Templo cristiano
Cuando en el siglo IV fue autorizado el culto cristiano se abandonó el lugar de reunión de tipo tradicional, la domus ecclesia, y tampoco se adoptó el tipo arquitectónico del templo clásico ya que era inadecuado para la nueva liturgia sino que, siguiendo el ejemplo de las sinagogas judías, se escogió el modelo planimétrico de la basílica civil romana. Concebida, con una manifiesta monumentalidad, como una gran sala de reuniones con funciones jurídicas, la basílica romana era de planta rectangular con diferentes naves longitudinales y paralelas separadas por columnas y, a veces antecedidas por un vestíbulo o nartex, en cuyo extremo opuesto se situaba un ábside semicircular o cuadrado para el tribunal de justicia. La gran capacidad de este edificio para congregar en su interior a un número importante de individuos explica que fuera escogido para los ritos cristianos, de carácter más popular y colectivo que los romanos. Sin embargo, en elevación, la basílica romana y la cristiana, presentaban algunas diferencias, puesto que la iglesia cristiana está vertebrada sobre la axialidad, los accesos son muy reducidos, la iluminación menor y existen numerosos anexos. Quizá la diferencia más drástica es la que atañe al cruzamiento del ábside con la nave donde por regla general tiende a situarse un transepto o crucero. Este último dará origen a las iglesias de planta en cruz latina, más habituales en Occidente que no las de cruz griega de planta centrada. Una de las primeras basílicas cristianas que menos transformaciones ha sufrido en los ss. posteriores es la de Santa Sabina construida en Roma en el siglo V d. J.C., aunque existen numerosos ejemplos de estas construcciones tanto en Roma como en Rávena y en todas las provincias del Imperio romano donde el cristianismo tuvo una amplia difusión. Las ciudades del Norte de África, son un claro ejemplo de este fenómeno.

