Ritos funerarios

Los egipcios dedicaron tanta (o más) atención al culto de sus difuntos como al de sus dioses. Y ello basándose en el convencimiento de que el hombre, por una serie de razones espirituales y materiales, seguía viviendo más allá de la muerte. En efecto, una de las creencias más hondamente sentidas por los antiguos egipcios fue la certeza de una vida eterna tras la muerte corporal. Esta creencia motivó desde los tiempos prehistóricos la práctica de ritos funerarios que conducirían más tarde a tributar culto a los muertos y a elaborar una religión funeraria. El origen de dicho culto se puede buscar en el dispensado primeramente a Osiris (Mito de Osiris) y luego al rey, identificado con Horus, el hijo de Osiris. Tal creencia se documenta perfectamente entre la III y la VI Dinastías, larga etapa en la que los ritos funerarios osíricos, juntamente con los principios de la teología solar, fueron exclusivamente un privilegio real. Por un proceso paulatino de democratización, antes incluso de que finalizara el Imperio Antiguo, los nobles cortesanos y los nobles provinciales también se beneficiaron de tal culto. Finalmente, a partir del Imperio Medio cualquier difunto pudo disfrutar de un culto funerario y, consiguientemente, de una nueva vida en el Más Allá. El culto funerario de la momificación, cuya finalidad no era otra que la de devolver la vida al alma, estuvo lógicamente mediatizado por la conservación del cuerpo (pues se pensaba que el alma habitaba en él aun después de la muerte) y por la creencia en una nueva vida incluso tras la desaparición material del cuerpo. De estas ideas también participó prácticamente la totalidad de los pueblos de la antigüedad, según sabemos por restos arqueológicos (ajuares funerarios) y fuentes documentales (textos funerarios, míticos y religiosos) que nos han llegado. La muerte, según el pensamiento egipcio, era el estadio en el que todos los componentes del ser humano se dispersaban, si bien seguían conservando su integridad individual. Si se podía volverlos a reunir en el cuerpo, era factible el disfrutar de una nueva vida en el otro mundo, muy parecida a la vivida con anterioridad a la muerte. Para alcanzar esta segunda vida era preciso preservar el componente más frágil del ser humano, el cuerpo (det). De ahí el esencial cuidado que tuvieron en conservarlo, aplicando sobre él, tras la muerte, diferentes técnicas de embalsamamiento. Si bien en un principio sólo se retiraban las vísceras por ser la parte del cuerpo que más rápidamente se corrompía, luego se pudo hacer desaparecer a la totalidad de tejidos grasos y órganos factibles de putrefacción gracias a nuevas técnicas y a nuevos productos químicos venidos de Asia. Un personal especializado se encargaba de todo el proceso necesario para la correcta momificación. Los textos nos hablan de los embalsamadores out, los cancilleres del dios, el embalsamador de Anubis, el encargado del secreto del taller de embalsamamiento o de los sacerdotes-lectores que con los recitados de sus fórmulas religiosas seguían todas las sucesivas etapas de la momificación del cadáver y que respondían a cada uno de los ritos mágicos con que Isis había sido capaz de resucitar a su esposo Osiris. Gracias al historiador griego Heródoto (siglo V a.C.) conocemos varias técnicas de momificación egipcia, llevadas a cabo en las Casas de Embalsamamiento (uabet o "lugar puro") y que se diferenciaban entre si de acuerdo con el montante económico que los deudos del difunto quisieran pagar. Las había de tres clases: una primera, que constaba de ocho tratamientos aplicados sobre el cadáver; otra segunda, de tipo medio, a base sólo de tres tratamientos, y una tercera, reservada a las gentes pobres, de sólo dos. En los embalsamamientos más ricos las partes más fácilmente corruptibles se colocaban en cuatro vasos o jarras (canopos), trabajados por lo general en calcita. Dichos vasos, que se colocaban también en la cámara funeraria, presentaron sus tapaderas, a partir de la época de los ramésidas, modeladas bajo la forma de las cabezas de los hijos de Horus, dedicándose los textos en ellos inscritos a otras tantas diosas. Sobre el rostro del difunto se depositaba una máscara y sobre su cuerpo se entremezclaban una serie de amuletos y de papiros de tipo mágico con los centenares de metros de bandas de tejidos de lino, impregnado con resinas, aceites y perfumes muy variados, que lo envolvían. De hecho, en todo el trabajo de momificación, sujeto a ritos muy definidos, se intentaba reproducir nuevamente el proceso por el que en los antiquísimos tiempos Osiris había recobrado su existencia, gracias a los cuidados de su esposa Isis. El proceso de embalsamamiento duraba setenta días, y éste era el periodo de tiempo que mediaba realmente entre la defunción y la colocación del cadáver en su tumba. Algunos especialistas se han preguntado el porqué de este tiempo y han argumentado que su larga duración se debía a razones religiosas, en conexión con Sothis. Efectivamente, dicha estrella y los decanes del cielo nocturno, tras brillar en las noches egipcias, desaparecían engullidos en el horizonte durante un periodo de tiempo similar. Ese plazo era, en consecuencia, el que separaba al muerto de su resurrección, como lo era el que tardaba en verse otra vez a los antedichos cuerpos celestes. Como hemos dicho, cada fase del embalsamamiento estaba sujeta y regulada por ciertos rituales, de los cuales tan sólo nos han llegado los relativos a los últimos momentos del enterramiento. Tras finalizar las tareas del embalsamamiento, los parientes del difunto retiraban su cadáver llevándoselo a su casa. En ella se reunían los familiares y las plañideras (mujeres que hacían de los funerales su verdadero oficio), quienes se encargaban de lamentar entre grandes lloros y griterío la desgracia ocurrida y de esparcir cenizas sobre sí mismas, al tiempo que deseaban al difunto un venturoso destino en el Más Allá. Luego, en una comitiva funeraria en la que se transportaban todos los objetos que habían de servirle en su nueva vida, se trasladaba el cadáver a la orilla occidental del Nilo, zona creída morada de los muertos por ser por donde se ponía el sol, y en donde se procedía a enterrarlo, tras celebrar los últimos ritos funerarios. De estos ritos el más importante era el de la apertura de la boca, bastante complejo, y cuya finalidad consistía en devolver la fuerza vital, esto es, la vida, al alma del difunto. Gracias al funeral que recibió un alto funcionario, llamado Pasaru, conocemos con detalle parte de este ritual, del que se tienen noticias por lo menos desde la Dinastía IV. En síntesis, el rito consistía en depositar el cuerpo sobre una barca fúnebre y transportarlo a la zona occidental, a la necrópolis. Ante la puerta de la tumba se presentaban ofrendas y sacrificios, y una vez introducido en ella o dispuesto frente a la misma se realizaban las últimas ceremonias, cuyo acto central era la apertura de la boca. En sus orígenes este rito tenía lugar en la llamada Casa de Oro, que no era otra que el propio taller del escultor cuando la ceremonia se aplicaba únicamente para la reanimación de la estatua. Cuando el ritual pasó a ser un componente del culto funerario, aplicado directamente al difunto, el nombre Casa de Oro sirvió para designar la capilla de la tumba o la tumba misma. El ritual se realizaba de día con la estatua (o la momia, según los casos) situada en disposición vertical sobre un pequeño montículo de arena y mirando en dirección al sur (punto primario de referencia geográfica para los egipcios). Un sacerdote especialista efectuaba purificaciones y luego con su dedo tocaba la boca de la estatua o de la momia. Se sacrificaban animales sagrados, cuyas partes nobles se ofrecían al difunto, y, luego, con un objeto sagrado (cuchillo, azuela o tenazas) se procedía a la apertura de la boca. Tras una escena de animación se volvía a tocar la boca y los ojos de la momia y después de otros actos de purificación se tocaban nuevamente boca y ojos con un objeto definitivo y último, el pesech-kaf. A todo ello seguía la parte más extensa de todo el ritual y que rememoraba la ceremonia de la vestimenta real. En efecto, lo mismo que los dioses aceptaban al rey tras su diaria investidura y coronación, así también aceptaban al difunto al ser vestido con ropas sagradas y realzado con ornamentos. Nuevas unciones, ofrecimientos de cetro y armas, banquete funerario (cuyo significado no era otro que celebrar la recuperación de las facultades por parte del difunto) y recitado de una larga letanía cerraban los actos. Finalmente, la estatua o la momia, a la cual se tocaba por última vez la boca, era depositada en la capilla de la tumba, tras ser abrazada por la esposa, hijos y demás familiares. Ver, Momificación.
 
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