Componentes del hombre
La desaparición total del hombre era algo incomprensible para los egipcios, toda vez que siempre y cuando una persona hubiese actuado y vivido de acuerdo con Maat, eso es, con la verdad, el derecho y la justicia, su vida estaba garantizada para siempre en el Más Allá. Por lo aquí dicho hay que indicar que los egipcios no tuvieron una concepción fatalista de la muerte; antes al contrario, siempre vivieron con la esperanza de ajustar su destino (su vida de Ultratumba) al de Osiris. Esto no podía ser de otro modo, pues los dioses (Re o Ptah o Khnum, según las versiones) habían sido los artífices de la humanidad. Al ser creados por una entidad espiritual, intuyeron lógicamente que en su propia esencia existían diversas potencias espirituales, que no podrían desaparecer jamás, como no podían desaparecer los dioses. Aunque no se plantearon desarrollar una doctrina acerca del ser del hombre, una antropología, sí formularon los componentes que todo ser humano encerraba en su propia identidad. En primer lugar, determinaron la cosa más tangible del compuesto humano, el cuerpo (det), que era el asiento de la existencia física. Ese cuerpo no podía desaparecer con la muerte, pues era el garante de que la persona, es decir, sus diferentes componentes, continuara existiendo. De ahí las prácticas de embalsamamiento. la exigencia en conservar indefinidamente el cuerpo. Organo de la vida física era el corazón (ib), sede de la vida consciente y, por lo tanto, elemento imprescindible, donde se situaban la conciencia, la razón y los deseos. Entre los componentes espirituales del hombre, esto es, entre aquellas potencias intangibles, destacaban ante todo tres principios de muy difícil definición: el ka, el bai y el akh. El ka, concepto para nosotros de mucha complejidad, era para los egipcios, en líneas generales, el alma. O, si se quiere, la entidad espiritual que proporcionaba al hombre el principio de su individualidad, su fuerza vital, su personalidad. Al ka, figurado como una estatua, se le tenía que alimentar tras la muerte. El bai, concepto todavía más complejo que el anterior, venía a ser el alma de la persona, pero bajo su manifestación externa. Tras la muerte era la encarnación de su espíritu, es decir, la natural aspiración del hombre a su libertad. Este componente del ser humano quedaba representado como un pájaro con cabeza humana o bajo cualquier forma que el difunto quisiera escoger para su transformación. El bai era, en última instancia, el nexo de unión entre lo humano y lo divino, el intermediario entre el mundo y la momia. Al hombre, tras su muerte, se le manifestaba su akh, esto es, su potencia invisible, espiritual. Por extensión, todo difunto en cuanto tal era un akh, un espíritu glorificado. A este componente se le figuraba como un ibis. Al considerar los egipcios que la palabra (ren) tenía un poder enorme y dado que su articulación posibilitaba el nombre de una persona, ese concepto (ren) era otro componente más del ser humano. El nombre otorgaba la individualidad, la existencia específica. En caso de olvido del mismo, el sujeto entraba automáticamente en el mundo del no ser. Junto al nombre, también creyeron que la sombra (kha bit) era otro componente específico, inseparable del cuerpo, impalpable, pero totalmente visible. Muchos de estos componentes, que no hay que verlos como sucesivas envolturas del cuerpo material (y cuyos contenido y valoración hubieron de ser diferentes a lo largo de la historia egipcia), sino como entes dotados de verdadera vida propia, aparecen en el Libro de los Muertos, en contextos apropiados, sobre todo en el Capítulo 188, donde se citan alma, sombra, forma, aspecto y esencia. Toda esta complejidad antropológica demuestra la importancia que los egipcios dieron al hombre en si mismo considerado, que se acrecienta mucho más si pensamos que la experiencia de la vida cotidiana les habría mostrado que el orden divino y su sanción (entiéndase el premio o el castigo otorgado por los dioses) no se realizaban siempre en la tierra. Era evidente que la vida (los componentes del hombre) tenía que continuar existiendo después de la muerte, para allí, en esa nueva vida, alcanzar de un modo real y efectivo la verdadera justicia.

