Dioses y diosas
Los dioses y diosas de la mitología son seres de una naturaleza distinta a la humana; pero aun siendo sobrehumanos no se les puede calificar de sobrenaturales ya que pertenecen a su vez a la naturaleza, en cuyo seno ocupan evidentemente un lugar privilegiado. Poseen un carácter antropomórfico muy definido, pero que es resultado de una evolución operada en el transcurso de los ss.. En efecto, muchos de ellos presentan rasgos "naturistas", es decir, personifican fenómenos naturales que fueron sacralizados por el pensamiento antiguo. En este sentido Zeus, por ejempío, desempeña evidentes funciones "meteorológicas": como sucesor de Urano, es el Cielo luminoso, como indica claramente su nombre; es también el dios de la tormenta, de la tempestad y de la lluvia fecundante, en la misma medida en que su hermano Posidón personifica el elemento líquido (especialmente el marino), su hermana Deméter la tierra fértil o sus hijos Apolo y Artemisa la luz solar y la luz lunar, respectivamente. Estos caracteres, que obligan a ver en los dioses mitológicos la personificación de "fuerzas de la naturaleza" adoradas por los antepasados protohistóricos de los griegos, han subsistido siempre, como un telón dc fondo, en la idea que los antiguos se hacían de los dioses. Con el tiempo, sin embargo, se fueron difuminando poco a poco en beneficio de otros caracteres, psicológicos y morales, que constituyen también la personificación de cualidades propiamente humanas: la autoridad soberana en Zeus, el sentido dc la belleza en el caso de Apolo o el espíritu de castidad en Artemisa. Pero, lo que es más importante, cada divinidad terminó adquiriendo una verdadera personalidad, tanto física como moral. Dioses y diosas se convirtieron de este modo en entidades fuertemente individualizadas, experimentando todos los sentimientos y adoptando todos los comportamientos propios de los seres humanos. La cólera y la piedad, el amor y los celos, la benevolencia y el deseo de venganza, son un patrimonio que comparten los dioses y los simples mortales, a quienes Prometeo creó, de hecho, a imagen y semejanza de los dioses. En este sentido viven aventuras, luchan entre sí o establecen alianzas, experimentan penas y alegrías y, aunque no pueden morir, no por ello son invulnerables. En una palabra, son "humanos" en muchos sentidos y de ningún modo aparecen como seres perfectos, inaccesibles a las pasiones o impermeables al sufrimiento. Como los hombres, están sometidos al Destino, fuerza suprema ante la que deben inclinarse. Lo que les diferencia fundamentalmente de los hombres, además de los inmensos poderes de que disponen, es por un lado la inmortalidad, que les es conferida a través de un alimento específico, la ambrosía, siendo los únicos seres vivos que se benefician de ella, y por otro lado la invisibilidad. Pueden sin embargo, si así lo desean, manifestarse ante los mortales, bien bajo apariencia humana o adoptando cualquier otro aspecto. Abandonando ya el terreno puramente mitológico para entrar en el más específicamente religioso, señalaremos que entre los antiguos existía asimismo la noción de una presencia real y visible de los dioses en su templo, en cuyo interior residían encarnados en la estatua que le representaba en el recinto sagrado. Un templo, desde la perspectiva pagana, era la morada de un dios, y por tal motivo sólo los sacerdotes (servidores de la divinidad, en el sentido más estricto del término) tenían derecho a penetrar en él, mientras que el conjunto de los fieles estaba obligado a permanecer en el exterior delante del templo (en latín pro fano de ahí el adjetivo "profano").

