Cimerios
o Cimmerios o Gimirrai, en los textos persas. Pueblo de la Península de Crimea, asentado en la orilla oriental del mar de Azof, en la laguna Meótide. País lóbrego y triste con motivo de sus continuas y densas nieblas. Las referencias más antiguas sobre su existencia las ofrece Homero, que indica que habitaban en una comarca de oscuridad y tinieblas en los confines del mundo habitado. (Odisea Xl, 12-19). Menciona a los Cimmerios como habitantes de las orillas del golfo que vinculaba el Ponto Euxino con la Meótide, y que se llamaba Bósforo Cimmerio. Esta gente, según el autor del poema, era salvaje y brutal, apropiada del todo a su ambiente, entrada auténtica en el infierno. En efecto, la navegación por las rutas septentrionales que partían como en abanico desde el Bóstoro, eran muy peligrosas para la gente de poca experiencia marina: a menudo soplaban fuertes vientos nororientales (ya señalados por Homero como una de las características del país Hiperboráico); durante unos cinco meses al año el Bósforo Cimmerio y la Meótide estaban helados, las corrientes marítimas eran muy inestables y pérfidas a causa de un bajío enorme, los indígenas no estaban predispuestos a cualquier tipo de intercambio con ninguna gente desconocida, las mujeres de aquella zona formaban parte de la tribu de amazonas, crueles y a la vez caprichosas...etc.. Vuelve a hacer referencia de ellos Heródoto, en su crónica sobre Escitia. Los autores no están de acuerdo acerca de su situación geográfica; tan pronto los colocan en el extremo occidente, como en las llanuras que se extienden al norte del mar Negro. Entonces se les considera, ora como los antepasados de los celtas, ora como los de los escitas de Rusia meridional. A veces se les sitúa incluso, lo cual es sorprendente, en los alrededores de Cumas, Italia, sin duda porque se creía que existía allí una puerta de los Infiernos y que los cimerios pasaban por ser vecinos del país de los muertos. Cuéntase también que vivían en moradas subterráneas unidas entre sí por galerias, y que sólo de noche salían de su ciudad. Es posible que en la gestación de esta leyenda haya intervenido el confuso recuerdo de los pueblos de mineros que, en la Europa central (Bohemia) o en la occidental (Reino Unido), suministraban estaño y cobre para la obtención del bronce a los mercaderes llegados en caravanas del borde del Mediterráneo desde tiempos remotísimos, cuando las rutas comerciales estaban rodeadas de misterio. Los estudios realizados en la arqueología moderna, les asocia a la denominada Cultura de las Catacumbas, que surgió en las cercanías del mar de Azof, cuyas gentes fueron expulsadas por el pueblo de la cultura Srubna, en el movimiento migratorio que realizó siguiendo el curso del río Volga. Ante la presión del pueblo escita llegaron a expandirse por Asia Menor a finales del siglo VIII a.C., pero la invasión fue detenida por los asirios, siendo vencidos por Asurbanipal. Inmediatamente después entraron los escitas. Se dirigieron entonces desde el norte del mar Negro, por el Cáucaso occidental, hacia Asia Menor, destruyendo el reino de Frigia hacia el 669 a.C. y devastando Lidia. En el 652 a.C., tomaron su capital, Sardes. Luego atacaron las ciudades jonias pero fueron expulsados por Alyates. Ver, Gomer.
)o( MITOLOGÍA.- A este país acude Ulises a evocar a los muertos e interrogar al adivino Tiresias. Homero, según Plutarco, tomó de la zona la idea del Infiemo y de Plutón. Los poetas colocaban en este lugar el palacio del Sueño, y la cueva por donde se podía bajar a las sombrías orillas.

