Domna
Julia (ss. II-III). Hija de Julio Bassiano, Sumo Sacerdote del Sol de Emesa, en Siria. Casada en el 187 con el emperador Septimio Severo (193-211). Fue madre de Septimio Basiano (186), el futuro Caracalla, y de Septimio Geta (189). Su cara redonda y sus rasgos físicos no hacían de ella una auténtica belleza; pero tenía una gran inteligencia y mucho valor. Culta y refinada, resuelta y ambiciosa, extendió su influencia y su personalidad al conjunto del Imperio y ejerció un significativo papel en la política, como compañera inseparable del emperador. Ninguna otra emperatriz ha sido tantas veces representada, ninguna tan insistentemente ensalzada en los epígrafes ni tan frecuentemente representada en las monedas. A los habituales títulos ceremoniales hubo que añadir otros nuevos, recién ideados para ensalzarla: Augusta (193), Pia (200), Felix (211), madre de los Augustos, del Senado, de los campamentos y de la patria (mater Augustorum et mater castrorum, senatus et patriae, y fue asimilada a un buen número de divinidades: Deméter, Hera, Cibeles, la africana Juno Celeste... No obstante los inusuales honores ofrecidos a la emperatriz en todos los rincones del Imperio, su influencia e incluso su vida se vieron en peligro por el implacable odio de un enemigo surgido en la propia corte, Cayo Fulvio Plautiano (Ver). La filosofía informó su vida, como ávida discípula y sabia maestra, hasta merecer el titulo de la "filósofa Julia". Secundada por su hermana Maesa y por los numerosos orientales que la habían seguido a Roma, extendió su influencia al ámbito de la cultura, como promotora de un círculo de intelectuales, filósofos y escritores. En el salón de Domna, la sabiduría griega entretejida de misticismo oriental escudriñaba los misterios de la ciencia y de la filosofía, de la religión y del arte, por medio de una larga lista de sabios, eruditos e investigadores: el sofista Antipatro de Hierápolis, el médico Galeno, el bibliófilo Sammónico Sereno, los juristas Emilio Papiniano y Q. Cervidio Escévola, el historiador Dión Casio, el futuro emperador Gordiano, el filósofo y naturalista Claudio Eliano, el biógrafo Diógenes Laercio, el poeta Lucio Septimio Néstor de Laranda y, sobre todo, su secretario, Filóstrato, comisionado por Domna para escribir una biografía del santón Apolonio de Tiana, filósofo y taumaturgo, en la que se mezclaban el fanatismo y la superstición, el ascetismo y la austeridad. Tras la muerte del emperador en el 211, la emperatriz trató de mediar entre sus hijos. Si probablemente es una invención el relato de Herodiano sobre la pretendida oposición de la emperatriz a una supuesta división del Imperio entre los dos rivales, es seguro que la sombra de Domna se extendió sobre el consejo imperial y sobre los planes políticos en él discutidos. Apenas un año después de la muerte de Severo se llegaría al epílogo fratricida, perpetrado por Caracalla contra Geta en presencia de su madre. La anciana Domna se vio ante el dilema de llorar al hijo muerto y arrostrar las iras del emperador o superar el horror materno para aferrarse a la perversa tiranía del poder. Domna eligió lo segundo hasta sus últimas consecuencias, supliendo la ineptitud, la inconstancia y el desinterés del hijo para todo lo que no fuera vida cuartelera, carreras de carros y combates de gladiadores, con una entrega total a los asuntos de Estado. De Retia a Tracia, de Asia Menor a Siria, en Nicomedia y, luego, en Antioquía, Domna se convirtió en la constante acompañante del emperador y en su alter ego para todos los asuntos de Estado. Con gran energía y realista moderación, Domna procuró seguir la política de Severo: superar los privilegios itálicos para alcanzar una completa unificación del Imperio en instituciones y costumbres. Es más que probable que el famoso decreto de Caracalla por el que se extendía la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio (Constitutio Antoniniana) hubiese sido inspirado por Domna, continuando los proyectos no realizados de Septimio Severo. Las excelentes relaciones de madre e hijo eran un terreno abonado para las malas lenguas, dando pábulo a una relación incestuosa entre ambos. En abril del 217, Caracalla cayó asesinado en Carrhae por instigación de Macrino, que se apresuró a proclamarse emperador. Una orden de Macrino la relegaba con toda su familia a Emesa. Julia Domna prefirió suicidarse a perder el poder. Sus cenizas, llevadas a Roma, fueron depositadas al lado de las de Geta. Más tarde, su hermana Maesa las transportó al mausoleo de Adriano. Fue deificada, años más tarde, junto con su hermana, durante el reinado de su nieto, Severo Alejandro.

