Jueces
Término que deriva de la palabra semita Shophetim (caudillo), de amplísimas connotaciones. En Israel significaba jefes sobre los cuales podía llegar a descender el espíritu de Dios, para aunar a su pueblo y salvarlo del peligro. Eran considerados unos héroes que asumían el poder en tiempos de crisis y demostraban ser dignos de su cargo. Los jueces de Israel tenían amplias poderes pero su autoridad no era ni absoluta ni permanente, por lo que no pudieron transmitirla ni institucionalizarla de forma organizativa. Por ello no evolucionó sino que dio paso a la monarquía. La única fuente histórica de que disponemos para su conocimiento es el Libro de los Jueces del Antiguo Testamento. Fueron jueces de Israel: Otoniel, Aod, Ehúd, Samgar, Débora, Barac, Gedeón, Tolá, Jair, Jefté, Abesán, Elón, Abdón, Sansón y Helí. El más conocido es Sansón por el llamado Ciclo de Sansón y su lucha contra los filisteos. Su actuación se extendió a lo largo del período que media entre la conquista de la Tierra Prometida por Josué y la consolidación de un reino unificado bajo Saúl y David. Los israelitas que conquistaron y se repartieron la Tierra Prometida formaron una endeble federación tribal que se asentaba sobre un territorio cuyos anteriores señores no habían sido ni expulsados ni aniquilados. A consecuencia de ello se produjo una situación en la que se alternaban la coexistencia y el conflicto: por un lado estaban las relaciones comerciales, la confraternización y los matrimonios con gentes de otros pueblos; por otro, una rivalidad política que se veía exacerbada por el exclusivismo monoteísta israelita, un rasgo que contrastaba vivamente con el laxo politeísmo de todos los demás pueblos. De tanto en tanto, una o varias tribus israelitas caían en el paganismo y adoraban a algún dios, o Baal, de los pueblos vecinos. Esta apostasía era castigada por el Dios de Israel permitiendo que los apóstatas cayeran bajo el dominio de uno de los pueblos que habían sojuzgado al conquistar la Tierra Prometida. No obstante, pasado un período de servidumbre, que variaba según los casos, Dios elegía a un libertador en la persona de un juez y de nuevo se volvían las tornas: los paganos eran derrotados y gran número de ellos aniquilados, mientras que los arrepentidos israelitas volvían a prosperar bajo la mirada vigilante del juez. A la muerte del juez, el ciclo volvía a iniciarse una vez más, y no se rompería hasta que la frágil federación de este período diera lugar a un reino de Israel centralizado, que, en tiempos de Salomón, el hijo de David, llegaría a convertirse en una próspera potencia de ámbito regional. Para los israelitas, estos pueblos paganos, con los que mantenían unas relaciones que alternaban entre la confraternización y el enfrentamiento, eran una especie de primos lejanos que habían permanecido en aquellas tierras cuando los hijos de Israel (Jacob) marcharon a Egipto. Los cananeos, por ejemplo, eran los descendientes de Canaán, el hijo de Cam; los moabitas y los amonitas descendían de Moab y Ben Ammí, hijos de Lot; y los edomitas, de Esaú, también llamado Edom. Sólo los filisteos constituían un pueblo completamente extraño, tanto por su raza como por su religión. Para los jueces más conocidos, ver, Ehúd, Débora, Gedeón, Jefté, Samuel y Sansón. Ver, Shophet.

