Hipólito
Según la leyenda recogida y dramatizada por Eurípides, Hipólito era hijo de Teseo, rey de Atenas, y de la amazona Melanipe, Antíope o Hipólita. Entre todas las divinidades, distinguía con su especial veneración a Ártemis, y, en cambio, despreciaba a Afrodita. Viviendo en Creta, donde Teseo reinaba, la diosa se vengó cruelmente de su desprecio suscitando en el corazón de Fedra, segunda esposa de Teseo, una viva pasión por el joven. Cuando Fedra le reveló su pasión, éste reaccionó con tal repugnancia y furia que la mujer temió ser denunciada, optando entonces por contar una historia inversa a Teseo fingiendo que Hipólito había intentado seducirla. Teseo fue presa de violenta cólera, y no queriendo matar con su propia mano a su hijo, recurrió a Posidón, quien le había prometido satisfacer tres deseos suyos. Cediendo a sus ruegos, el dios envió un monstruo marino que, saliendo de las olas cuando Hipólito conducía su carro a orillas del mar, en Trecén o Troezena, asustó a los caballos y causó la muerte del joven. En efecto, Hipólito fue arrebatado por el tiro, cayó del vehículo y, con sus pies enredados en las riendas, fue arrastrado por las rocas. Al saber el mal que había causado, Fedra se ahorcó. Corresponde a la serie de divinidades adonaicas, es decir, de los adolescentes que mueren sin llegar a tener relación carnal con las mujeres y por ello se transforman en propiciatorias de los cultos femeninos. Filológicamente, el nombre Hipólito implica el significado de Aniquilado por los Caballos. Según una tradición, fue resucitado por Asclepio y conducido por Ártemis a su templo de Aricia (Ver, Nemi). Tenía Hipólito un santuario famoso en su ancestral patria de Troezena, situada en la bellísima y casi cerrada bahía, donde los bosques de naranjos y limoneros y los altísimos cipreses se elevan como torres oscuras sobre el jardín de las Hespérides y revisten ahora la faja de ribera fértil al pie de las rugosas montañas. A través del agua azul de la tranquila bahía y protegiéndola del mar abierto, se alza la isla sagrada de Posidón, cuyos picos se desdibujan entre el verdor sombrío de los pinos En esta bella costa fue adorado Hipólito. Dentro de su santuario había un templo con una antigua imagen. Ejercía su culto un sacerdote vitalicio y todos los años se celebraba en su honor una fiesta con sacrificios; las doncellas lamentaban cada año su prematura desgracia con tristes y acongojados cánticos. Mancebos y doncellas, antes de su enlace, le dedicaban en el templo bucles de sus cabellos. Su sepulcro existió en Troezena, pero la gente no lo enseñaba. Se ha pensado muy plausiblemente que en el hermoso Hipólito, amado de Ártemis, segado en la flor de su juventud y llorado anualmente por las doncellas, tenemos uno de aquellos amantes mortales de diosas que con tanta frecuencia apárecen en las antiguas religiones y de los que Adonis es el tipo más familiar. La rivalidad de Ártemis y Fedra por el afecto de Hipólito parece reproducir bajo distintos nombres la enemistad de Afrodita y Prosérpina por el amor de Adonis, siendo Fedra solamente la contrafigura de Afrodita. La teoría se ajusta bastante a Hipólito y Ártemis, porque Ártemis fue en su origen una gran diosa de la fertilidad, y, según las leyes de la religión primitiva, la que fertiliza la naturaleza debe a su vez ser fertilizada, por lo que debe tener un consorte masculino. En este supuesto, Hipólito habría sido el consorte de Ártemis en Troezena y las trenzas y mechones de pelo que le ofrecían doncellas y donceles antes de casarse tendrían por objeto fortalecer su unión con la diosa y promover de este modo la fertilidad de la tierra, del ganado y de los hombres. Algo a modo de confirmación de este punto de vista es el hecho de que dentro del recinto de Hipólito en Troezena eran adoradas dos fuerzas femeninas, las diosas Damia y Auxesia, cuya relación con la fertilidad del suelo es indudable. Ver, Virbio.

