Levitas

Descendientes de Leví, el tercero de los hijos de Jacob y Lía, a través de los tres hijos de aquél: Guersón, Quehat y Merarí (Quehat sería el abuelo de Moisés y Aarón). Dios reclamó para sí a los levitas a cambio del derecho que tenía sobre los primogénitos de todos los israelitas y de todos sus animales. Dios entregó los levitas a Aarón para que, entre los 25 y los 50 años, ejercieran un sacerdocio al que se atribuían unas funciones muy específicas. Perdieron el derecho que tenían a una zona de la Tierra Prometida a favor de los otros hijos de Israel (Jacob), recibiendo a cambio 48 ciudades con los pastos necesarios para su manutención, así como la de sus vacadas y rebaños (la extensión de estos pastos era de 1.000 codos a contar a partir de los muros de la ciudad). Antes de cruzar el Jordán para adentrarse en la Tierra Prometida (Ver, Josué) se les censó por separado: los levitas varones a partir del mes de edad ascendían a 22.000 individuos. En tiempos posteriores, los descendientes de Aarón, asociados a otras familias levitas, monopolizaron las funciones superiores del sacerdocio en Judá. Su principal centro cultual fue Silo (el lugar donde ejercía el sacerdocio Elí) hasta que los filisteos lo tomaron y saquearon, llevándose consigo el arca donde se guardaba la alianza entre Dios y Abraham. Los sacerdotes de mayor rango no tardaron en gozar de influencia política. Ajimélek y 85 de sus compañeros, por ejemplo, apoyaron a David frente a Saúl y, por ello, fueron mandados asesinar por este último; sólo Abiatar, que pudo escapar a tiempo, se salvó. A la muerte de David, Abiatar apoyó a Adonías para la sucesión al trono, mientras que Sadoq optaba por Salomón, que, a la postre, sería el triunfador: los descendientes de Sadoq se aseguraron así los principales oficios sacerdotales de Jerusalén hasta la extinción del reino de Judá en el 586 a.C. Tras el Exilio en Babilonia, el poder de los sacerdotes creció hasta el punto de que los sumos sacerdotes acabaron por convertirse en los auténticos jefes seculares y espirituales de la nación. A lo largo del siglo II a.C. el sacerdocio fue cayendo en el descrédito, al verse involucrados muchos de sus miembros en casos de soborno, corrupción e incluso asesinato. Esta situación sería uno de los detonantes del movimiento de reforma liderado por los Macabeos. Tras conquistar el poder, los Macabeos instauraron un estado teocrático independiente, que duraría 100 años, y en el que ellos mismos desempeñaban la función de reyes y sacerdotes. A pesar de verse despojados de la realeza por la intervención del general romano Pompeyo, los Macabeos continuaron ejerciendo el sumo sacerdocio hasta que, en el 37 a.C., el último miembro de su linaje fue ejecutado por orden de Herodes el Grande. Aunque con unas atribuciones y un prestigio muy disminuidos, el cargo de sumo sacerdote seguiría existiendo hasta la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 d.C..
 
Volver