Umbrios

o Umbros. Las emigraciones de las razas umbrias de la antigua Italia, parece que comenzaron más tarde que las de los latinos. Los umbrios caminaron hacia el sur de la península, lo mismo que los latinos, pero más al centro o a lo largo de la costa occidental. Heródoto menciona a los umbrios y dice que se extendían hasta los Alpes. No es probable, en efecto, que hayan ocupado en un principio toda la Italia septentrional, hasta donde llegaban por la parte del este las tribus ilirias y las ligurias por el oeste. En la época de su mayor grandeza, los umbrios debieron tener establecimientos en el valle del Po. Dejaron numerosas huellas en la Etruria meridional, donde se encuentran vestigios bastante marcados del paso de una raza itálica anterior a los etruscos. Estos no arrojaron de la región a los umbrios, sino mucho después de haber conquistado la parte situada al norte de la selva Ciminiana, y aún después de la derrota permanecieron entre los vencedores algunos pueblos de la raza vencida. Se asegura, en fin, que la conquista romana latinizó a los umbrios con una sorprendente rapidez, si se compara este resultado con la tenaz persistencia de la lengua y de las costumbres en la Etruria del norte. Los umbrios se dirigieron pues hacia el sur, aunque permanecieron en las cumbres del Apenino, al ser rechazados en el norte por un pueblo más fuerte, y al encontrar en el oeste que las llanuras del Lacio estaban ya ocupadas por pueblos de una raza que estaba emparentada con la suya. Los sabinos se quedaron definitivamente en la región inmediata al Lacio, a la cual dieron su nombre, y en el país de los volscos. La rama principal de la raza umbria se estableció en los Abruzos, al este de los sabinos, y en el país montañoso que le sigue hacia el mediodía. También ocuparon los umbrios las crestas de la cordillera, en una región cuyos habitantes diseminados les cedieron el puesto o se sometieron fácilmente a su yugo. No sucedió lo mismo en la costa de la Apulia, donde encontraron a los yapigas; ellos lucharon en la frontera del norte, alrededor de Luceria y de Arpi, y conservaron todo su territorio. Se ignora la época de estas emigraciones, pero debieron tener lugar probablemente en tiempo de los reyes romanos. Cuenta la leyenda que los sabinos, acosados por los umbrios, ofrecieron una primavera (versacrum), es decir, juraron expulsar de sus fronteras a todos los hijos e hijas nacidos en el año de la guerra en cuanto llegasen a la edad adulta, para que los dioses hiciesen con ellos lo que más les viniese a cuento, ya fuera dejándolos perecer o dándoles una nueva patria. Una de las bandas partió con el toro de Marte a la cabeza y dio origen a los safines o samnitas, que se establecieron en la montaña a orillas del Sagrus (Sangro). Desde allí conquistaron las fértiles campiñas situadas al este del monte Mateso y las fuentes del Tifernus (Biferno). En una y otra región denominaron bobanum al lugar de sus asambleas por el toro que les había servido de guía, cerca de Agnone en la primera, cerca de Boyano en la segunda. Otra banda siguió al Pico, ave de Marte, y fundó la nación de los picentinos, o el pueblo del Pico, quienes ocuparon lo que en la actualidad se llama el país de Ancona. Una tercera siguió al lobo (hirpus) y fundó la nación de los hirpinos en el país de Benevento. De estos procedieron los demás pueblos pequeños: los pretucianos, no lejos de Interamne; los vestinos, al pie del gran Sasso; los marrucinos, cerca de Chieti; los frentanos, a lo largo de la frontera de la Apulia; los pelignios, cerca del monte Magella, y por último, alrededor del lago Fucino, los marsos, que limitaban con los latinos y los volscos. En todos quedó vivo el sentimiento de un origen común y de un parentesco próximo, cuyo elocuente intérprete ha sido la leyenda. Mientras que los umbrios sucumbían en una lucha desigual, y sus ramas occidentales iban a mezclarse con las naciones latinas y helénicas, los pueblos sabélicos permanecieron encerrados en el oculto anfiteatro de las montañas y así evitaron por mucho tiempo los golpes de los etruscos, de los latinos y de los griegos. Continuaron habitando en campo raso; entre ellos no existían ciudades cercadas, o si acaso, eran muy pocas. Su posición geográfica los tenía alejados de todo movimiento comercial y bastaban para su defensa los picos de los montes y los reductos construidos en las alturas. Los campesinos residían en aldeas pequeñas o se establecían a su gusto donde fuera que encontrasen una fuente, un bosque o una pradera. Sus instituciones eran tan estables como ellos mismos y se parecían a las de los arcadios, ese pueblo griego colocado en análogas condiciones; así, no fundaron nunca una ciudad o Estado a través de la incorporación de unas comunidades en otras. A lo máximo a lo que se prestaron fue a la formación de pequeñas federaciones sin un lazo estrecho ni fuerte, sobre todo en los Abruzos. Las altas montañas que separaban los valles separaban también por completo su población, tan retraída de los otros pueblos como lo estaba del extranjero. No tenían, pues, relaciones mutuas de ningún género. Respecto del resto de la Italia estaban en un completo aislamiento, y a pesar de su indisputable bravura, ejercerá este pueblo menos influencia que ningún otro en el movimiento histórico de la península. Pero entre los umbrios de la región oriental, los samnitas son los más avanzados en la vida política, así como los latinos ocupan el primer rango entre los pueblos del oeste. Desde tiempo inmemorial, tal vez desde la época de su inmigración, viven bajo la ley de una organización política de igualdad relativamente poderosa, que los hará lo bastante fuertes como para disputar un día a Roma el primer puesto. No sabemos cuándo, cómo ni en qué forma se instituyó la liga samnita. Lo que hay de cierto es que, en el Samnium, ninguna ciudad dominaba sobre las demás: no había ciudad central o capital, a diferencia de lo que Roma había llegado a ser respecto de los latinos. El poder público reposaba directamente en las comunidades rurales, después en la asamblea general de sus delegados y esta nombraba en caso de necesidad a los generales que habían de ponerse al frente del ejército. La política de la liga no fue, por lo demás, agresiva en modo alguno, tal como podría suponerse; se contentaron con proveer a la defensa de sus fronteras. Solo un Estado unido y centralizado puede experimentar pasiones poderosas y proseguir la extensión metódica de su territorio. Véase también la historia de las dos naciones, latina y samnita, reflejada por completo en el sistema diametralmente opuesto de sus colonizaciones. Lo que los romanos ganan en la guerra es para el Estado; las tierras ocupadas por los samnitas, en cambio, son de bandas libres, salidas de su patria con objeto de hacer botín y a las que su patria abandona a su suerte próspera o adversa. Por lo demás, sus conquistas en las costas de los mares Tirreno y Jónico son de una época posterior. En tiempo de los reyes romanos se fijan en la región donde los encontraremos más tarde. Su emigración produjo un trastorno considerable en los pueblos itálicos. Uno de los contratiempos más notables fue el ataque dirigido contra Cimea por los tirrenos del mar Superior, los umbrios y los daunos en el año 230 de Roma (524 a.C.). Si es posible juzgar el hecho por los relatos de esos tiempos, embellecidos por la leyenda, parece ser que los vencedores y los vencidos estaban reunidos en un solo ejército, como sucede en casos semejantes: los etruscos dan la mano a sus enemigos los umbrios, los yapigas, rechazados hacia el sur por estos, se unen también a todos ellos. Con todo, la empresa fracasó: la ciencia militar de los griegos y la bravura del tirano Aristodemo consiguieron librar esta vez a la bella y elegante ciudad marítima del furor de aquellos bárbaros. Ver, Italianos, Senones, Umbría.
 
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