Cloacas romanas
Tradicionalmente se elogia a los romanos por haber concebido y dispuesto un sistema eficaz de alcantarillas. Conviene de todas maneras no formarse un juicio demasiado rápido, aunque sea lisonjero, sobre la red de cloacas romanas. Es cierto que la geografía misma de la ciudad imponía, desde su origen, el establecimiento de canales de desagüe para desecar los terrenos pantanosos de las partes bajas y evitar la acumulación de las aguas que descendían de las colinas. Estos canales no eran en resumen más que el ahondamiento y la regularización de la red hidrográfica natural. Se pueden distinguir tres principales: uno servía el Campo de Marte como desecador del pantano de la Cabra y fue este arroyo canalizado el que utilizó Agripa para formar el Euripo de su terreno de entrenamiento, el Campus Agrippae. El segundo y más importante, servía a la región del Argileto y cruzaba el Foro Romano. Es conocido con el nombre de Cloaca Máxima y goza de una gran celebridad. Durante largo tiempo los historiadores han atribuido su construcción los Tarquinos y han citado su desembocadura en el Tíber, una bóveda en piedra de talla, como prueba de la habilidad de los arquitectos romanos del siglo VI antes de nuestra era. Hoy día está probado que esta bóveda tan admirada no fue edificada sino en tiempos de Augusto, cuando Agripa, no contento con reorganizar la red de conducciones, modernizó también la de las alcantarillas. Por otra parte, se ha encontrado la prueba de que la Cloaca Máxima fue, durante largo tiempo, un canal al descubierto, por lo menos hasta finales del siglo III a.C. Es muy probable que la construcción de la basílica Aemilia hiciese necesario recubrirla a causa de la elevación del suelo a que dio lugar. Esta alcantarilla, la más importante de Roma, tenía por función esencial asegurar el desagüe del foro, evitando que la plaza fuese invadida por las aguas que bajaban entre el Quirinal y el Viminal. Accesoriamente arrastraba al Tíber detritos e inmundicias. El tercer canal era el que, bajo la pina del Circo Máximo, seguía el valle Murcia, entre el Palatino y el Aventino. Conducía las aguas de estas dos colinas y una parte de las del Celius, que tendían a formar un pantano en lo que se llamaba el Pequeño Velabró (Velabrum Minus), en el sitio donde se construyó el Coliseo. Entre estas tres grandes alcantarillas, por otra parte ramificadas y divididas a veces entre muchos canales sucesivamente excavados, se extendían ramales secundarios, pero no muy numerosos. Muchos barrios carecían de ellas. La evacuación de las aguas de lluvia y de las inmundicias se efectuaba por la misma calle, a lo largo de adoquines en forma de badén situados en la parte central. Sí existían letrinas públicas junto a las plazas y en las termas, pero muy frecuentemente carecían de ellas las casas particulares, sobre todo las casas pobres, donde la acumulación de la población llegaba al máximo. Sabemos por los autores antiguos que los inquilinos no sentían ninguna preocupación en tirar a la calle sus aguas sucias. Roma no era ciertamente una ciudad limpia. Ver, Cloacina, Letrina.

