Anfictionía
o Amphictionía. Liga o Confederación de ciudades o pueblos vecinos reunidos alrededor de un santuario que administraban en común. Los miembros de una anfictionía pertenecían siempre a la misma región: las ciudades de la anfictionía de Calauria, por ejemplo, están todas situadas en el golfo de la Argólida o en el golfo Sarónico. Su carácter religioso la diferencia de la Symmachía, unión de carácter solamente militar. La antigüedad griega ha conocido varias organizaciones que han llevado ese nombre, por ejemplo, la de Argos, cerca del templo de Juno; la de las Termópilas, cerca del templo de Deméter en Antele; la de Delos en las Cícladas; la de Calauria, en Argólida y la de Delfos, cerca del célebre oráculo de Apolo. Los miembros del consejo de la liga se llamaban Anfictyons o Anfictions. Esta última ortografía, menos habitual en nuestros textos literarios (franceses), es la de las monedas y de las inscripciones y responde mejor al sentido etimológico de la palabra, "los que están instalados alrededor". Sus decisiones arrastraron a veces graves consecuencias políticas. Las reuniones bianuales de los delegados de los pueblos adheridos, o hieromnémones, tenían lugar en primavera en Antele y en otoño en Delfos. Ignoramos todo sobre las funciones no religiosas que pudieron tener las anfictionías, salvo, en escasa medida, lo que se refiere a la anfictionía pileodélfica, la más conocida. La Anfictionía de Delfos, es la más ilustre agrupación que mejor se conoce. Reunía los delegados de doce pueblos, la mayor parte instalados en Grecia central, tesalios, focios, beocios, locrios, otros todavía, a los que se unen los dorios y los jonios, únicos que representaban el resto del mundo griego. Cada pueblo (ethnos) envíaba dos delegados, o hieromnémones, al Consejo (Synedrion) anfictiónico, lo que permitía a Atenas disponer regularmente de una de las voces jonias, mientras que Esparta no está representada por una de las dos voces dorias, más que de tarde en tarde. Se percibe por eso el carácter local y arcaico de la Anfictionía, que en manera alguna podía pretender representar a todo el helenismo. Su papel era administrar por intermedio de los hieromnémones los asuntos financieros del Apolo délfico, organizar los juegos y las fiestas tradicionales del santuario, y, en fin, preservar los intereses del dios contra toda injerencia. Es este último deber el que condujo a la Anfictionía a proclamar las diferentes guerras sagradas. Salvo en esas circunstancias excepcionales, las ciudades anfictiónicas no están ligadas sino por una solidaridad moral muy débil, de la cual el juramento que formulan contiene las obligaciones: se comprometen a no destruirse mutuamente de arriba abajo, en caso de guerra, y castigar a quien ultraje al dios de Delfos. Ningún lazo político sólido existe entre ellas, y la Anfictionía, en el dominio de la política internacional, fue el instrumento de ambiciones particulares más que un principio de unidad entre los Estados griegos. Unos especialistas, los Pilágoras, Pylagoroi, o agóratros, asistían a los hieromnémones, pero no tenían derecho a voto. El Consejo celebraba dos sesiones (píleos) ordinarias al año, una en primavera, otra en el otoño. En cada una de sus sesiones, el Consejo se reunía primero en las Termópilas, luego en Delfos. Todas las anfictionías tenían carácter religioso; trataban de asegurar la integridad del santuario común y de proteger el culto; el Consejo de la Anfictionía délfica debía vigilar la tierra sagrada de Cirra, ocuparse de los edificios del santuario y organizar las fiestas Pitias. Sabemos que se esforzó por hacer menos crueles las guerras entre las ciudades anfictiónicas: igualmente dio su arbitraje durante ciertas diferencias que enfrentaron a sus miembros. No era una asociación política, aunque haya sido utilizada con fines políticos: los griegos del norte y del centro nunca se sirvieron de la Anfictionía de Delfos para llevar una política común, pero Filipo de Macedonia supo hacer de ella un instrumento de su política durante la Tercera y Cuarta Guerras Sagradas. Las sanciones adoptadas por el Consejo anfictiónico contra Anfisa llevaron a la Tercera Guerra Sagrada que terminó con el desastre de Queronea (338 a.C.). Ver, Panionion, Hexápola.

