Numantia

La primera ocupación del cerro de La Muela, en Garray, se remonta al Calcolítico e inicios de la Edad de Bronce (2.500-1.600 a.C.). No existen noticias de nuevas ocupaciones hasta un milenio después (ss. VIII-VI a.C.), cuando probablemente hubo un asentamiento fortificado, correspondiente a la denominada Cultura Castreña de la Primera Edad del Hierro, que perduraría hasta el siglo IV a.C., momento inmediatamente anterior a la Cultura Celtibérica. La regularidad del trazado y la perfecta distribución urbana que presenta la ciudad celtibérica desde sus inicios, a la que se atribuyen ya la cuadrícula central y las dos primeras calles circundantes, permiten pensar que su fundación tuvo lugar en un momento avanzado del siglo III a.C.. La capital de los arévacos, destacó desde los mismos comienzos de la sublevación celtibérica contra Roma y su final, tras la resistencia numantina que opuso, ha trascendido a su tiempo y al contexto de la guerra contra el invasor, para adquirir los rasgos de una gesta heróica con un alto contenido nacionalista. Situada en lo alto de un cerro (La Muela de Garray), situado a pocos kilómetros de Soria. Los muros de la ciudad encierran un espacio de 500 x 260 metros. Ante la ruptura de relaciones entre Roma y algunos pueblos indígenas (bellos y titos), en el 153, tras las reclamaciones que estos hicieran por el incumplimiento de los pactos con Tiberio Sempronio Graco, muchos de ellos se refugiaron entre los muros de Numancia. Esta ciudad se puso, así, al frente de las guerras celtibéricas y su caída, en el 133 supuso el final de las mismas. La lucha contra los arévacos y sus aliados y el asedio de Numancia, duró veinte años. La falta de control total por parte de los romanos de la península Ibérica y la resistencia que estaban ofreciendo los pueblos arévacos hizo que, tras la llegada a ella de Publio Cornelio Escipión Emiliano, el Africano menor ( sobrenombre ganado tras la derrota y destrucción de Cartago), las legiones romanas fueran sometidas a un duro entrenamiento y se reclutasen tropas entre las tribus aliadas, formándose un ejército de más de 60.000 soldados, con los que sometieron las tierras leridanas y controlaron la Tierra de Campos, a través del desfiladero de Pancorbo (Burgos), con el fin de abastecerse de los cereales de los vacceos y de paso evitar los continuos saqueos que sobre estas tierras ejercían los numantinos. Escipión avanzó por el valle del Duero llegando hasta Numancia a principios del otoño del año 134. Inmediatamente ordenó la construcción de fortificaciones y campamentos para rodear a la pequeña Numancia (4000 defensores). El perímetro de la ciudad estaba rodeado por un conjunto de zanjas y empalizadas que formaban una poderosa muralla de más de 9 kilómetros de perímetro, con torres defensivas cada 300 m. La fortaleza exterior estaba defendida por siete campamentos, entre los que destacaban el de Castillejos, cuartel general de Escipión, y el Peña Redonda, situado al sur de la ciudad cercada. La rendición y el fin de Numancia se iniciaron a principios del año 133 y después de más de tres meses de cerco a la ciudad. Los numantinos, viendo insostenible su situación, enviaron a Escipión emisarios con la misión de encontrar las condiciones más favorables para una capitulación. El pueblo numantino, no queriendo aceptar las condiciones impuestas por Escipión, decidió resistir el asedio hasta el final; incluso se vieron obligados a reglamentar el consumo de carne humana debido a la escasez de alimentos. Debilitados por el hambre, a principios del verano los arévacos decidieron capitular, pero muchos de ellos, el día anterior al acordado para efectuar la entrega de las armas a Escipión, se suicidaron para no presenciar la caída de su patria. Al siguiente día del holocausto numantino, a finales de julio o principios de agosto del año 133 a.C. y después de nueve meses de asedio, los supervivientes entregaron las armas y se rindieron a los vencedores. Escipión seleccionó a 50 prisioneros para que Roma fuera testigo de su éxito y el resto fueron vendidos como esclavos. La pequeña ciudad celtíbera de Numancia había sido todo un símbolo de resistencia al poder romano, y como a tal se le impuso el supremo castigo de ser destruida y reducida a cenizas por propia decisión de Escipión, el cual además prohibió su reconstrucción como si fuera una ciudad maldita. Sin embargo, no estuvo mucho tiempo deshabitada, ya que abundantes restos hallados indican una profusa ocupación desde comienzos del siglo I a.C., al que corresponden además las cerámicas monócromas y polícromas más características. La influencia romana a partir del siglo I deja su leve huella en la ejecución más regular de sus calles y la utilización de piedra algo más cuidada, pero no se acusa en su trazado general, ni en la construcción de grandes edificios públicos. Únicamente algunas casas con patio central porticado y peristilo se apartan ligeramente de su estructura rural indígena. La vida de Numancia decaerá a partir del siglo III, correspondiendo los últimos hallazgos de época romana al siglo IV. La presencia de algunos objetos y cerámicas, fechados en el siglo VI, permiten hablar de una leve ocupación visigoda en ese momento, así como en el siglo XlI, que hay relacionar ya con la ermita románica de Los Mártires. Habitantes, numantinos. Hoy, Numancia, cerca de Soria, comunidad autónoma de Castilla y León, España.
 
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