Fuego
El culto del fuego siguió al que se tributaba al sol y todas las naciones se conformaron en adorarlo como el más noble de los elementos, y como una viva imagen del astro del día. Los caldeos lo consideraban como una deidad suprema. Sin embargo en Persia fue donde se extendió su culto casi exclusivamente. Se encontraban por todas partes cercados cerrados con muros y sin techo, dentro los cuales se encendía asiduamente el fuego, en donde el pueblo devoto venía a ciertas horas para rogarle. Los grandes señores se arruinaban arrojando en él esencias preciosas y flores odoríferas, privilegio que consideraban como uno de los mejores derechos de la nobleza. Estos templos descubiertos fueron conocidos de los griegos con el nombre de Pircia o Pirateia. Los viajeros modernos hablan también de ellos como de los más antiguos monumentos del culto del fuego. Cuando los reyes de Persia se hallaban en la agonía, se apagaba el fuego en las principales ciudades del reino y no se volvía a encender sino hasta después de la coronación de su sucesor. Estos pueblos se imaginaban que el fuego había sido traído del cielo, y puesto sobre el altar del primer templo, que Zoroastro había mandado edificar en la ciudad de Xis, en Media. Estaba prohibido arrojar en él nada que no fuese puro, llegando a tal punto la creencia que nadie osaba mirarlo atentamente. En fin para más imponer, los sacerdotes conservaban secretamente este fuego y hacían creer al pueblo que era inalterable, y se alimentaba de sí mismo. Se ha creído que este culto tenía por único objeto representar al Ser Supremo. Sea lo que se fuere, el culto pasó a Grecia. Ardía un fuego sagrado en los templos de Apolo en Atenas y en Delfos, en el de Deméter en Mantinea, en el de Atenea, en el de Zeus Ammón, y en las pritanías de todas las ciudades griegas, donde ardían continuamente las lámparas cuidando muy particularmente que no se apagasen. Los romanos, imitadores de los griegos hasta cierto punto, adoptaron este culto, y Numa fundó un colegio de vestales, cuyas funciones consistían en conservar el fuego sagrado (Ver, Vesta). Esta religión se desarrolló también entre los guebros o parsis. Se conocían varios métodos de encendido del fuego. Se podía frotar palos entre sí, o mejor, se utilizaba un taladro de laurel que horadaba madera de hiedra, hasta que la fricción generaba suficiente calor. La yesca se podía encender con una chispa producida con el choque de pedernal con otra piedra, o con los rayos del sol concentrados por medio de un trozo de vidrio o cristal o un espejo. Pero dado que todos estos métodos eran más o menos tediosos y poco fiables, la práctica más usual era mantener un fuego permanente en el hogar a partir del cual se podían encender con rapidez lámparas, etc.. Ver, Prometeo, Vulcano, Elementos.

