Annales

La literatura historiográfica no hizo irrupción en Roma hasta finales del siglo III a.C.. Sin embargo, antes de esas fechas tenemos noticias de que existió una cierta preocupación pública y privada por consignar por escrito algunos de los hechos más relevantes de la vida de la ciudad y de sus principales familias. Así, el Pontifex Maximus era el encargado de anotar anualmente en las tabulae pontificum una relación de los nombres de los cónsules designados, acompañada por algunas noticias sobre los hechos más relevantes, tales como eclipses, cosechas, carestías, leyes y decretos. Todas estas anotaciones empezaron a ser sistemáticas a partir del año 300 a.C., pero no fueron publicadas hasta el año 120, gracias a la labor del célebre jurista Mucio Escévola, quien preparó una edición oficial de esos datos con el título de Annales Maximi. Además de estos annales, llamados así en atención a su estructura narrativa, que consignaba los hechos reseñables año por año, existían otros tipos de documentos de tipo histórico, como los elogia y las laudationes funebres, que se guardaban generación tras generación en los archivos familiares. Sin embargo, frente a los anales, estos informes familiares incluían una gran cantidad de datos falsos o, cuando menos, exagerados, pues su función no era rescatar la vida de un determinado personaje sino más bien ensalzarlo y adornarlo con los regalos de la fama. De acuerdo con esta tradición, propiamente romana, el poeta Ennio compuso un largo poema épico de naturaleza histórica, en el que se ocupaba de la historia de la ciudad desde sus orígenes hasta su propio tiempo y que tituló Annales. Casi al tiempo en que Ennio componía su poema, Fabio Píctor y Cincio Alimento, ambos senadores romanos, fueron los encargados de escribir las primeras historias de Roma y los que crearon las bases de la llamada historia senatorial o analística antigua. En ellas, se relataba la historia de Roma desde su fundación, en la que se hacía especial hincapié en la leyenda de Eneas y, por tanto, en el origen troyano de la ciudad, hasta los tiempos vividos por el propio autor, lo que les permitía además narrar algo sobre sí mismos y sobre sus contemporáneos. Es curioso comprobar que estas primeras historias de Roma nacieron con el estallido de la Segunda Guerra Púnica, justo en el momento en que Roma comenzaba a tener cierto peso político dentro del Mediterráneo por sus luchas con Cartago y se veía en la obligación de exponer y justificar sus posturas. Antes de esas fechas y con motivo de la Primera Guerra Púnica, habían aparecido algunas historias sobre la ciudad de Roma escrita por autores griegos, como la del siciliano Timeo de Tauromenio, que, por lo demás, mostraban su simpatía hacia los cartagineses. De ese modo, estos primeros historiadores latinos, al escribir sobre su propia patria, prefirieron utilizar el griego como vehículo literario para sus relatos. Este hecho tiene una doble explicación: por un lado, el griego gozaba en aquel tiempo de una difusión mayor que el latín y su uso aseguraba numerosos lectores, con lo que se garantizaba una propaganda política más eficaz (el griego era, en definitiva, la lengua de cultura del mundo civilizado y patrimonio de las clases influyentes); por otro lado, cabe pensar que la prosa latina no estaba tan desarrollada como para servirse de ella con fines literarios. Estas primeras historias de Roma aunaban, de ese modo, dos tradiciones: la tradición romana de los anales en su exposición cronológica y la aquella otra propia de la historiografía helenística, con sus múltiples historias de ciudades; de hecho, si examinamos los escasos fragmentos que nos han quedado de dichas historias y atendemos a la opinión de historiadores posteriores, vemos que estas primeras crónicas de Roma responden totalmente a los gustos y moldes de la historia helenística: se trata, en definitiva, de escritos elaborados conforme a normas retóricas, donde a las leyendas les corresponde un espacio privilegiado, con la inserción de múltiples discursos ficticios y de cualquier tipo de materiales que sirvan para hacer la historia más agradable al público. A todo esto hay que añadir, además, la importante carga política en unos escritos históricos compuestos por miembros del orden senatorial. Además de Fabio Píctor y de Cincio Alimento, también escribieron anales en griego Gayo Acilio y Postumio Albino, el más joven de todos ellos. A finales del siglo II y cuando Roma era ya una verdadera potencia en el Mediterráneo, Catón decidió escribir su historia de Roma en latín; éste, sin rechazar por completo la influencia de la historiografía helenística, se dispuso a mostrar su orgullo patrio y, dejados de lado los intentos de sus predecesores de unir los destinos de Roma y Grecia, hizo hincapié en las relaciones de Roma con los demás pueblos itálicos. Su obra, titulada Origenes, influyó notablemente en los historiadores posteriores, que ya nunca más se sirvieron del griego en sus narraciones. De esta forma, Casio Hemina, Calpurnio Pisón y Gayo Fannio, tras la senda de Catón, iniciaron la reconstrucción sistemática del pasado de Roma en sus anales (ellos conforman lo que se ha denominado analística media o de la época de los Graco). En sus relatos daban cabida no sólo a las leyendas sobre la fundación de la ciudad, sino que en ellos intentaban también adivinar los primeros tiempos de la República y abordaban la narración de la época presente. El último de estos analistas fue Gneo Gelio, quien pudo servirse en su historia de los Annales Maximi, publicados poco antes, con lo que su relato ganó en veracidad. Con él se inicia la analística moderna o posterior a Sila, en la que se observa una mayor preocupación estilística: no sólo es importante ser fiel a la verdad sino que también es preciso atender a la forma externa del relato. Se observa, además, en estos historiadores un deseo de favorecer a determinadas familias o facciones, lo que se explica bien en ese período convulso en que les correspondió vivir, marcado por las luchas entre los grupos de los populares y los optimates. Licinio Macro, Valerio Antias o Quinto Claudio Cuadrigario, son los historiadores más destacados de este período; en especial, Antias y Cuadrigario fueron alabados por la excelencia de su estilo, que, en ocasiones, cuidaban mucho más que la veracidad de los hechos: a este grupo de historiadores le interesaba sobre todo conquistar al público y, para ello, jamás dudaron en servirse de los distintos medios que les brindaba su conocimiento profundo de la retórica. Ellos, en definitiva, fueron quienes acabaron por fijar los límites y los rasgos característicos del género historiográfico de los anales, con su respeto por la tradición documental romana (archivos, documentos y búsqueda de fuentes fidedignas) y su deseo de componer obras con altura literaria, en las que el cuidado de la forma se erige como una condición indispensable. Dentro también de este siglo I a.C. destaca también la obra de Elio Tuberón, muy crítica frente a los excesos de Cuadrigario y Antias. Tuberón pretendió devolver a la historia su carácter más severo. Sin embargo, Tito Livio., respetuoso por completo con las normas del género, dio acogida dentro de su Ab urbe condita tanto a las tendencias inspiradas por Cuadrigario y Antias como a los principios arcaizantes de Tuberón, con lo que, sin abandonar la búsqueda de la verdad sobre el pasado de Roma, consiguió escribir una obra de gran belleza literaria, que influyó en toda la historiografía posterior.
 
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