Shepseskaf
(siglo XXV a.C.). Faraón (ca.2.475-2.471) del Imperio Antiguo y de la Dinastía IV (2.613-2.494). Se desconoce los lazos familiares que le unían a su antecesor, Micerino. Aunque Shepseskaf no se halla recogido en el Papiro real de Turín, el análisis de este documento permite argumentar que habría sucedido a Micerino. Su reinado hubo de ser corto, unos cuatro años (Manetón le otorga siete y le llama Sebercheres), que empleó en terminar algunas de las construcciones de su predecesor en el trono, entre ellas el complejo de su pirámide que le dedicó mediante un decreto. Lo más notable del enigmático reinado de este rey, fue el repentino abandono de los símbolos funerarios solares, y especialmente de la pirámide, rompiendo la tradición de sus predecesores. Efectivamente, este faraón hizo construirse como tumba, una enorme mastaba en forma de sarcófago, la Mastabat-Faraun de los árabes, en el sector sur de la necrópolis de Saqqara, rompiendo también con ello la tradición de anteriores faraones de las Dinastías III y IV, que se habían ido alejando progresivamente de Saqqara. Tal cambio, no parece haber ninguna duda que ha de obedecer a una radical modificación de unas concepciones religiosas tan importantes como son las funerarias y más aún tratándose del propio faraón. De hecho, las escasas referencias contemporáneas, así como las listas reales posteriores, han permitido avanzar la verosímil hipótesis de que la Dinastía IV se habría extinguido en medio de una crisis religiosa que enmascara un conflicto dinástico. Siempre de acuerdo con esta hipótesis formulada por Pirenne, puede aventurarse que Shepseskaf rompió con el clero de Heliópolis y con sus concepciones solares, para adoptar las concepciones teológicas del clero menfita de Ptah, particularmente innovadoras en ese momento. Fuese lo que fuese lo sucedido, el abandono de los símbolos del ritual funerario solar, debió ser considerado como una ofensa por parte del clero heliopolitano y que no debió contar con la aprobación de la mayor parte de los miembros de la familia real y de los altos cargos de la administración central. A tenor de los acontecimientos ulteriores, y a pesar de que se ignora cualquier circunstancia del desenlace, lo evidente es que el reinado debió concluir en desastre. La hipótesis formulada permite, como mínimo, explicar algunos hechos que en caso contrario permenecerían inexplicables; así, Shepseskaf no tomó un nombre de Re, al contrario de sus predecesores; abandonó el enterramiento en pirámide, de simbolismo solar y su memoria y su culto funerario fueron olvidados después de su muerte. Shepseskaf es uno de los faraones malditos de la larga historia egipcia, cuyo recuerdo fue olvidado por los monumentos oficiales. Alrededor de la mastaba no se encuentra la tumba de ningún cortesano, pero sí en cambio numerosos vasitos de ofrendas, testimonio de un asiduo culto popular. Es como si la memoria de este faraón maldito, olvidada por sacerdotes y cortesanos, hubiese sido en cambio mantenida viva por el pueblo llano. Se desconoce su actuación política y los acontecimientos sucedidos durante su reinado, si bien se presumen rencillas religiosas. Promulgó un decreto de exención de tasas, relacionadas con las propiedades funerarias y continuó la presencia egipcia en Nubia (sellos de barro con su nombre). Se casó con Khentkaus, hija probablemente de Hordjedef (aunque el parentesco es muy discutido), si bien algunos autores piensan que lo hizo con Bunefer, hija de Micerino. Shepseskaf aparece citado en la Lista de Abidos, así como en la Piedra de Palermo, aunque los hechos aquí narrados son de nulo interés histórico (fiestas religiosas, erección de estatuas, altura del Nilo). La cabeza de una de sus esculturas, en alabastro, se halla en el Museo de Boston. La Dinastía IV desapareció en medio de la mayor obscuridad, ignorándose incluso si Shepseskaf fue o no su último representante, puesto que tal vez fue sucedido efímeramente por Dedefptah, personaje que no tiene consistencia histórica, aunque otros afirman que los desórdenes por el trono finalizaron con la coronación de la reina Khentkaus, como única soberana. El primer representante de la Dinastía V, Userkaf o Usérqueres, debió el trono precisamente al apoyo del clero de Heliópolis.

