Craso
Lucio Licinio (Lucius Licinius Crassus) (140-91 a.C.). Orador y abogado que estudió derecho con Celio Antipater, Lucio; Escévola, Quinto Mucio y Escévola, Quinto Mucio, el cónsul del 95. Craso acusó con éxito a Carbón, que se suicidó. Junto con Cn. Domicio Ahenobarbo, Craso fundó la colonia de Narbo (Narbona) en el 118 a.C. y defendió los privilegios de esta en el Senado. Aprovechó una cuestura en Asia para continuar sus estudios. Al principio de su carrera, Craso defendió causas populares, pero en el 106 utilizó sus habilidades como orador por una causa aristocrática al promover la ley de Cepión, Quinto Servilio, propuesta para dar a los senadores la mayoría en los jurados criminales. Fue elegido cónsul para el 95 con su suegro Q. Mucio Escévola. Juntos aprobaron una ley que privaba a los extranjeros de la ciudadanía obtenida ilegalmente, una de las medidas que provocaron las guerras sociales. Después de defender al joven Cepión del cargo de traición, se hizo aliado de Mario y fue enviado a gobernar la Galia. Fue censor en el 92 con Cn. Domicio Ahenobarbo, con quien estuvo de acuerdo en ampliar la prohibición de enseñar retórica en latín, para prevenir que llegaran al poder aquellos que no eran nobles. Sin embargo, en el 91 apoyó los intentos del tribuno Druso, Livio para conceder el derecho al voto a los itálicos y abrir el poder político a los caballeros. Craso habló elocuentemente en el Senado en favor de las reformas de Druso contra el cónsul Filipo, L. Marcio, que reclamaba que se declarase inválida la ley de Druso por haber roto la Constitución. Craso murió muy poco después de haber pronunciado su discurso, al que se refirieron como su canto del cisne. Craso fue muy admirado por Cicerón, que adoptó la toga viril el mismo año de su muerte. Cicerón lo convirtió en el principal orador de su obra retórica Sobre el orador. Craso es también un personaje importante en el Brutus. Fueron especialmente famosos sus discursos en la causa Curiana (en el 93), en la que reivindicó con éxito la voluntad del testador frente a la letra del testamento, y su invectiva contra el cónsul Filipo (91), que sería el desencadenante de su propia muerte. Como orador fue el mejor de su época, en rivalidad con M. Antonio, caracterizándose por su cuidado lenguaje y su elegante expresión (gravitas), sin ningún tipo de afectación.

