Mimo latino
El mimo llegó a Roma procedente de Sicilia en el siglo III a.C. y adquirió su forma literaria durante el siglo I a.C. por obra de Laberio y Siro Publilio. Se mantuvo, al igual que la atelana, hasta el fin de la antigüedad. Respondía a una tendencia profunda del público romano. Tomando sus argumentos de los temas legendarios, como la tragedia y la comedia literaria, no desdeñaba tampoco las intrigas novelescas, tan apreciadas de los poetas cómicos. Las aventuras amorosas eran muy apreciadas en él. Tenemos la impresión de que a veces se limitaba a poner en escena sencillas trovas: la historia de un marido engañado, de un amante oculto en un armario y arrojado fuera de la casa de su amada, todo lo que, por otra parte, había sido popularizado por los cuentos milesios. Los mimos no respetaban nada: ni los hombres ni los dioses. Tertuliano se indigna de verlos arrastrar por los tablados situaciones infamantes. Por él sabemos que existía un mimo en el que el dios Anubis era presentado como culpable de adulterio, la Luna disfrazada de hombre, sin duda para alguna aventura galante, Diana castigada a latigazos. Otro poeta había imaginado la muerte de Júpiter y daba oficialmente lectura de un testamento burlesco. Se veía también, lo que hace pensar en las Aves de Aristófanes, simultáneamente a tres Hércules comilones, de cuya glotonería se hacía burla. Es difícil comprender que se pudiese tolerar semejante falta de respeto si no recordásemos que la religión antigua no estaba desprovista de un cierto sentido del humor, tanto en Roma como en Grecia, y que los juegos tenían primitivamente por ambición hacer reír a los dioses. En el mimo, el texto importaba poco, sin que no obstante faltase, cosa que nos enseñan algunos testimonios, pero el diálogo era muy rudimentario: se reducía bien a bromas pesadas o a máximas morales fácilmente comprensibles. Lo esencial seguía siendo la gesticulación, la danza, todo lo que se dirigía a los sentidos más que a la inteligencia abstracta. Más aún que el teatro literario, la mímica era el dominio por excelencia de lo maravilloso. Plutarco nos hace saber, por ejemplo, que, bajo el reinado de Vespasiano, se presentó un mimo en el que se veía un perro que representaba tomar un narcótico y al que se había enseñado a simular el sueño y después, gradualmente, un despertar pausado. Mientras en la comedia y la tragedia, así como en la atelana, los papeles femeninos eran representados por hombres, en la mímica lo eran por mujeres, lo que provocaba en el populacho pasiones repentinas; se exigía que la actriz bailase sin ningún velo, pero con mucha frecuencia las peripecias del papel bastaban, por sí mismas, para llenar todos los deseos del público. Su afición por el escaso gusto, la blasfemia, sátira, obscenidad y el sexo explícito fueron elementos habituales. Pese a ello lo patrocinaron Sila y los emperadores que admiraban su hábil ingenio. Ver, Pantomima.

