Mitrídates VI
Eupator Dionisio, también conocido como el Grande (Mithridátes Eupator Dyonisus) (ss. II-I a.C.). Rey del Ponto. Su primera tarea fue la de obtener el trono a pesar de las intrigas de su madre. Mitrídates tenía doce años en el momento del asesinato de su padre Mitrídates V. Tras huir de la corte, permaneció escondido algunos años hasta que reunió un ejército y capturó Sínope, la capital de su madre, matando a ésta y a su hermano, y casándose con su hermana Laódice. Desde que accedió al trono del Ponto, continuó con la política de expansión iniciada por su padre. Su política exterior estuvo encaminada a engrandecer su reino hacia el mar Negro, al norte, y hacia Anatolia, al oeste. Las anexiones en el norte del mar Negro (península de Crimea y estrecho de Kertsch) aumentaron extraordinariamente los recursos del Ponto, pero la dirección fundamental de la política exterior póntica apuntaba hacia occidente. La fragmentación política de Anatolia prometía una acción provechosa. Sólo el reino de Bitinia, gobernado por Nicomedes III, parecía una fuerza apreciable, si hacemos excepción de la provincia romana de Asia. Tras un corto entendimiento entre Mitrídates y Nicomedes para anexionar Paflagonia y Galacia, regiones del interior de Anatolia, la entente se rompió a propósito de Capadocia. Aunque había sido advertido por Gayo Mario en el 99 de que corría el riesgo de enfrentarse a Roma, Mitrídates, todavía irritado por la intervención de Sila en Capadocia en el 95 cuando este instaló a Ariobarnaces en el trono, se aprovechó de la debilidad de Roma durante las guerras sociales en Italia (91-87) y se apoderó de Capadocia, donde Mitrídates expulsó al protegido de Roma, Ariobarzanes. y entronizó a uno de sus hijos. Más aún, tras la muerte de Nicomedes III de Bitinia, Mitrídates orilló al heredero legítimo, Nicomedes IV, y puso en el trono de Bitinia a su candidato. En el año 89, Roma, tras remontar el peligro itálico, pudo centrar su atención en Oriente. Una comisión senatorial, presidida por Manio Aquilio, repuso en los tronos de Capadocia y Bitinia, respectivamente, a Ariobarzanes y Nicomedes IV y, además, exigió a Mitrídates una indemnización. La negativa del rey a satisfacerla impulsó a Aquilio, con precipitación y poco tacto diplomático, a exigir de los reyes de Capadocia y Bitinia que invadieran el Ponto. Sólo Nicomedes respondió a la convocatoria y dio pie a Mitrídates para invadir Capadocia en el invierno del 89/88, lo que significaba la guerra con Roma. La provincia de Asia era el territorio natural donde debían desarrollarse las operaciones, en las que Mitrídates no sólo invirtió sus tropas, sino una activa propaganda, que la lamentable gestión romana le había puesto en bandeja, a causa de los abusos de los recaudadores de impuestos romanos. Presentándose como libertador, el rey del Ponto se hizo dueño de la provincia e instaló su cuartel general en Éfeso. Dueño de Asia Menor, el siguiente objetivo era la ocupación de las islas del Egeo, como paso previo a la Grecia continental: la atracción de los griegos era de suma importancia para el rey, para contar con los recursos materiales e ideológicos que le permitieran crear un fuerte imperio oriental. El odio acumulado por los griegos durante los años de dominación romana salió a la luz en las "Vísperas Minorasiáticas", también llamadas "Vísperas de Éfeso", del año 88, en las que, de creer a las fuentes, ochenta mil itálicos fueron asesinados. Se inició así la Primera Guerra Mitridática. La cabeza de puente en la Grecia continental se la ofreció a Mitrídates Atenas, cuya población fue levantada contra Roma por un demagogo. Aristión, que se hizo dueño de la ciudad. Así, desde Atenas, las fuerzas del Ponto extendieron su influencia a una parte de Grecia. Poco a poco, Grecia entera (a excepción de Magnesia del Sípilo, Estratonicea y la isla de Rodas, a la que Mitrídates intentó doblegar mediante un duro asedio) fue poniéndose al lado de este rey del Ponto como medio para escapar del dominio romano. En estas circunstancias, Sila desembarcó en el Epiro en el 87 con cinco legiones y dedidió atacar directamente Atenas, que logró ocupar en el 86. Los planes de Mitrídates se torcieron enseguida al vencer Sila a su general Arquelao, en una campaña muy dura, en Queronea y Orcómenos de Beocia (86). Aquella derrota hizo que muchos abandonaran el bando del rey del Ponto. Sila se trasladó a Asia, donde Mitrídates había perdido su popularidad y provocado hostilidad, al iniciar una política de terror y represión por Asia Menor. Al mismo tiempo, se ganó la enemistad de las clases poderosas tras dictar unas medidas de corte revolucionario como la liberación de numerosos esclavos y la cancelación de las deudas. El Senado romano, a instancias de Cinna, decidió el envío de tropas, al mando del cónsul Valerio Flaco, con el encargo oficial de combatir a Mitrídates, pero también con el difícil cometido de intentar atraerse a las fuerzas de Sila e impedirle que se benefiara en exclusiva de la hipotética victoria. Se produjo el efecto contrario: las tropas de Valerio empezaron a pasarse a Sila, por lo que el cónsul decidió abandonar Grecia, e iniciar operaciones contra Mitrídates en el Bósforo y Asia Menor. Un motín de las tropas acabó con su vida y el mando pasó a su lugarteniente, Flavio Fimbria. En una afortunada campaña contra las fuerzas de Mitrídates en Asia Menor, Fimbria logró apoderarse de Pérgamo. Desde allí ofreció su colaboración a Sila, que ignoró la oferta, decidido a conseguir una victoria en solitario. Y así, mientras Fimbria, decepcionado, seguía combatiendo con éxito a Mitrídates, Sila aprovechó astutamente los triunfos ajenos para forzar al rey a una capitulación. El encuentro entre Sila y Mitrídates tuvo lugar, en la primavera del 85, en Dárdanos: el vencido rey aceptó retirarse de todos los territorios ocupados, devolver los prisioneros, entregar 70 barcos de guerra y pagar una indemnización de 2.000 talentos. No le fue difícil a Sila convencer a los soldados de Fimbria de que desertaran y se pasaran a sus filas. Fimbria, abandonado, hubo de suicidarse. En cuanto a la reorganización de Asia, los dictados de Sila, enérgicos y duros, hicieron de la provincia la verdadera perdedora del conflicto. Librada a la rapiña de los soldados y cargada con pesados impuestos y contribuciones, ofreció a Sila los recursos necesarios para garantizarse la fidelidad de un ejército enfervorizado, con el que, a comienzos del 85, se dispuso a invadir Italia. Sin embargo, la lucha continuó de manera soterrada, pues fue necesario combatir a los piratas, aliados de Mitrídates. Pronto surgieron las fricciones entre Mitrídates y Roma, sobre todo, a propósito de Capadocia, con lo que se desató la Segunda Guerra Mitridática en el 82 a.C. El oponente de Mitrídates fue Lucio Licinio Murena, sucesor de Sila en Asia, quien logró restituir la paz con grandes dificultades; así pues, el Ponto se convirtió en un punto de atracción para todos aquellos con veleidades antirromanas. Esa situación y el creciente descontento de las provincias griegas contra la dureza fiscal que soportaban dio alas a Mitrídates para continuar con su política de anexiones. Así, cuando murió el rey Nicomedes IV de Bitinia (75), que había dejado su reino como herencia a los romanos, Mitrídates se apresuró a invadir Bitinia. Esta agresión provocó el inicio en el año 74 de la Tercera Guerra Mitridática (74-64). El soberano del Ponto ocupó Bitinia tras haber vencido a Cotta en Calcedón, pero fue incapaz de apoderarse de Cízico, y el comandante romano Lúculo, gobernador de Cilicia y Asia, le cortó los suministros. Tras una ardua lucha, Lúculo logró oponerse a su rival y reconquistó la región. Mitrídates fue expulsado del Ponto en el 72-71 y buscó refugio junto a su yerno Tigranes, soberano de Armenia. En el año 69, Lúculo inició una campaña contra ambos e invadió la nueva capital de Armenia, Tigranocerta. Sin embargo, su avance sufrió un grave revés cuando en el 68-67 sus soldados se negaron a seguirle, con lo que Mitrídates y su yerno Tigranes consiguieron hacer frente a la presión romana y recuperar parte de su territorio. Con todo, esas victorias no fueron suficientes para Mitrídates a causa del inteligente juego diplomático desarrollado por Pompeyo, que sustituyó a Lúculo en el 66, quien consiguió que su enemigo no pudiese recibir ningún tipo de ayuda externa. Se reinició de nuevo la lucha dirigida por Pompeyo, quien se negó a escuchar las pretensiones de diálogo de Mitrídates. Tras ser derrotado en Nicópolis, Mitrídates escapó hacia la Cólquide y luego hacia Crimea después de que su yerno Tigranes se hubiese negado a ayudarlo. Sus últimos intentos por reunir una nueva flota y un nuevo ejército fracasaron debido a una revuelta dirigida por su hijo Farnaces II. Obligado a morir por su propio hijo, la tradición cuenta que no pudo hacerlo mediante la ingesta de veneno, pues era inmune a ellos, y tuvo que recurrir a la espada de un soldado. Murió a la edad de 69 años. Mitrídates pretendió ser un nuevo Alejandro Magno y llegó a imitarlo incluso en el aspecto exterior. Sobre su figura, se puede decir que fue el rival más temible para los romanos en toda el Asia Menor, aunque para lograr la victoria le faltaron dotes como estratego y como soberano capaz de ganarse el aprecio y lealtad de sus súbditos. De él se puede decir que aunó al mismo tiempo las cualidades de un soberano helenístico (con su corte de poetas y literatos griegos) e iranio, reflejo fiel de sus orígenes y de los de su pueblo. Mitrídates fue célebre por su don de lenguas (hablaba 22).

