Cipote
Aumentativo de cipo, y éste del latín cippus, "mojón, poste de piedra". El origen etimológico de la voz cipote es harto curioso, y su conocimiento habrá de resultar provechoso para que muden de parecer quienes consideran que las palabras malsonantes (los archiconocidos "tacos" o "palabrotas") no tienen tan ilustre abolengo como el resto de los términos de un idioma. Los romanos delimitaban sus propiedades exteriores (una fuente, un jardín, una huerta...) cercándolas con figurillas de Príapo, que era el dios protector de estos espacios abiertos particulares. Príapo era también, como demuestran todos los testimonios escultóricos y pictóricos que de él nos han llegado, el paradigma de la potencia sexual masculina y siempre aparecía representado con su voluminoso falo en permanente estado de erección. Por un curioso proceso de metonimia icónico-figurativa, la parte más significativa de estas esculturas (id est, su miembro viril) fue desplazando al resto de los atributos humanos con que se representaba el dios Príapo, de manera tal que, con el paso del tiempo, los espacios abiertos privados aparecían cercados por falos que los delimitaban a guisa de hitos o mojones. Estas pilastras, generalmente pétreas, recibían en latín el nombre de cippus, que pasó al castellano como cipo y dio lugar a su aumentativo cipote. Actualmente, se puede apreciar alrededor de muchos monumentos al aire libre una serie de columnillas de piedra que, unidas entre sí por cadenas o cordones, no son más que clásicas reminiscencias de la enhiesta prepotencia del dios Príapo.

