Sofista
"el que sabe". En la segunda mitad del siglo V a.C., este término designaba a profesores de sabiduría, "aquellos que por dinero venden la sabiduría al primero que llega", como dice Jenofonte con desdén. De hecho, los sofistas eran hombres notables. Fueron los primeros en pensar en dar a los futuros hombres de Estado la formación necesaria. Por ser ante todo el político griego un orador, (rétor) enseñaron elocuencia. Aunque la retórica, o el arte de argumentar en público, constituía el centro de sus enseñanzas, impartían también conocimientos de otra índole relacionados con la lengua, las matemáticas o la historia. En muchos casos eran también destacados intelectuales que poseían importantes conocimientos sobre determinadas materias. Gozaron de una enorme popularidad entre su clientela, compuesta básicamente por jóvenes ricos y ambiciosos que aspiraban a detentar el poder impulsados por el éxito de sus discursos y argumentaciones. Esta incidencia en el dominio de la capacidad retórica que les permitía mantener puntos de vista contrapuestos sobre una cuestión favoreció el surgimiento de un cierto relativismo moral que puso en peligro los fundamentos institucionales e ideológicos de la sociedad griega al cuestionar las creencias generalmente aceptadas acerca de los dioses, las leyes y los valores tradicionales. Pero, a diferencia de los rétores propiamente dichos, quieren desarrollar la inteligencia y formar el alma de sus alumnos. Unos daban una enseñanza enciclopédica y testimoniaban la sed de saber que se manifestaba en la época; otros trataban de desarrollar todas las facultades de los jóvenes, gracias a la práctica de la retórica y de la dialéctica, gracias también al estudio de los poetas, en los que buscaban lecciones de política y de moral. La cultura intelectual nació con los sofistas del siglo V a.C.. No eran filósofos, porque las especulaciones teóricas no les interesaban, pero el más grande de los sofistas, Protágoras de Abdera, fue el inventor del humanismo con su célebre fórmula: "El hombre es la medida de todas las cosas". Sócrates y Platón les combatieron porque, según ellos, la sabiduría no se enseña: Platón ridiculizó en Hipias el hombre universal, en Gorgias el sofista-rétor e incluso al gran Pitágoras. Estos ataques fueron tales que la palabra "sofista" tomó un sentido netamente peyorativo en el siglo IV a.C.. No obstante, los sofistas no desaparecieron. Los más famosos fueron Gorgias, Protágoras, Pródico e Hipias. Fueron numerosos en la época helenística y sobre todo imperial. Existen entonces cátedras de sofística: Apolonio ocupó, en el siglo III, la cátedra municipal de Atenas con un salario de un talento. Adriano de Tiro tuvo, bajo Marco Aurelio, la cátedra imperial en la misma ciudad antes de ser nombrado en Roma. El sofista se presentaba como el hombre cultivado que conocía el arte de la oratoria, pero trataba las cuestiones generales, hablaba de los mismos temas que los filósofos, pero sin vocabulario técnico y sin demostraciones fastidiosas: Aristocles de Pérgamo se hizo sofista tras haber estudiado la filosofía peripatética, y una inscripción de Olimpia le da el título de rétor. Algunos fueron grandísimos personajes: Apolonio no era sólo profesor, era también hierofante de Eleusis y fue enviado en embajada ante el emperador Severo. Desarrollaron un amplio escepticismo sobre la posibilidad de establecer la verdad mediante la razón y sobre la validez de cualquier código de conducta. La incredulidad cínica de esos hombres en todas las restricciones morales junto con su búsqueda del beneficio personal tuvieron como resultado que los términos "sofista" y "sofístico" quedaran cargados con connotaciones peyorativas.

