Susa
o Shushan. Ciudad de Elam, que fue, en tiempos del Imperio Persa, capital de verano de los reyes persas, junto con Pasargada y Ecbatana. Era la capital administrativa del Estado aqueménida. Hasta los recientes acontecimientos de Irán, diversas misiones arqueológicas francesas exploraron las ruinas de Susa durante más de cien años sin grandes interrupciones. Algunos de los descubrimientos más prestigiosos han contribuido a la fama de este asentamiento y han quedado registrados en todos los libros de historia del Arte. La notoriedad de obras como el código de Hammurabi, la estela de Naram-Sîn o los bajorrelieves de los arqueros de Darío contrastan con la escasez de información de que se dispone hoy sobre la organización del casco urbano y de sus monumentos públicos o privados. A pesar de los estudios sistemáticos de los años 60, no se tiene ninguna constancia de cómo fue la ciudad a lo largo de las diversas etapas de su historia, incluso si esta última se conoce gracias a las inscripciones reales de los soberanos, deseosos de dejar constancia de sus reinados a las generaciones venideras a través de sus construcciones civiles o religiosas. El redescubrimiento de Susa empieza con la época aqueménida: el recuerdo de los persas nunca ha dejado de estar presente en la memoria occidental, al igual que la guerra de los medos, las rivalidades entre griegos y persas han salpicado la cultura clásica de obras maestras literarias, como Los persas de Esquilo, o de monumentos de arte plástico, como el mosaico de la batalla de Alejandría y Darío en Pompeya. De la antigua Susa, o "Shushan, ciudadela que se halla en la provincia de Elam", se conservaba el recuerdo gracias a la Biblia, pues aquí tuvo lugar la historia de Ester. En los tiempos modernos, algunos viajeros occidentales de los siglos XVIII y XIX empezaron a recoger copias de inscripciones en tres lenguas, que Darío y su sucesor dejaron en las paredes de Behistun y de Persépolis en Naksh-i-Rustam. Dichas inscripciones, redactadas en persa antiguo, en elamita y en lengua mesopotámica, han permitido descifrar las diversas escrituras cuneiformes gracias al parentesco entre el persa moderno y el antiguo. Los tell, acumulaciones de tierras antiguas, así como los fragmentos de columnas persas aún eran visibles en el siglo XIX cerca de la aldea de Shush, a orillas del riachuelo de Chaour. De su pasada prosperidad, el yacimiento no conserva más que un modesto recuerdo, que se reduce a la presencia de un santuario erigido sobre la presunta tumba del profeta Daniel. El primer investigador que se interesó realmente por los vestigios de la antigua Susa fue el inglés William Kennett Loffus, que trabajó a entre 1.850 y 1.853. Este arqueólogo logró trazar la primera planta conocida del palacio persa del Apadana que había reconocido en el tell principal e identificó la ciudad como la Sushan del Libro de Ester. Un ingeniero francés, Marcel Dieulafoy viajó a Irán entre el 1.884 y 1.886, acompañado de su mujer, Jane, que dejó plasmadas sus aventuras en una narración vivaz ilustrada con grabados y respetuosa con la realidad, dando una buena imagen de Susa, tal como era en aquel momento. El matrimonio realizó las primeras excavaciones en una amplia escalera de las ruinas del Apadana y halló algunas obras espectaculares que fueron expedidas a Francia, como el capitel de piedra con doble cabeza de toro y algunos elementos de los frisos de ladrillo coloreado. El friso de los leones se encontraba prácticamente en su lugar, caído a los pies del muro decorado con los pendones de la fachada norte del Patio de Honor. El resto de ornamentos (frisos de arqueros portadores de lanzas, animales mitológicos, portadores de ofrendas y sirvientes) habían sido reutilizados en los edificios de épocas posteriores, construidos sobre las ruinas de Apadana. Dichos frisos han sido reconstruidos en El Louvre, siguiendo las normas de frisos mejor conservados de Persépolis y aún visibles in situ. Los decorados del palacio de Darío expuestos en Francia han contribuido en gran medida al interés que despierta la arqueología de Irán entre el público europeo. Al igual que Dieulafoy, sus sucesores, Jacques de Morgan (de 1.897 a 1.908) y Roland de Mecquenem (de 1.908 a 1.946), eran ingenieros, y su formación les condujo a utilizar métodos más propios de la explotación minera que de la arqueología. Practicaron grandes excavaciones y túneles, y evacuaron las tierras con vehículos deslizados sobre rieles, lo que destruyó por completo el tell principal. El objetivo de J. de Morgan era excavar el yacimiento en su totalidad. A tal fin, en 1.897, el gobierno persa le concedió permiso para crear una Delegación Francesa en Persia, que gozaba de la exclusividad de las prospecciones arqueológicas en Irán. J. de Morgan poseía una gran curiosidad y gozaba de una amplia cultura histórica. Supo que el yacimiento de Susa escondía en realidad la suma de diversos milenios de ocupación y que la Acrópolis era el corazón de la vida religiosa de la ciudad. Durante las excavaciones, Morgan sacó a la luz diversos exvotos que los soberanos habían depositado en los santuarios de los principales dioses venerados en Susa, Nuihursaga e Inshushinak. Entre los más importantes, desde el punto de vista arquitectónico, se encuentran los monumentos votivos de Puzur Inshushinak (hacia el 2.100 a.C.) o la estela de Unstah Napirisha (hacia el 1.540-1.500 a.C.), hallados entre 1.898 y 1.909. El llamado "Jarrón del Escondite", descubierto en 1.907, contenía un tesoro enterrado en la acrópolis hacia el 2.500 a.C.; el cobre importado de la península de Omán, el alabastro de Irán oriental y los sellos cilíndricos de origen sumerio, son testigos de los intensos intercambios culturales en la segunda mitad del III milenio a.C. en Susa. Al sur de la zona de los templos, a quince metros bajo la superficie, Morgan tropezó con un enorme bloque de ladrillos crudos "estéril". Las comprobaciones que realizó la expedición dirigida por J. Perrot entre 1.972 y 1.977, permitieron comprender que se trataba de un elevado aterrazamiento construido en el IV milenio, probablemente la plataforma escalonadas de un santuario. Es una de las primeras grandes construcciones de la ciudad, comparable en su ambición a los majestuosos monumentos mesopotámicos del inicio del asentamiento urbano de Mesopotamia, que se observan también en Obeid y Uruk. A los pies de esta estructura se hallaba una de las necrópolis de la ciudad del IV milenio, en la que se han hallado los primeros objetos metálicos. Junto a los muertos aparecieron vasijas de cerámica pintada decorados con íbices, lebreros afganos y grullas, colocados en posiciones de refinada complejidad. La obra de desciframiento del gran asiriólogo Vincent Scheil es colosal. Scheil publicó textos redactados en lengua acadia, el idioma mesopotámico internacional de cultura. Fue el primero en descifrar la lengua local, la anzanita, nombre tomado de los títulos reales de los soberanos de Susa, "rey de Anzan y de Susa", y tradujo textos persas aqueménidas. De este modo, podemos afirmar que fue la filología, y no la arqueología, aquí reducida al simple papel de proveedora de documentos, la que escribió la historia de Susa. La ciudad apareció como el polo de un complejo político y étnico en que se basan dos elementos distintos, uno "anzanita" (situado en el corazón del Fars, región de Persépolis) y otro "elamita" alrededor de Susa, más cercano al mundo mesopotámico. Entre los textos en lengua acadia destaca un grupo denominado "el botín mesopotámico". La acrópolis de Susa contiene un conjunto sin parangón de esculturas reales mesopotámicas, sobre todo los monumentos (estelas y estatuas) de los soberanos de Akkad, Sargón I, Manihtuhu y Naram-Sîn, el código de Hammurabi o las estatuas de los reyes de la ciudad de Eshnunna, entre otros. Muchos de estos monumentos aún llevan la dedicatoria original que indica la procedencia y el nombre del rey que ordenó la construcción. Algunas de las obras añaden la inscripción elamita de Shutruk Nahhounté, un soberano de Elam, del siglo XII, que se las adjudicó y se las llevó a su capital para consagrarlas a sus dioses. No podemos saber si Shutruk fue el responsable del traslado a Susa de todos los monumentos del "botín mesopotámico", pero es evidente que los conquistadores elamitas quisieron dejar constancia a las generaciones futuras de las victorias sobre sus poderosos vecinos. Así, gracias a las excavaciones, se han podido descubrir en Susa, monumentos insignes de la historia de Mesopotamia. Las prospecciones modernas empiezan con Roman Ghirshman (entre 1.946 y 1.967), interesado sobre todo en las viviendas privadas (a él se deben las excavaciones de los barrios situados frente a la acrópolis). Las prospecciones que dirigió en Dur-Ustash, hoy Choga Zambil, ciudad real fundada por Untash Napirisha en el siglo XIII a.C., han aportado más datos sobre el período más glorioso de la historia de Elam. Jean Perrot sucedió a Ghrishman. El nuevo equipo se dedicó sobre todo a la Susa de la época aqueménida. Las excavaciones del llamado "Palacio de Chaour" edificado por Artajerjes II, fueron paralelas a un nuevo estudio del Palacio del Apadana, construido por Darío y excavado por Dieulafoy. De esta forma se descubrió que el palacio reunía en un mismo complejo dos elementos completamente distintos: un palacio de tipo persa, bien conocido gracias a los monumentos de Persépolis, de carácter abierto, cuyo centro era una sala hipóstila en la que se encontraba el trono real, rodeada de pórticos, y un palacio de tipo mesopotámico, de carácter cerrado, que agrupaba las salas alrededor de diversos patios consecutivos. La unión de estos dos patios tenía lugar mediante sala doble mucho más amplia. Dicha sala, que probablemente se tratara de una Segunda Sala del Trono, es comparable a la de los palacios asirios. Esta segunda parte del palacio estaba decorada con ladrillos coloreados que formaban frisos de arqueros, monstruos mitológicos, hileras de portadores de ofrendas que subían las escaleras, etcétera. Los decorados de ladrillos recuerdan a los de Persépolis. Los monumentos persas de Susa sufrieron saqueos sistemáticos y todos ellos fueron demolidos. En la puerta oriental aún se encuentra la colosal estatua de Darío, levantada sobre un soporte en cuya base aparecen los pueblos sometidos, siguiendo la costumbre egipcia. Hoy, Shūush, Irán. Ver, Chogha Mish.

