Aníbal
(247-ca.182 a.C.). Fue un general cartaginés, el mayor y más victorioso enemigo de la Roma republicana. Fue el hijo mayor de Amílcar, y a la edad de nueve años, su padre le hizo jurar odio eterno a Roma, llevándolo con él a Hispania, donde permaneció tras la muerte de su padre, en el 229. Aníbal permaneció en Hispania mientras su cuñado Asdrúbal tenía el mando, y lo sucedió tras su asesinato, en el 221, a la edad de veintiséis años, elegido por el ejército y confirmado en su puesto por la Asamblea cartaginesa. Desde ese momento, Aníbal lleva a cabo una política agresiva para expandir el imperio cartaginés por Hispania. Los cartagineses dominaban entonces en todo el mediodía de la Península, hasta el golfo de Valencia, imponiéndose sobre las diversas tribus indígenas, celosas de su independencia, y para cuyo dominio Aníbal destacó por su doble política de mano dura y diplomacia. Durante el primer año de su gobierno combate a los olcades y vacceos, y saquea Salmántica y Arbocola. Junto al Tajo vence a una coalición de vacceos, olcades y carpetanos, con lo que somete a las tierras del interior. El tratado firmado con Roma en el año 226 le concede el derecho a extender sus dominios hasta las riberas del Ebro, campaña que emprende a partir del año 219. Asedió y atacó a la ciudad de Sagunto. Los romanos adujeron que no se respetaban los acuerdos del Tratado del Ebro, a pesar de hallarse Sagunto al sur del Ebro. Roma reclamó que se le entregara Aníbal para ser castigado, y este emprendió sin demora su marcha hacia Italia para atacar Roma en su propio corazón, precipitando así la Segunda Guerra Púnica (218-201). Parece que el objetivo de Aníbal era el de debilitar Roma y destruir su imperio, más que el de conquistar la ciudad, como demostraron los acontecimientos. Su ejército estaba compuesto principalmente de mercenarios extranjeros. Aníbal se puso en camino desde Cartago Nova (Cartagena) en mayo del 218 con 90.000 soldados de infantería, 12.000 de caballería y algunos elefantes, forzó su paso a través del norte de Hispania hasta los Pirineos, donde esperó la llegada de las fuerzas romanas bajo el mando de Escipión, Publio Cornelio hasta septiembre, avanzando entonces a través de la Galia, donde eludió a Escipión, hasta los Alpes. Aníbal cruzó los Alpes en otoño, con mal tiempo, perdiendo a muchos hombres y a la mayor parte de sus elefantes. Su itinerario le hizo subir por el valle de Isère, a través de uno de los pasos más elevados, quizá el Col du Clapier, y bajar hasta Italia (entonces la Galia Cisalpina), cerca de Turín, donde llegó a finales de octubre con unas fuerzas muy reducidas de 26.000 hombres. Mientras tanto, Escipión había regresado a la Galia Cisalpina por la costa y se enfrentó con el ejército de Aníbal a orillas del Ticino: tuvo lugar una batalla de la caballería que demostró la gran superioridad de Aníbal en esa parcela y que envió a Escipión de retirada a Piacenza. En diciembre, Escipión, junto con su colega Sempronio Longo, atacó a Aníbal al otro lado del río Trebia desbordado, pero fue sorprendido por la retaguardia con la guardia bajada y perdió las tres cuartas partes de su ejército. Los romanos se retiraron entonces de la Galia y los pueblos locales corrieron a unirse a Aníbal. En mayo del siguiente año, Aníbal avanzó con un ejército renovado sobre los Apeninos, donde evitó de nuevo al ejército romano (perdiendo un ojo al cruzar los pantanos del Arno), asoló Etruria y atrajo al ejército romano dirigido por Gayo Flaminio para que lo siguiera hasta el lago Trasimeno. Allí sorprendió al ejército consular en una emboscada y lo aniquiló. Aníbal avanzó a continuación hacia el sur de Italia, ya que las ciudades de Italia central permanecieron fieles a Roma, pero no tuvo más suerte en el sur y fue perseguido y hostigado por un ejército romano nuevo al mando del dictador Fabio, Máximo, que evitó enfrentarse a Aníbal en una batalla abierta. En el 216, los romanos perdieron la paciencia con las tácticas dilatorias de Fabio y nombraron dos cónsules, Paulo, Lucio Emilio y Varrón, Gayo Terencio, para que se enfrentaran cara a cara con Aníbal. Este presentó batalla en campo abierto, cerca de Cannas, a un ejército de 54.000 hombres; Aníbal no tenía más de 45.000. Su táctica fue superior, desplegándose y rodeándolos con un círculo de hierro, y Aníbal los derrotó tan rotundamente que solo 14.000 hombres lograron escapar del campo de batalla; Aníbal perdió 6.000 hombres. Esa noche pudo haber conducido su ejército para tomar Roma, que estaba indefensa, pero prefirió dejar descansar a sus tropas. Aníbal envió a sus casas a los prisioneros itálicos, pero retuvo a los romanos, que, sin embargo, no fueron rescatados. Las ciudades del sur de Italia comenzaron a flaquear y Capua se rindió por el hambre a Aníbal, que la utilizó como su base principal. Después de Cannas, se volvió a la estrategia de Fabio, y los tres años siguientes fueron infructuosos para Aníbal en Italia. Aníbal estaba en desventaja por su fracaso en capturar un puerto hasta el 212, cuando capturó a traición Tarento. Mientras sus tropas estaban concentradas en Tarento, el cónsul Flaco, Quinto Fulvio movilizó el mayor ejército que pudo reclutar y avanzó hacia el interior de Campania, donde asedió Capua. Aníbal, incapaz de romper el cerco, avanzó él mismo contra Roma, pero fracasó en evitar la caída de Capua. Aníbal estaba cada vez más acorralado en el extremo sur de Italia, y en el 209 perdió Tarento a manos de Fabio Máximo. De todas formas, Aníbal obtuvo todavía una brillante victoria, atrapando en una emboscada y derrotando cerca de Venusia a los dos cónsules de ese año, matando a Marcelo, Claudio e hiriendo mortalmente a su colega T. Quinctio Crispino. Las tropas de Aníbal estaban ahora debilitadas y él necesitaba desesperadamente refuerzos: en Hispania, donde había dejado al cargo a su hermano Asdrúbal, Escipión, Publio Cornelio, el Africano, había conquistado Cartago Nova y derrotado a Asdrúbal en Bailén en el 208. En el 207, Asdrúbal recibió la orden de abandonar Hispania y acudir en ayuda de su hermano. Pero las comunicaciones entre los dos eran complicadas, y aunque Asdrúbal llegó sano y salvo al norte de Italia y pudo reclutar a muchos galos, los romanos capturaron a sus mensajeros y él fue sorprendido a orillas del Metauro, al sur de Rímini, donde, tras enfrentarse a ambos cónsules, fue derrotado y asesinado. Después de este revés, el Senado permitió a Aníbal retirarse a Bruttio, donde permaneció indeciso hasta el 203, aunque había perdido Locri en favor de Escipión en el 205. Pero en el 203, después de que Escipión invadiera África y derrotara a las fuerzas cartaginesas y númidas junto al río Bagradas, Aníbal fue reclamado en África para defender su ciudad. Su regreso interrumpió un tratado (cuyos términos ya habían sido aceptados tanto por Roma como por Cartago) por el cual Cartago cedía Hispania, reducía su flota a veinte barcos y pagaba a Roma una indemnización de 5.000 talentos. Aníbal trajo de vuelta un ejército entrenado y experimentado que ofreció a los "halcones" cartagineses la esperanza de resistir más tiempo a Roma y se anularon las negociaciones. Tras desembarcar en Lepcis, Aníbal se enfrentó con Escipión en el verano del 202 cerca de Zama Regia, al sur de Cartago: allí quedó demostrado que Escipión había aprendido todo lo que Aníbal podía enseñarle. La caballería númida estaba ahora del lado romano, y el ejército de Aníbal fue rodeado del mismo modo que él había rodeado al romano en Cannas. Después de una horrorosa carnicería, Aníbal se rindió y aceptó unas condiciones peores que las que se habían ofrecido en el 203: en el futuro no se le permitiría a Cartago emprender una guerra sin haber obtenido primero el permiso de Roma. Así se acordó la paz, y Aníbal se dedicó a la vida política en Cartago, convirtiéndose en sufete (alto magistrado) en el 196, llevando a cabo una reforma constitucional para ampliar el derecho al voto y una reforma financiera para poder pagar la indemnización de 10.000 talentos sin aumentar los impuestos del pueblo. Sin embargo, su profunda enemistad con Roma no había terminado, y Aníbal conspiró contra Roma con el rey seléucida Antíoco III de Siria, a cuyo lado huyó en el 195 cuando sus enemigos lo denunciaron al Senado romano. Aníbal animó a Antíoco a desafiar a los romanos y estuvo a su lado cuando Antíoco invadió Grecia en el 192. Aníbal fue puesto al frente de la flota siria en el 190 y fue derrotado en el mar, cerca de Side, por los rodios dirigidos por Eudamo. Después de la derrota de Antíoco en la batalla de Magnesia y del subsiguiente tratado del 188, Aníbal se vio obligado a huir de nuevo, primero a Creta y luego a Bitinia, donde prestó ayuda al rey Prusias I en el 184 en una guerra contra Eumenes II de Pérgamo. Un año o dos más tarde Aníbal se vio de nuevo en peligro cuando Flaminino persuadió a Prusias de que lo entregara a los romanos: cuando la huida se mostró imposible, Aníbal tomó un veneno y murió. Fue enterrado cerca de la ciudad de Libissa. Aunque su carrera acabó en un aparente fracaso, Aníbal fue sin duda uno de los hombres de acción más interesantes del mundo antiguo. Fue capaz de dirigir con una lealtad incondicional a un ejército compuesto principalmente por mercenarios extranjeros y de extraerles una brillante actuación; se admiró tanto su tenacidad como su humanidad. Fue un estratega y táctico especialmente dotado, que aprendió estudiando a Alejandro Magno y a Pirro. Aníbal desarrolló la combinación de infantería y caballería hasta la perfección que demostró en Cannas. Pero algunas de sus presunciones principales para librar la Segunda Guerra Púnica fueron erróneas, y Aníbal subestimó la lealtad de los itálicos hacia Roma y sobrestimó su propia capacidad para atraerse el apoyo de los galos. Aníbal se equivocó también sobre la capacidad y disponibilidad del Estado cartaginés para enviarle refuerzos y suministros, y en las posibilidades de Asdrúbal de ayudarle. Su actividad política, aunque breve, fue la de un reformador enérgico. Debemos estar en guardia contra la tradición histórica, basada en las fuentes romanas, que no le hace justicia.

