Asilo
Santuario o lugar cualquiera de refugio y de protección, del que nadie podía ser sacado a la fuerza. El primer asilo de Grecia fue, según unos, establecido por el oráculo de Dodona, que mandó a los atenienses hacer gracia de la vida a todos aquellos que buscaran un refugio en los altares de la divinidad del Areópago. Según otros fueron los heráclidas o descendientes de Hércules los primeros que abrieron en Atenas a favor de los hijos oprimidos por su padres. Y algunos otros, con más fundamento, remontan su establecimiento a la fundación de Tebas por Cadmo. Diodoro de Sicilia, en la vida de Rómulo, asegura que Cibeles fundó un asilo en Samotracia. Pero lo que hay de cierto es que el asilo de los altares y de los templos es antiquísimo; y era de tal manera sagrado, que se reputaba como un sacrilegio el arrebatar de ellos a la fuerza a algún criminal, persuadidos de que su sangre debía caer sobre la cabeza del que violaba el asilo. Por esta razón, aquellos que mataron a los cómplices de Cilón, ladrón del templo de Minerva, fueron mirados toda su vida como unos impíos por haberles dado muerte estando abrazados a los altares. Pausanias refiere que el asesinato de Neptolemo, hijo de Aquiles en Delfos, verificado junto al altar de Apolo, fue un justo castigo a la muerte que él había dado a Príamo al pie de los altares de Júpiter Erceo. Algunos de estos asilos eran públicos y abiertos a todo el mundo, mientras que había otros destinados para ciertas personas y delitos determinados. Los templos de Ebe en Fitia y de Diana en Éfeso, eran para los deudores. Este último, según Estrabón, disfrutaba de muchas preminencias, que le habían concedido varios príncipes. El templo de Palas en Lacedemonia servía de asilo hasta para los condenados a muerte; y el templo o sepulcro de Teseo era un santuario inviolable para todos los esclavos o personas de baja extracción que huían de la opresión. Este privilegio no estaba reservado únicamente a los dioses, sino que también se extendía a las estatuas y monumentos de los príncipes, los héroes y otras personas de elevada categoría; a los bosques sagrados, etc. Por esta razón el sepulcro de Aquiles en el promontorio Sigeo vino a ser un asilo en los siglos posteriores y el de Ayax gozó del mismo honor en el promontorio Leteo. Rómulo, al fundar su ciudad, dejó entre el Capitolio y la roca Tarpeya un espacio de terreno cubierto de bosque, destinado para ser el asilo común así de los hombres libres como de los esclavos, pues no todos los templos y altares de Roma gozaban de este privilegio, sino aquellos que se les daba esta prerrogativa al tiempo de su consagración. Con el tiempo, los asilos fueron poco respetados, como que no protegían sino a las personas culpables de leves delitos, no haciendo los magistrados el menor escrúpulo en arrancar de los altares a los reos de grandes crimenes. En el reinado de Tiberio fueron abolidos todos los asilos, excepto el del templo de Juno en Samos y el de Esculapio, los cuales conservaron una parte de sus privilegios. Los judíos tuvieron también sus asilos, destinando varias "ciudades de refugio", en donde se proporcionaba hasta la subsistencia a aquellos que involuntariamente hubiesen matado un hombre. Estas eran seis, tres a cada parte del Jordán. Se mandó a los judíos que aumentasen hasta nueve las ciudades de refugio, tan pronto como extendieran su territorio; pero como esta orden nunca tuvo efecto, decían los rabinos que esto sería el primer cuidado del Mesías. Además de las ciudades de refugio, el templo de Jerusalén, y particularmente el altar de los holocaustos, gozaban de este privilegio.

