Incendios

Los incendios fueron en la antigüedad uno de los azotes permanentes de las ciudades. En Roma, un cuerpo especializado de vigiles fue cuidadosamente equipado para combatirlos. Pero a despecho de la abundancia de agua (acarreada por diecinueve acueductos y distribuida por más de dos mil fuentes) y a pesar de los progresos de la técnica (tubos y bombas rudimentarias), no hubo un recurso eficaz contra el fuego. Éste era tanto más devastador cuanto que las casas estaban en gran parte hechas de madera y que la iluminación se procuraba por la llama de las lámparas de aceite y antorchas. Los incendios modificaron repetidamente la fisonomía de Roma, especialmente en el 390, en el 31 y en el 9 a.C., y después en el 6, en el 64 (famoso incendio del principado de Nerón), en el 191 y en el 283 d. J.C. El Circo Máximo, la Casa de las Vestales, las basílicas Julia y Aemilia, el Palatino y el Capitolio fueron devastados uno tras otro.
 
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