Imperio Egipcio
La civilización egipcia se desarrolla a lo largo de tres milenios en torno a las orillas del río Nilo. Es una de las más originales, estructuradas y poderosas de la Edad Antigua y de ella quedan importantes vestigios para su estudio. La historia de Egipto, tras una serie de culturas predinásticas, tiene su arranque alrededor del año 3.000 a.C. cuando el largo territorio del Nilo dividido en dos reinos, el Alto Egipto y el Bajo Egipto, situado junto al delta, se unifican bajo la autoridad del rey o faraón Menes (Narmer). Su historia está marcada por las condiciones geográficas que conforman este país como un fértil oasis regado por las aguas del Nilo que anualmente se desborda. Los habitantes del Neolítico aprendieron a controlar y aprovechar los efectos de las inundaciones periódicas, para lo cual tuvieron que desarrollar una sociedad perfectamente organizada bajo las directrices del faraón, el cual ejercía, no sólo el poder político, sino también el religioso y administrativo. En estas funciones estaba asistido por un cortejo de sacerdotes y funcionarios que constituían las clases dominantes, en tanto que el resto de la población vivía en un régimen de esclavitud, sujetos a una estricta disciplina y pagando una importante parte de las cosechas que recogían. La importancia de las funciones del faraón se justificaba por su consideración divina: era adorado como un dios mientras vivía y a su muerte se le asociaba a la divinidad suprema, el dios Ra u Osiris. Esta estructuración social se mantuvo a lo largo de los tres milenios de vida del Imperio egipcio. Su historia se divide, tradicionalmente, en diversas etapas o Imperios. La primera de ellas es el Imperio Antiguo, se desarrolla durante las cuatro primeras dinastías; la capital del imperio es Menfis y sus principales faraones (Keops, Kefrén y Mikerinos), construyen las fabulosas Pirámides de Gizeh. Está considerado como uno de los períodos de mayor esplendor, no sólo por sus realizaciones artísticas, sino también por su expansión territorial; su dominio llega, hacia el sur, hasta la primera catarata. En las dinastías siguientes, hasta comienzos del tercer milenio a.C., se inicia un período de decadencia del poder faraónico que desemboca en un régimen de carácter feudal. La segunda etapa histórica, el Imperio Medio, se desarrolla a partir de la dinastía XI (2.052 a.C.) y perdura hasta mediados del segundo milenio a.C. El dominio egipcio se extiende hasta la región de Nubia, se explotan las minas de oro del curso alto del Nilo y se abren rutas comerciales con el Oriente Medio. El esplendor del Imperio Medio termina con la invasión de los hicsos, pueblo portador de una cultura belicista que, empujado por la presión demográfica de los pueblos nómadas de origen indoeuropeo, invade los territorios del Alto Egipto donde ejerce su dominio desde el año 1.650 a.C., y termina siendo asimilado por la cultura egipcia. El tercer gran período, el Imperio Nuevo, se desarrolla desde el 1.570 al 715 a.C. Durante este tiempo, Egipto asciende a primera potencia mediterránea gracias a los faraones de las dinastías XVIII (Reina Hatsepsut, Amenofis, etc.). Durante el reinado de Amenofis IV (Akenaton) la capital se traslada a Tell-el-Amarna, donde se desarrolla una cultura que en cierto modo supone una revolución religiosa y social, aunque apenas duró 20 años. Tras el reinado de Tutankamón acceden al poder los faraones de la XIX dinastía (Ramsés II y III), que restablecen la tradición clásica. Desde finales del siglo VIII a.C., tiene lugar la última etapa de la historia de Egipto, el Bajo Imperio, que supone la total decadencia del poder egipcio debido a la acción conquistadora de los pueblos asirios, persas y griegos hasta que, finalmente, en el año 30 a.C., con la dinastía de los Ptolomeos, cae bajo el dominio romano. La principal creencia que rigió la cultura egipcia fue la inmortalidad del alma, concepto que implicaba diversas categorías y sustancias misteriosas, y que determina costumbres tan determinantes como la conservación del cadáver; de ahí que llegaran a ser maestros consumados en el arte de embalsamar. Sus principales divinidades eran: Osiris, dios de la luz y la vida, personificación del sol y símbolo de la fuerza creadora de la Naturaleza, quien presidía el juicio final en el que pesaban las acciones buenas y malas de los difuntos; Isis, diosa de la Tierra y de la Luna, protectora del matrimonio y de la agricultura, hermana y esposa de Osiris; y Tifón (o Seth), genio del mal y de las tinieblas, rival de Osiris, con quien luchaba todas las noches y de quien salía vencedor al aparecer todas las mañanas resplandeciente sobre el horizonte. Este mito de Isis y Osiris, símbolo de la lucha entre el bien y el mal, era la base de las ideas religiosas de los egipcios. A Osiris se le consagró el buey Apis y a Tifón el cocodrilo y el escorpión. Había también otros animales sagrados tales como; el gavilán; el escarabajo, símbolo de la inmortalidad; el macho cabrío; la fabulosa ave Fénix que renacía de sus cenizas, etc., que eran adorados por el vulgo, aunque parece casi seguro que los sacerdotes tenían ideas más elevadas de la divinidad y consideraban sus representaciones materiales como meros símbolos. De entre todos ellos destacó el halcón que representaba al dios Horus, hijo de Isis, símbolo del Alto Egipto. Los libros sagrados revelan una moral poco corriente, por su pureza y un respeto para la mujer que no se encuentra en ningún otro pueblo de su misma época. De todo el conjunto de obras que ha llegado hasta nosotros, se deduce que Egipto debió ser uno de los pueblos más adelantados de la antigüedad, con sólidos conocimientos matemáticos, químicos, astronómicos y de otras ciencias y artes. Desde luego, fueron buenos geómetras y excelentes agricultores; pero son muy poco los trabajos científicos y literarios que de ellos poseemos. Se cuentan entre los últimos el Libro de los muertos, colección de máximas plegarias e instrucciones destinadas a guiar a las almas de los difuntos hasta llegar a la presencia de Osiris, y un Himno al Nilo de carácter religioso, una de las obras literarias más antiguas que se conocen. La escritura era jeroglífica, compuesta de signos ideográficos. En los manuscritos sagrados se usaba la escritura hierática o sacerdotal y para uso generales se empleaba la demótica o popular, cuyos signos eran fonéticos. El descubrimiento de la célebre piedra de Rosetta, en la que se encontró una inscripción repetida tres veces, pero usando la escritura jeroglífica, la demótica y la griega, dio la clave para la interpretación de los jeroglíficos egipcios por parte del egiptólogo francés Champollion. El idioma que se habló, se cree que fue el copto, conservado por los cristianos de tal nombre hasta el siglo XVII. Así como son escasos los testimonios científicos y literarios de los egipcios, son abundantes los de arte, especialmente los arquitectónicos. Generalmente, éstos son pesados, macizos y de dimensiones enormes, como las pirámides, edificadas como tumbas de los reyes que ordenaron su construcción, entre ellas las tres famosísimas de Gizeh, erigidas por los faraones Keops, Kefrén y Mikerinos; las necrópolis con sus mastabas, hipogeos y otras construcciones funerarias de particulares; los templos verdaderamente grandiosos de Karnak y de Luxor, etc.; las estatuas, caracterizadas por la rigidez de sus líneas; las columnas, en que la flor de loto solía ser el principal elemento de ornamentación; los obeliscos, que flanqueaban las puertas de los templos; y las esfinges, son otras tantas muestras del arte egipcio. La pintura sólo se empleó como elemento decorativo, distinguiéndose por su duración y por la viveza de su colorido. Conocían la cerámica esmaltada; labraban el jaspe, la amatista, al ágata, etc.; empleaban el marfil para adornar con taracea los muebles; trabajaban el oro y el bronce; usaron el hierro para la construcción de instrumentos; tejían el lino y trabajaban el cuero y el esparto. Ver, Dinastías, Imperio Antiguo egipcio, Imperio Medio egipcio.

