Tebas/Biban el-Moluk

o Ta Set Aat o Ta-sejet-aat o Valle de los Reyes. Los faraones del Imperio Nuevo eligieron un valle de la orilla occidental de Tebas como lugar de su último reposo. Oficialmente se le conocía como Ta Sejet Âat, "La Gran Pradera", pero Champollion, en el siglo XIX, le dió por primera vez el nombre de Valle de los Reyes. La elección de este paraje no respondió a una cueatión de azar, sino que seguía la costumbre religiosa de localizar en el horizonte occidental el reino de los muertos. Los árabes lo denominaron Biban el-Moluk ("La puerta de los Reyes"), en alusión evidente a las entradas de las numerosas tumbas que, desde la antigüedad, pueden verse abiertas en las laderas de las montañas. El Valle de los Reyes está dominado por el monte El-Qurn, también conocido como "cima tebana", cuya firma triangular recuerda a la de una pirámide, monumento típico de las sepulturas reales del Imperio Antiguo. Probablemente, la presencia de dicho elemento geomorfológico, consagrado a la diosa cobra Meretseger, junto con el dificil acceso al Valle, por lo tanto capaz de ofrecer cierta seguridad, fuera lo que decidió a los primeros faraones de la Dinastía XVIII a escoger este grandioso lugar, quemado por el sol del desierto, para establecer allí sus moradas eternas. No se sabe con exactitud quien fue el primer faraón que recibió sepultura en el Valle. Es posible que se tratara de Amosis, primer faraón de la Dinastía XVIII o su hijo Amenofis I, cuyas tumbas aún no se han encontrado; o bien Tutmosis I ó Tutmosis II, a los que se han atribuído las tumbas KV38 y KV42. Desde Tutmosis I hasta finales de la Dinastía XX, se contruyeron 64 (hasta ahora conocidas) tumbas en el árido uadi. Además de reyes, aquí fueron sepultados también cortesanos apreciados, así como la reina Teye. Teniendo presente que la mayoría de las tumbas habían sido abiertas y saqueadas durante el Tercer Período Intermedio, ello significa también que fueron visita obligada de los turistas de la antigüedad. La investigación egiptológica también se dedicó a este sector desde sus mismos inicios. Además de los aventureros, también hubo hombres cuyos dibujos y copias nos han permitido conocer la existencia de partes murales actualmente perdidas. Dentro de la serie de espectaculares descubrimientos sobresale el de la tumba de Tutankamón en 1922. Teniendo presente que cada rey intentaba establecer algo completamente nuevo al construir su propia tumba, puede afirmarse que no exsitió un tipo de construcción unificado, variándose siempre la forma y los motivos decorativos. A las acodadas entradas de la Dinastía XVIII, siguieron largos y rectos pasillos durante la Dinastía XIX, así como unos relieves de gran colorido con descripciones de los infiernos, que adoptan la forma de escritura sobre papiros. Típicos representantes del primer grupo son las tumbas de Tutmosis III (nº34) y de Amenofis II (nº35) y de la solución más moderna, las de Sethos I (nº17), Ramsés III (nº11) o de Ramsés VI (nº9). A pesar de una investigación científica (aún no finalizada) extremadamente precisa, así como de una gran cantidad de experiencias allí recogidas, puede afirmarse que el Valle de los Reyes, además de Giza, es una especie de palestra extraordinariamente rentable para especulaciones tanto absurdas como, frecuentemente, muy valiosas. El Valle de los Reyes prolongó su función de necrópolis real durante las Dinastías XVIII, XIX y XX, hasta la época de Ramsés XI, último faraón sepultado en este lugar. La carretera que hoy se adentra hasta el Valle, era el camino que antiguamente se utilizaba para transportar los sarcófagos reales hasta su morada eterna. Una vez sepultado el faraón, no había necesidad de volver, ya que el culto real se celebraba en los templos llamados "Castillos de los Millones de Años", destinados a venerar al faraón y situados en el llano, entre las colinas tebanas y el Nilo. De las tumbas descubiertas, tan sólo una veintena albergaron los restos de los soberanos.
 
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