se incorporaron por obra de Claudio I, que comenzó la conquista de Britannia (43); y de Trajano, que estableció las provincias de Dacia (106) y de Arabia (106), así como las efímeras provincias de Armenia, Mesopotamia y Capadocia (abandonadas el año 117). El Imperio alcanzó su mayor extensión después de las campañas partas llevadas a cabo en el reinado de Marco Aurelio (162-166) y Septimio Severo (198), con la anexión de Mesopotamia, que extendió el poder de Roma en Oriente hasta el Tigris. El primer período imperial contempló una transición gradual desde la política expansionista del período republicano hacia una política más defensiva, de fronteras fijas. El territorio entre el alto Rhin y el alto Danubio (Agri Decumates) fue ocupado por los Flavios (69-96), recortando la frontera septentrional, y las fronteras informales fueron paulatinamente reemplazadas por estructuras más permanentes (Ver, Limes, Muralla de Adriano). Esta actitud defensiva quedó todavía más profundamente asentada a medida que la presión demográfica de tribus errantes germánicas (germanos) en el norte del Imperio, así como presiones interiores y la amenaza militar planteada por el limperio Sasánida de Persia, forzaron a los romanos a la defensiva a lo largo de los siglos III y IV. Las provincias del Imperio salieron beneficiadas en gran medida de la paz relativa proporcionada por la Pax Romana, disfrutando de una considerable independencia local y de un incremento generalizado de la prosperidad hasta la mitad del siglo III. La mayor parte de las provincias se romanizaron substancialmente con la difusión del estilo romano de sociedad urbana con todas sus comodidades y el crecimiento de una red comercial a escala de todo el Imperio que proporcionaba bienes tales como trigo, vino, aceites, metales, cerámica y vidrio. Una significativa red de carreteras, construida en buena medida con finalidades militares, también contribuyó a la comunicación y al comercio, como lo hizo la difusión de la moneda. En el oeste predominó la cultura latina, aunque en el este la cultura griega (helenística) siguió siendo preponderante, y el griego siguió siendo el idioma de las personas de clase alta. El Imperio Romano pagano asimiló con éxito muchas religiones extranjeras mediante la igualación de los dioses de reciente aparición con los integrantes de su propio panteón (por ejemplo Júpiter Doliqueno).. Los seguidores de religiones monoteístas tales como el cristianismo fueron perseguidos por razones políticas hasta que, durante el reinado de Constantino I (307-337), el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio. Desde en torno al año 238 muchas provincias sufrieron los efectos de incursiones bárbaras, cada vez más frecuentes y severas, que forzaron el abandono del territorio romano al norte del Rhin y del Danubio (Agri Decumates, ca. 259-260; Dacia, ca. 270). Acosado por amenazas internas y externas, Galieno (253-268) se vio forzado a tolerar la ruptura de los Imperios Gálico y Palmirano. Aureliano (270-275) tuvo éxito en la reunificación del imperio y para contrarrestar los problemas del Imperio Diocleciano (284-305) estableció un sistema tetrárquico formado por dos Augustos y dos Césares subordinados. Durante los siglos III y IV el centro de gravedad del imperio se desplazó gradualmente hacia el este y Constantino estableció una nueva capital en Constantinopla (Bizancio, la moderna Estambul), inaugurada el año 330 Teodosio I (379-395) dividió formalmente el Imperio entre sus dos hijos, Arcadio (emperador de Oriente, 395-408) y Honorio (emperador de Occidente, 395-423). En el siglo V el Imperio de Occidente dependió cada vez más de generales bárbaros para encauzar el flujo de las invasiones bárbaras. La amenaza de invasión hizo que Honorio desplazase la capital del Imperio occidental a Rávena (404): la propia Roma fue saqueada por los godos dirigidos por Alarico (410), y de nuevo por los Vándalos mandados por Genserico (455). Por último, pasó a formar parte del reino de Odroaco (primer rey bárbaro de Italia, 476-493), que depuso a Rómulo Augústulo (475-476). Sin embargo, el Imperio de Oriente sobrevivió y como Imperio Bizantino permaneció inconquistado hasta la invasión turca del año 1.453.
 
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