Archimago
Jefe de la religión antigua entre los persas. Su dignidad le obligaba conservar una pureza sin mancha, y el simple tacto de un laico, sobre todo si era de religión diferente, era capaz de mancillarle. Le estaba prohibido vivir en una piadosa ociosidad, debiendo trabajar y preparar con sus propias manos las cosas necesarias a su subsistencia y manutención. Si sus bienes excedían de lo necesario, tenía obligación de repartir el sobrante entre los pobres. Su vida debía pasarla en una oración continua y los malos debían hallar en él un censor celoso e intrépido. Estaba encargado también especialmente de mantener el fuego sagrado. Este pontífice soberano gozaba de un imperio absoluto sobre las conciencias de los guebros, cuya autoridad le venía de Sad-Der, uno de sus libros sagrados.

