Cicerón

Marco Tulio (Marcus Tullius Cicero) (106-43 a.C.). El más grande orador y escritor de Roma. Nació en Arpinum o Arpino, en Italia central, el 3 de enero del 106, y murió en Gaeta. Su padre, un rico caballero, tuvo la previsión de darle a él y a su hermano pequeño, Cicerón, Quinto Tulio, una buena educación en Roma, donde se habían reunido con sus primos Q. y L. Cicerón. Los cuatro jóvenes estudiaron retórica y filosofía juntos, y aquí Cicerón hizo amistad con Tito Pomponio, que más tarde se llamaría Ático. Cicerón vistió la toga viril en el 91 a.C. y sirvió como tribuno militar al año siguiente bajo el mando del padre de Pompeyo, Pompeyo Estrabón. Al año siguiente estudió derecho, atendiendo a las consultas tanto del Viejo como del Joven Escévola, Q. Mucio. En esta materia fue tal su aprovechamiento que a los dieciséis años escribió una obra de derecho civil. A través de Mucio Scévola, entró en contacto con el círculo escipiónico que atraía a los más destacados políticos e intelectuales de la época, donde Cicerón pronto sobresalió por sus dotes oratorias, que puso al servicio de una sólida formación jurídica. Debió su rápida carrera a su talento de abogado, a su habilidad política y también al hecho de que encarnó la ascensión de la clase media: caballeros, hombres de negocios, provinciales, itálicos de los municipios. En el 81, Cicerón defendió a P. Quintio en un discurso que se ha conservado. Estudió también filosofia con Filón, el filósofo procedente de Larisa. Al año siguiente defendió con éxito a Roscio Amerino, Sexto del cargo de parricidio y se hizo un nombre tanto por su elocuencia como por su coraje al atacar a un protegido de Sila, a quien el dictador se vio obligado a repudiar (Ver, Crisógono). Por temor a Sila, Cicerón consideró inteligente abandonar Italia por un tiempo, y del 79 al 77 estuvo en Grecia profundizando en su educación. Pasó seis meses en Atenas, donde renovó su amistad con Ático, y los dos, junto con su hermano y sus primos, siguieron un curso de filosofía. Cicerón fue además a Rodas, donde siguió las clases impartidas por Apolonio Molón y Posidonio, y a Esmirna, donde se encontró con Rufo, Publio Rutilio. Su viaje por el extranjero mejoró su salud. En el 77, Cicerón volvió a Roma, donde se casó y comenzó la carrera senatorial. Fue nombrado cuestor en Sicilia (75) y obtuvo a su vuelta a Roma (70), que se hiciese justicia a sus antiguos administrados, a quienes había robado indignamente su antecesor el pretor Verres (las célebres "Verrinas", acusación contra Verres por extorsión a los sicilianos durante su mandato en esta provincia en 73-71, en la que el propio Cicerón había sido cuestor en el 75). Se debió tanto a la brillante estrategia de Cicerón como a su poder oratorio el que Verres renunciara a su defensa y huyera. Esto equivalió a una victoria sobre el que era entonces el mejor abogado del momento, Hortensio Hortalo, Quinto. Cicerón fue edil curul en el 69 y pretor en el 66, todo un éxito para un "hombre nuevo" que, como él, ascendía por la escalera de los cargos públicos a la mayor velocidad posible. Como pretor, Cicerón pronunció su primer discurso político importante, A favor de la ley Manilia (o Sobre el mando de Pompeyo), para que se concediera a Pompeyo el mando del ejército en la guerra contra Mitrídates VI. Durante esta etapa de su carrera política, Cicerón estuvo asociado con el partido de los populares y tomó partido claramente por Pompeyo. Con la inestimable ayuda de Ático, Cicerón fue elegido cónsul en el 63 junto con Antonio Gayo, el Híbrida, en detrimento de Catilina, que fue derrotado en las elecciones cuando los optimates, el partido de los tradicionales y de los aristócratas, lo abandonaron por Cicerón. Desde ese momento, Cicerón trasladó su lealtad a este partido. Antes del final de su año de mandato, Cicerón tuvo la misión de hacer frente a la conspiración de Catilina, y trabajó bien reuniendo suficientes pruebas contra él como para convencer al Senado de la gravedad de la situación. Catilina intentó asesinarlo en su propia casa en la mañana del 7 de noviembre, pero la previsión de Cicerón hizo fracasar el intento. Su colega Antonio era sospechoso de haber apoyado en secreto a Catilina, pero Cicerón, con la ayuda de Catón de Utica, convenció a los senadores y se aprobó el senatus consultum ultimum que le autorizaba a tomar cualquier medida para superar la crisis. Catilina huyó junto al ejército que había organizado en Etruria, donde fue poco después derrotado y asesinado. En Roma, Cicerón arrestó a aquellos de los que tenían pruebas de su participación en la conspiración con Catilina, cinco en total incluyendo al pretor Léntulo Sura, Publio Cornelio, y ordenó que fueran estrangulados en prisión el 5 de diciembre. Esta acción era estrictamente ilegal aunque fuera apoyada por el Senado y por todas las clases. Cicerón fue aclamado Pater Patriae (padre de la patria), pero se volvió vulnerable a los ataques de sus enemigos. Él mismo empeoró su situación al publicar su hazaña y vanagloriarse de ella en los años siguientes. Escribió también un poema, Sobre su consulado, en el que se jactaba de sus éxitos. En el 60 publicó los discursos que había pronunciado durante la crisis; escribió cartas, incluida una a Pompeyo, y habló constantemente de su gran éxito en sus siguientes discursos. Pero en mayo del 61 se ganó el odio eterno de Clodio Pulcher, Publio al acusarlo de incesto durante su juicio por sacrilegio contra la Bona Dea. Con la ayuda de César, Clodio se convirtió en plebeyo para poder ser elegido para el tribunado. Éste, como tribuno de la plebe en el 58, promulgó de nuevo la ley que condenaba al exilio a todo aquel que hubiera ejecutado a un ciudadano romano sin juicio previo. Cicerón comprendió que esta promulgación iba contra él, y se anticipó a los problemas huyendo a Macedonia en marzo del 58. Pompeyo le falló a Cicerón en esta ocasión. Clodio aprobó entonces otra ley de dudosa legalidad que declaraba a Cicerón culpable y desterrado. Durante su exilio, Cicerón fue ayudado económicamente por Ático, que había heredado la fortuna de Cecilio en septiembre. Parece que a principios del 57 pasó un tiempo con Ático en el Epiro, antes de su vuelta a Italia en agosto. Cicerón tenía ahora un aliado tan violento como Clodio, Milón, Tito Annio, antiguo seguidor de Pompeyo, que como tribuno aprobó una ley para llamar a Cicerón de vuelta. Pompeyo veía ahora con agrado la propuesta. Cicerón entró en Roma el 4 de septiembre del 57 siendo aclamado públicamente. Tuvo que hacer frente a la tarea de obtener una compensación por el daño cometido a sus propiedades durante su ausencia: su casa en el Palatino había sido destruida y Clodio había levantado un "templo a la libertad" sobre sus ruinas; su casa de Tusculum también había quedado en mal estado. El objetivo de Cicerón tras su regreso fue apartar a Pompeyo de su alianza con César y Craso, conocida como el primer triunvirato. César, que estaba de campaña en la Galia, utilizó a Clodio Pulcher para oponerse a las tácticas de Cicerón. Durante un tiempo, el triunvirato parecía condenado, pero en abril del 56 se renovó el pacto por cinco años más, en Luca, y se le dijo a Cicerón que se conformara. Este se retractó públicamente en su discurso Sobre las provincias consulares, en el que alababa a César cálidamente como si ambos fueran socios políticos cercanos. Cicerón se retiró entonces de la política, expresando en privado, en cartas dirigidas a Ático y a otros amigos íntimos, el dolor que sentía al someterse al nuevo orden. Fue obligado a aceptar la defensa de casos molestos a requerimiento de Pompeyo y César, como sus defensas de Vatinio y de Gabino, pero en el 53 César y Pompeyo se separaron rápidamente, y a principios del 52, Milón asesinó a Clodio en una reyerta cerca de Bovillae. Cicerón fue encargado de la defensa de Milón por el cargo de asesinato, pero Pompeyo, que había sido nombrado cónsul único para restablecer el orden, llenó el tribunal de soldados e intimidó a Cicerón para silenciarlo. Milón se marchó al exilio en Marsella y, tras recibir la copia del discurso que Cicerón había intentado pronunciar, expresó su agradecimiento porque el silencio de Cicerón le permitía disfrutar del buen pescado de esta ciudad. Cicerón estuvo ausente de Roma durante el período tormentoso que condujo a la invasión de Italia por César y a la guerra civil. Como consecuencia de la ley de Pompeyo sobre las provincias del 52, fue nombrado gobernador de Cilicia, en el Asia Menor, del verano del 51 al verano del 50. El nombramiento no fue bien recibido por Cicerón, que ya había tenido suficientes viajes por el extranjero durante su exilio, pero no tenía más opción que ir y desempeñó sus obligaciones con justicia y cierto éxito, cuando sus soldados acabaron con algunos bandidos en la batalla del monte Amano, obteniendo así el agradecimiento público de Roma. Volvió sin prisas, deteniéndose por el camino en Atenas, y llegó a las cercanías de Roma el 4 de enero del 49, con la esperanza de que se le concediera un triunfo, pero la invasión de César era inminente y fue enviado por los cónsules a gobernar Capua y a proteger la costa de Campania. El 28 de marzo, Cicerón se encontró con César en Formiae, y este le ofreció que se reincorporara al Senado, pero las condiciones le parecieron inaceptables. Cicerón sentía que Pompeyo, con todos sus defectos, era un amigo, mientras que César era un aristócrata con quien no podía sentir una afinidad real. Tras un largo examen de conciencia y numerosas consultas a Ático, Cicerón abandonó Italia con dirección a Grecia en junio del 49. Pero a su llegada al campamento de Pompeyo encontró muy poco que admirar y mucho que condenar. No tomó parte en la batalla de Farsalia, pero volvió a Italia en octubre del 48 con el perdón de César. Cicerón tuvo que esperar sufriendo en Brindisi, hasta que los dos hombres se reunieron allí en septiembre del 47. César trató entonces a Cicerón respetuosamente y le permitió volver a Roma. Cicerón no participó más en la vida pública y se dedicó a escribir, concentrándose en sus obras retóricas y filosóficas. Se divorció de Terencia, su esposa durante treinta años, en el invierno del 47-46. Terencia lo había apoyado en las crisis, animándolo a adoptar acciones decisivas, pero Cicerón se había cansado de ella y la acusó de estafarle sistemáticamente. Poco después se casó con una joven rica, su pupila Publilia, que se divorció de él casi inmediatamente. En el 46 pronunció un discurso en el Senado alabando el perdón de César a Marcelo, Marco. En febrero del 45 murió su hija Tulia, la esposa de Dolabela, lo que le afligió profundamente. Cicerón publicó un panfleto en alabanza de Catón, enemigo de César, al que este respondió con una refutación. Cicerón defendió a su amigo el rey Deyótaro de Galacia de la acusación de su nieto de haber intentado asesinar a César. Cicerón no tuvo conocimiento previo del complot contra César en marzo del 44, pero se alegró cuando se enteró de su éxito. Esperaba que, con el dictador muerto, la vida política que él había conocido volvería a Roma. Cicerón, como ex cónsul de mayor edad, se puso a la cabeza del movimiento republicano, y pronto empezó a hablar vehementemente contra Antonio, Marco. Gracias a sus Filípicas (una serie de discursos llamados así a imitación de los ataques dirigidos por Demóstenes contra Filipo II), compuestas entre septiembre del 44 y abril del 43, aseguró el decreto del Senado que declaraba a Antonio enemigo público. Durante el verano del 44 había intentado manipular al heredero de César, Octavio, para sus propios fines, pasando por alto el hecho de que Octavio era implacablemente hostil a los asesinos de César. En el 43, tras la derrota de Antonio cerca de Mutina, Octavio marchó sobre Roma y tomó el poder. El triunvirato de Antonio, Octavio y Lépido se creó en noviembre del 43, y Cicerón, ante la insistencia de Antonio, fue incluido entre los proscritos. Octavio no hizo nada por salvarlo. Cicerón fue capturado por los hombres de Antonio cerca de su villa de Formiae, donde le sorprendió el centurión Herennio. Aunque sus criados le sacaron en su litera, antes de llegar al mar mandó parar y presentó su cuello al centurión, que según las órdenes que tenía le cortó la cabeza y las manos, las cuales fueron clavadas en la tribuna de los oradores del Foro romano por disposición de Antonio (7 de diciembre del 43 a.C.). Dejó un hijo, Cicerón, Marco. Cicerón nunca pudo figurar entre los hombres más poderosos o influyentes de su época ya que era un "hombre nuevo" sin una reputación militar y carecía del ejército de clientes que hombres como Pompeyo o César podían dirigir. Por otra parte, fracasó por no saber qué partido escoger: los "populares", que intentaban trabajar por la reforma a través de la Asamblea del pueblo, o los optimates o aristócratas tradicionales, que pensaban con razón que Cicerón no era uno de los suyos. Confió en gran manera en los consejos de Ático y de Catón, los dos hombres a los que más admiró y respetó. Otro socio fiel fue su esclavo y más tarde liberto Tirón, a quien trató bien y liberó en el 53 y al que dirigió veintiuna cartas que se conservan. Su carácter fue vanidoso, auto-complaciente y desconfiado, pero, pese a todo, genuinamente devoto de las instituciones republicanas, como Augusto observó más tarde, Cicerón fue un buen hombre que amó a su patria. Aprovechó su condición de "defensor" (pro...) o "fiscal" (contra Verres, contra Catilina...), según los casos, para dar a conocer su idea del Estado y sus posibles alternativas. Así, en el pro Cluentio expone su famosa teoría de la Concordia Ordinum como solución a los desórdenes y arbitrariedades que provoca la lucha política por el control del poder. En el pro Cornelio establece las diferencias entre los populares y los optimi, estos últimos siempre una minoría (pauci). De este modo Cicerón, en vez de proponer un nuevo "modelo" de gobierno, se reclamaba defensor de un estado aristocrático "ideal", basado quizá en la "res publica" aristocrática ya inexistente. Esta posición ideológica se corresponde con las medidas políticas puestas en práctica durante su consulado del año 63. Cicerón es recordado sobre todo por el enorme legado literario que dejó al mundo. Había estudiado en Atenas, Alejandría y Rodas. Su formación filosófica fue ecléctica y ésta fue también su intención al escribir: armonizar las doctrinas de los mayores filósofos antiguos y de las principales escuelas (académica, peripatética y estoica) en una síntesis que insistía en los problemas morales. A la única escuela a la que opuso sus duras críticas fue el epicureísmo, por considerar que su mecanicismo eliminaba la libertad humana y porque su ética le parecía demasiado lejana de la moral tradicional romana. Las obras de Cicerón, aunque carentes de originalidad, tienen un doble mérito: haber difundido la filosofía griega en la cultura romana (transmitiendo innumerables datos muy útiles para la historia), y haber transcrito en lengua latina los conceptos del pensamiento griego, dando así origen a una tradición terminológica que ha llegado a nuestros días. Sus obras, la mayoría de ellas conservadas, pertenecen a los siguientes géneros literarios: discursos, cartas, tratados sobre retórica y obras filosóficas. Escribió ochenta y cinco discursos que han llegado hasta nosotros más o menos intactos; otros cuarenta y ocho son conocidos aunque se hayan perdido. La mayoría son discursos en defensa de un cliente, como sus alegatos a favor de Murena, Milón, Celio Rufo, Sestio, Plancio y otros. Unos pocos fueron discursos de acusación, de los que los más famosos fueron aquellos contra Verres. Escribió también significativos discursos políticos, como sus invectivas contra Catilina (Las catilinarias) y las destructivas Filípicas contra Antonio. Sus cartas, de las que conservamos más de 800, fueron escritas en toda clase de situaciones, y abarcan desde la cuidadosa y política, hasta la nota imprudente escrita a toda prisa para un amigo. Son sobre todo fascinantes por ser revelaciones genuinas de la mentalidad de un hombre que estuvo en el centro de los hechos de un período revolucionario de la historia. La mayoría eran de carácter privado y sincero, no pensadas para ser publicadas. Abarcan un período de veintiséis años y se publicaron tras su muerte en cuatro grupos: los dieciséis libros de Cartas a Ático se publicaron probablemente durante el reinado de Nerón, fueron conocidas por Nepote, Cornelio que escribió una Vida de Ático. Los dieciséis libros de Cartas a los amigos (Epistolae ad familiares) fueron publicados por Tirón en el período augústeo. Hay veintisiete Cartas a su hermano Quinto y una colección de veinticinco cartas de su correspondencia con Bruto en el 43 a.C.. Los siete tratados retóricos de Cicerón incluyen un trabajo de juventud, De la invención oratoria, y un grupo escrito tras la creación del primer triunvirato: Sobre el orador, Bruto, El orador, De los oradores perfectos, De las partes del discurso y Tópicos. En estos tratados, Cicerón tenía mucho que decir sobre el aprendizaje y el arte de la oratoria, y ofrece una amplia crítica de los exponentes de este arte, tanto del pasado como contemporáneos a él. Sus obras filosóficas se pueden dividir en dos partes: la primera es filosofia política, escrita a mediados de los 50, e incluye Sobre la república y Sobre las leyes, ambas escritas en forma de diálogo y muy bien conservadas; la primera contiene El sueño de Escipión, y la segunda es una exposición de la doctrina estoica. La segunda parte, una serie de trabajos escritos en un breve período de tiempo entre febrero del 45 y noviembre del 44, muestran una aproximación más teológica y ética. Aquí podemos observar su gran habilidad de estilo, especialmente en Las Tusculanas. Pero como él mismo admitió en la introducción a sus Deberes (De officiis), no estaba suficientemente cualificado como filósofo. Ésta es quizá la obra más original, y en ella se esfuerza en demostrar que lo útil no está nunca en contradicción con lo honesto, es decir, con la virtud y con el deber. Cicerón creía así conciliar las elaboraciones conceptuales de los filósofos griegos con la sabiduría práctica romana. Una de sus principales motivaciones en esa época para su actividad filosófica fue la pena por la muerte de su hija (sobre lo cual escribió una Consolación, perdida, dirigida a sí mismo). Los Deberes, un tratado sobre moral influido por los estoicos y basado en un trabajo de Panecio, fue escrito para su hijo Marco, mientras este estudiaba en Atenas. La obra titulada De la Gloria, un encomio de Catón, se perdió. Escribió también Sobre la vejez y Lelio o Sobre la amistad, ambos conservados. Su libro De los verdaderos bienes y verdaderos males (De finibus honorum et malorum) es una búsqueda del supremo bien. Sus especulaciones teológicas se encuentran contenidas en su De la naturaleza de los dioses, que sigue al estoicismo, y en De la adivinación, donde abandona el estoicismo en favor de un paganismo más básico. En Del destino, Cicerón admite, en contra del estoicismo, la posibilidad del libre albedrío. Sus estudios de la filosofía académica con Filón le condujeron a un cierto escepticismo y animaron su eclecticismo: bajo esta influencia escribió Los académicos, originariamente dos libros titulados Cátulo y Lúculo. También se conserva su traducción de parte de los Fenómenos de Arato, que leyó Lucrecio. Ver, Catilina, Clodio Pulcher.
 
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