Persépolis
Nombre griego de Parsa, ciudad de la antigua Persia y una de las capitales del imperio persa aqueménida, cuyos vestigios se hallan a 48 km al noreste de la ciudad iraní de Shiraz o Chiraz, en la llanura de Murgab. Se cree que la ciudad se extendía por el valle del río Medo, cerca de su confluencia con el Araxes. Fue construida por Darío I a fines del siglo VI a.C. y ampliada por su hijo Jerjes y por Artajerjes I. Alejandro Magno la conquistó y saqueó en el 331 a.C., y parte de su emplazamiento estuvo más tarde, durante la época sasánida, ocupado por la ciudad de Istajr. Los únicos restos conservados corresponden a los reinados de Darío I, Histaspes, Jerjes, Artajerjes y otros monarcas aqueménidas, y conforman uno de los principales conjuntos monumentales representativos del arte persa. Las construcciones se distribuyen en cinco grupos: Naqs-i-Rustam, donde se halla la tumba de Darío I y otros tres reyes aqueménidas, Istajr, Tajti-Rustam, Naqs-i-Rejel y Tajti-Jemshid. En Persépolis una gran terraza, que terminaba en la colina, era la base del palacio. Una gran escalinata con doble vuelta daba acceso a la explanada desde donde otros dos corredores conducían a la Apadana. El camino hasta la presencia divina del Rey de Reyes era majestuoso, lento y agotador. En Persépolis, 72 columnas estriadas sostenían el techo de madera de cedro. Sus capiteles eran en forma de prótomos de toros o de leones con cuernos. La larga procesión de los inmortales, siempre fieles defensores del rey, decoraba los lados de las escalinatas. Les seguían cortesanos, medos y persas. Finalmente, en este único y monumental friso se representaba a las naciones sometidas llevando regalos y trofeos al Rey de Reyes. Unos aportaban animales, otros, objetos preciosos, vestidos, etc.. La intención no era tanto representar vívidamente los personajes, sino manifestar el poderío indiscutible del rey y su dominio de todos los pueblos conquistados y sometidos a él. Era un arte al servicio del poder en cuya realización, curiosa y paradójicamente, colaboraron sin duda artistas griegos deportados. Cerca de la Apadana, en un plano superior, estaba el palacio de Darío. Sus paredes de adobe han desaparecido, pero subsisten las puertas y ventanas de piedra, coronadas por galas egipcias. Consistía únicamente en un salón central columnado, flanqueado por habitaciones a derecha e izquierda, abierto a un pórtico de columnas de madera, tipo de casa que se considera de origen nórdico. Se accede a él por el edificio llamado Trípilon, que como su nombre indica da paso a tres unidades independientes: el antedicho palacio de Darío, el harén y el palacio de Jerjes. Independiente también, aunque continuo, es el tesoro, apoyado en la falda del Kuh-i Rahmat, y esmeradamente decorado. Sus salas hipóstilas contuvieron en su día centenares de columnas asentadas en basas de piedra, pero con fustes de madera, los cedros del Líbano de que habla Darío en su descripción del palacio de Susa. Tales fustes estaban estucados y pintados con motivos florales, cuyos restos han aparecido en las excavaciones. En la puerta de este edificio se encontraban dos relieves con una escena interesantísima: Darío sentado en su trono dispuesto a escuchar el informe del jefe de la guardia, un oficial medo, como indica su tiara abombada (los persas la llevaban cilíndrica). A espaldas del Gran Rey se encuentran Jerjes, el príncipe heredero, con una flor en la mano, y dos altos dignatarios, el copero y el portador de las armas reales, un carcaj y un hacha de combate. El akinakes, la espada corta que lleva este último personaje, está primorosamente cincelada hasta en los más mínimos detalles de su decoración. Jerjes continuó la labor de su padre. En su afán de emular a los reyes asirios, erigió el Propileo, cuya inscripción declara que está dedicada a todas las naciones. Con este aditamento, el palacio recibió un portal grandioso guardado, como en Asiria, por dos toros y dos lassus (toros alados de cabeza humana). A éste añadió la más espléndida de las estancias del palacio, la Sala de las Cien Columnas, donde el rey se hizo representar dando muerte a un monstruo fabuloso, un tema ya entonces de antigüedad milenaria, pero siempre apropiado como expresión de dominio y poderío. En Persépolis estaban también las estatuas griegas que Jerjes había traído de Atenas y que Antíoco devolvió a los atenienses. Las excavaciones norteamericanas, sin embargo, han encontrado una bellísima réplica de la Penélope del Museo Vaticano, que hoy día constituye una de las joyas del museo de Teherán.

