Puertos

La mejora de los puertos naturales y la posterior creación de puertos artificiales se vio estimulada por el incremento del comercio que derivaba de la colonización griega del Mediterráneo. De manera general, los antiguos, y en particular los romanos, prefirieron utilizar las desembocaduras de los ríos o hacer penetrar el agua en el interior de las tierras excavando dársenas o puertos-canales (Arles, Narbona, por ejemplo), que construir escolleras en el mar, pero también hay ejemplos de este último procedimiento. Su fortificación comenzó por necesidades defensivas en tiempo de los tiranos del final del siglo VI a.C.. Hacia el siglo V las necesidades comerciales y defensivas pudieron solucionarse solamente mediante la inclusión de al menos un puerto en el interior de los muros de la ciudad. Se construyeron torres, antecedentes de los faros, al final de los muelles, de modo que el canal abierto entre ellas se podía cerrar con cadenas. El complejo de edificaciones incluía normalmente almacenes, cobertizos para barcos y un mercado. El ejemplo más elaborado en el mundo griego era el Pireo. Los puertos helenísticos tales como el de Alejandría se apoyaban mucho menos en las ventajas naturales. Los puertos comercial y militar se distinguían allí en donde la naturaleza lo permítía (por ejemplo, en Rodas y Tasos), pero sólo en tiempos de la Roma imperial los arquitectos alcanzaron un completo control sobre la naturaleza. Distintos emperadores mejoraron grandemente las facilidades portuarias de Ostia. Ver, Marina romana.
 
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