Sepulturas egipcias
Con el entierro no finalizaban las preocupaciones de los parientes. Dada la creencia de una vida en la Ultratumba, los restos del fallecido tenían que disponer de todo aquello que había disfrutado en vida, sobre todo alimentos. Esto quiere decir que la necesidad de ofrendas regulares de los más variados alimentos (leche, higos, agua, pan, pastelillos, cerveza, carne, etc.) era una condición imprescindible para que pudiera sobrevivir en el Más Allá. A través de la larga historia de Egipto, la práctica de ofrendas sufrió modificaciones muy evidentes, tanto en lo referente a su duración temporal, cuanto en el modo de ser presentadas. De una presencia material, efectiva, de los alimentos y demás ofrendas se pasó a su representación pictórica sobre las paredes de la tumba o sobre las estelas o bien a su simple evocación en el transcurso de una oración, creyéndose así que estas representaciones plásticas o las palabras llegaban a crear la realidad material. Asimismo, la tumba también fue objeto de constante preocupación, dado que en ella el difunto conservaba sus movimientos y desarrollaba su personalidad. Sabemos que los egipcios no descuidaron en vida la construcción de su propia sepultura, a la que dotaban de cuantos bienes y ajuares materiales (suponían) serían necesarios para toda la eternidad y, sobre todo, tuvieron especial cuidado en hacer frente a los gastos que ocasionaría el mantenimiento de su culto funerario, que, en teoría, debía ser duradero. Los egipcios ricos no tenían inconveniente en crear fundaciones a fin de que sus rentas sufragasen los gastos del culto que precisarían. Ni que decir tiene que las tumbas sufrieron modificaciones tanto materiales como ideológicas con el paso de los ss.. De simples fosas, practicadas en el desierto, en donde se depositaban los cadáveres envueltos en pieles, se pasaría a los sepulcros de ladrillo (mastabas) que contenían los féretros de madera o piedra. En el Imperio Antiguo, como se sabe, aparecerían las pirámides, construidas en piedra, como morada perpetua de los reyes, dentro de un conjunto funerario muy complejo. Junto a ellas, los funcionarios de la corte construyeron sus propias sepulturas para continuar estando junto al rey y seguir prestándole sus servicios en el Más Allá. En el Imperio Medio se produjo el desarrollo de la mastaba o tumba individual, ya presente en tiempos anteriores. Eran tumbas de piedra o de ladrillo, generalmente destinadas a los nobles y la mayoría decoradas con pinturas alusivas tanto al mundo de los vivos como al de Ultratumba. Durante el Imperio Nuevo los reyes adoptaron los acantilados de la región de Tebas para edificar sus tumbas subterráneas o hipogeos, precedidos en los accesos por templos funerarios. De hecho, tal zona (Valle de las Reinas, Valle de los Reyes) fue una grandiosa necrópolis, con impresionantes tumbas excavadas en el interior de las rocas. Las clases populares utilizaron sepulturas comunes, especie de catacumbas, en donde los cadáveres, envueltos en telas y apenas cubiertos de arena, se apilaban unos encima de otros. Ver, Pirámides, Tumbas, Sepultura, Tipos de tumbas.

