Máquinas de guerra

El recurso a los medios mecánicos no se hizo frecuente en las operaciones militares sino a partir del siglo III antes de nuestra era, cuando el ejemplo de los griegos de Sicilia y de la Italia meridional enseñó a los romanos su existencia y su uso. El gran desarrollo de las máquinas no data, en los ejércitos griegos, mas que del período helenístico. Su técnica fue rápidamente llevada a su punto de perfección, y no parece que los romanos hayan mejorado lo que recibieron de aquellos. Por otra parte, era difícil esperar innovaciones mientras el principio mecánico sobre el cual estaban fundadas dichas máquinas bélicas permaneciese invariable. Existían dos grandes categorías de máquinas: las que servían para lanzar proyectiles y las que tenían por objeto proteger al personal con ocasión de los ataques contra un enemigo protegido. Las primeras comprendían las catapultas, las balistas, los onagros y los escorpiones. Las catapultas no eran más que gruesas ballestas, cuyos dos brazos curvados penetraban por una extremidad en un haz elástico retorcido. La torsión de éste tendía a provocar la rotación del brazo y esta fuerza era utilizada para lanzar violentamente un disparo, que no era otra cosa en las pequeñas máquinas que una gruesa flecha. El proyectil podía ser más pesado cuando la máquina era de grandes dimensiones. Las catapultas eran armas de tiro directo, como la ballesta, y con velocidad inicial relativamente considerable. La balista estaba fundada en el mismo principio que la catapulta, pero lanzaba proyectiles mucho más pesados, gruesas piedras o vigas que obraban menos por su velocidad que por su peso. La balista era utilizada en tiro por elevación para franquear el obstáculo de un muro, por ejemplo. Tenía, pues, un papel semejante al de nuestros obuses y morteros. El onagro reposaba sobre un principio diferente, no el del arco, sino el de la honda. Constaba esencialmente de un largo brazo de palanca articulado sobre una pieza asentada en una plancha giratoria horizontal, movida a su vez por un haz de cuerdas retorcidas. En reposo, la palanca estaba vertical; con la ayuda de un torno se la llevaba hacia atrás, lo que tenía por efecto tensar los haces motores; al saltar de modo brusco la palanca, se proyectaba vivamente hacia adelante y al término de su trayectoria encontraba un robusto freno. Los proyectiles que se habían colocado en la extremidad de la palanca (balas de hondas, piedras, bolas de grasa o de resina inflamadas) eran despedidos al choque y lanzados hacia el enemigo. En cuanto al término escorpión, parece haber designado, según las épocas, ya una especie de catapulta, ya un onagro de pequeñas dimensiones. Ver, Legiones de ballistarii.
 
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