Cástor
y Pólux. Júpiter, enamorado de Leda, se transformó en cisne para satisfacer su amorosa pasión. Esta princesa puso dos huevos, del uno que era de su marido Tíndaro, salieron Cástor y Clitemestra, ambos mortales. Del otro, fruto de su trato con Júpiter, nacieron Helena y Pólux, revestidos de la inmortalidad por su origen celestial. Apolodoro cuenta la fábula de otra manera. "Júpiter, dice él, prendado de Némesis, se transformó en cisne y a su amante en ánade, de quien recibió Leda el huevo que ella había puesto, siendo por consiguiente la madre de los dos gemelos. Tan pronto como estos vieron la luz, Mercurio les transportó a Pallena donde fueron educados. Unidos ambos hermanos con una estrecha amistad, su primera hazaña fue limpiar el Archipiélago de los piratas que lo infestaban. Por esto, los marinos les adoraban e invocaban en las tempestades como divinidades marinas. Siguieron a Jasón a la Cólquida y contribuyeron en gran parte a la conquista del Vellocino de oro. De regreso a su patria, libertaron a su hermana Helena, arrebatada por Teseo, después de haber tomado la ciudad de Afidna, a cuyos habitantes perdonaron, excepto a Etra, madre del delincuente, llevándosela cautiva. No obstante bien pronto por el amor incurrieron en la misma falta que ellos habían querido castigar en la persona de Teseo. Leucipo y Arsínoe tenían dos hijas de una singular belleza, llamadas Foebe y Talira, prometidas esposas de Linceo y de Idas. Ambos hermanos se reunieron para arrebatarlas, pero los raptores fueron perseguidos por los prometidos y detenidos cerca del monte Taigeto. Siguióse a esto un combate encarnizado, en el cual Cástor fue muerto por Linceo, quien a su vez sucumbió a los golpes de Pólux, aunque herido de Idas. Sumamente afligido Pólux de la muerte de su hermano, rogó a Júpiter la inmortalidad. No habiendo podido ser del todo atendidos sus ruegos, quedó dividida la inmortalidad entre ambos, de manera que vivían y morían alternativamente". Esta fábula esta fundada en que cuando, después de su muerte, fueron convertidos en astros y colocados en el Zodíaco, formando uno de sus doce signos con el nombre de Géminis o gemelos, una de las estrellas que le componen se oculta en el horizonte cuando la otra aparece. Los romanos renovaban todos los años, en la fiesta de los Tindáridas, la memoria de esta ficción, enviando cerca del templo de Pólux un hombre montado a caballo que llevaba en la cabeza un gorro semejante al suyo y otro igual en la mano, queriendo recordar con esto a los dos hermanos. Su apoteosis siguió inmediatamente después de su muerte y fueron contados en el número de los grandes dioses de Grecia, particularmente en Cefalonia. Se les erigió un templo en Esparta, lugar de su nacimiento y sepulcro, y otro en Atenas cuya ciudad habían salvado del saqueo. Eran considerados como divinidades favorables a la navegación por la razón siguiente: cuando los Argonautas se hicieron a la vela del promontorio Sigeo, se levantó una violenta tempestad, durante la cual se vieron dos fuegos dando vueltas a la cabeza de los Tindáridas, y un momento después cesó la tormenta. Desde entonces, los fuegos que brillan en iguales circunstancias fueron mirados como los fuegos de Cástor y Pólux. Cuando se veían dos, era una señal de buen tiempo; si no salía mas que uno, se le llamaba Helena, y era el presagio infalible de una tempestad próxima. A este fuego o exhalación fosfórica llaman hoy día los marineros fuego de San Telmo y San Nicolás. Los romanos tenían en tanta veneración a estas divinidades, que juraban por su templo. Las historias griegas, no menos que las romanas, están llenas de apariciones maravillosas de estos dos hermanos, las que Pausanias ha explicado de un modo muy natural. "Eran, dice, jóvenes atolondrados, que vestidos con el traje de los Tindáridas, salían de improviso del lugar donde estaban ocultos para impresionar a los espíritus sencillos y crédulos". Justino refiere que en una batalla que dieron los locrios contra los crotoniatas se vio a los jóvenes guerreros montados en caballos blancos. Aparecieron igualmente al frente del ejército romano en la batalla dada cerca del lago Regilio, dada contra los latinos sublevados por instigación de Tarquinio el Soberbio hacia la mitad del siglo V a.C., y llevaron a Roma la noticia de la victoria que había conseguido el dictador Postumio en el mismo día que fue ganada. Roma les dedicó un templo en reconocimiento de este beneficio, instituyéndoles además una fiesta en el día del aniversario de esta batalla memorable. Era notable esta fiesta por una magnífica cabalgata de caballeros romanos coronados de olivo, que algunas veces ascendían hasta cinco mil. La comitiva salía del templo de Marte, situado entonces fuera de la ciudad, y pasaba por el Foro, por delante del templo de Cástor y de Pólux. Sacrificábanles los romanos corderos blancos. Cástor era el protector de los que disputaban el premio en la corrida a caballo, y Pólux de los luchadores, porque había ganado el premio en los juegos olímpicos. Los monumentos antiguos, principalmente las medallas consulares, nos ofrecen frecuentes representaciones de estos dos héroes. Por lo regular están siempre juntos: del lado de cada uno sale una llama, tienen una pica en una mano y con la otra sujetan la brida de un caballo. Otras veces se les ve bajo la figura de dos jóvenes de una rara belleza y armados completamente, montados en caballos blancos y cubiertos con una gorra de forma parecida a la cáscara de medio huevo, aludiendo a su origen. Los lacedemonios solían representarles por medio de dos trozos de madera paralelos, unidos por las dos extremidades, de manera que formasen el jeroglífico astronómico actual de los Gemelos. Veíanse también en Roma, en lo alto de la gran escalera del patio del Capitolio, dos estatuas colosales de mármol blanco, representando a estos dos héroes, cubiertos con el gorro en forma de media cáscara de huevo, sin otro vestido que la clámide o manto militar, en ademán de sujetar sus caballos por la brida. Ver, Dioscuros.

