Tracios
o Tracianos. De entre los pueblos vecinos que rodeaban a los antiguos griegos, los tracios eran los más próximos y, sin embargo, de los más desconocidos. Bajo la denominación de tracios por los griegos en realidad se esconde una amalgama de distintos pueblos de origen indoeuropeo y que, durante un largo período de tiempo, desde los inicios de la Edad de Bronce, a fines del IV milenio antes de nuestra Era, hasta la llegada de los pueblos eslavos, allá por los ss. VII y VI, llegaron a ocupar un amplio territorio: en los momentos de su mayor extensión, desde el Danubio hasta las costas del norte del Egeo y desde el mar de Mármara al Adriático, hasta que los pueblos escitas por el este y los ilirios por el oeste redujeron su solar a la parte oriental de la Península de los Balcanes. La región de Tracia está, hoy día, presente en tres estados modernos: Grecia, Turquía y Bulgaria. A lo largo de los siglos. Tracia ha permanecido en el olvido. A principios del primer milenio antes de Cristo, la parte oriental de la península balcánica estaba habitada por las tribus tracias, muy numerosas y muy celosas de su independencia. Vivían en pequeños núcleos formados por varias casas rodeadas de una empalizada alta, resguardo de los animales domésticos. El reciente descubrimiento de magníficas tumbas reales ha llamado la atención de los especialistas sobre el extraordinario legado de los tracios. La realidad presenta a los tracios como un pueblo de origen indoeuropeo pero no griego. Su escritura, conservada en unas pocas inscripciones, no ha podido ser descifrada todavía, y su historia es conocida a través de fuentes griegas y romanas que sólo proporcionan una idea superficial de sus orígenes, lengua y costumbres. Heródoto los considera uno de los pueblos más numerosos del mundo, pero muy segmentado por su tribalismo: "El pueblo de los tracios es el mayor entre todos los hombres, descontando, naturalmente, el de los indios. Si lo rigiera una sola persona o bien pensaran todos de la misma manera, en mi opinión sería irreductible y, con mucho, el más potente. Pero es impensable que eso ocurra. Y son débiles por este motivo. Tienen muchos nombres, que dependen de cada una de las tribus", se lee en su Historia (Libro V, El logos tracio). Heródoto los caracteriza por su valentía, su amor a los caballos y su visión de esta vida como mero tránsito hacia la inmortalidad. En varios párrafos de la Anábasis, Jenofonte, se interesa por muchas de sus costumbres. Lucían tatuajes para indicar la nobleza de su origen, llevaban pieles de zorro en la cabeza, se cubrían el cuerpo con túnicas envueltas en mantos variopintos, calzaban botas de piel de cervato que les llegaban hasta las pantorrillas e iban armados con venablos, escudos ligeros y puñales pequeños, tal como corroboran las pinturas de la cerámica griega. La imagen del guerrero tracio está muy extendida en el arte, pues eran conocidos y apreciados por su bravura y su desapego a la vida. "¡Lanceros de Tracia, bien armados, espléndidos jinetes inspirados por Ares!", cantó Eurípides en Hécuba. En algunos pasajes de la Ilíada los tracios protagonizan diversos lances siempre a favor del bando de los troyanos, como aliados del rey Príamo. De esta región procedía Orfeo, el cantor por excelencia de la mitología griega, además de músico y poeta, y como un tracio aparece siempre representado en el Arte antiguo. Los tracios no formaron nunca un reino unitario bajo una dinastía real única, sino más bien constituyeron un grupo de diversas tribus próximas entre sí pero independientes (odrisios, getas, crobizos, tribalos y otros), que entraron en contacto con sus pueblos vecinos (escitas, griegos, persas, frigios e ilirios), antes de ser conquistados por Filipo II de Macedonia y, posteriormente, por los romanos. En la primera década del siglo VI a.C., los persas invaden Tracia y la convierten en parte de la satrapía de Skudra. Para esas fechas ya se había desplegado un rosario de colonias griegas por las costas tracias del Egeo y el mar Negro. Tras la derrota de los persas en las Guerras Médicas y su posterior retirada a sus dominios asiáticos, las tribus tracias, en lugar de recuperar sus antiguos modos de vida, se organizaron en comunidades complejas. La más poderosa, y posiblemente la única con voluntad hegemónica, fue la de los odrisios, que liderados por Teres formaron el primer reino tracio del que tenemos constancia histórica. Teres I (450-431) unificó un cierto número de tribus tracias, inaugurando así un período de esplendor para estos pueblos. Le sucedió su hijo Sitalces llamado el Grande. Por el norte extendió las fronteras de su reino hasta el Danubio; por el este, hasta las costas del mar Negro; y por el sur, hasta las montañas Ródope. Su reinado fue la época del máximo esplendor odrisio. Los siglos V y IV coinciden con cambios sustanciales en los hábitos cotidianos de los tracios. La comunidad tribal se va abandonando progresivamente para dar paso a una organización política mucho más compleja, en forma de Estado. La Atenas del siglo V tuvo muchos intereses en las tierras de Tracia, especialmente en los mercados de esclavos y las minas de plata del Pangeo, además de entrar en contacto con los pueblos del interior, dedicados a la ganadería y la agricultura. Con Cotis I (383-359), posiblemente el más dinámico monarca tracio, el reino odrisio compitió con Atenas por el control de las rutas comerciales del Egeo. Tras el asesinato del emprendedor Cotis I, que había logrado expandir las fronteras desde el río Nestos (Mesta) hasta el Istro (Danubio), el reino odrisio comienza a decaer a causa de las disgregadoras guerras dinásticas. Las rivalidades, fruto de la muerte de este monarca, fueron aprovechadas por Atenas para debilitar el reino, que se vio así incapacitado para hacer frente a los planes anexionistas de Filipo II y su hijo Alejandro Magno. El siglo IV a.C. es la época de máximo esplendor de la cultura tracia. Al morir Filipo II de Macedonia, las tribus tracias se sublevaron contra su hijo Alejandro Magno. Como respuesta, éste invadió Tracia. Las tribus de los tribalos y los getas fueron las únicas en oponerle una resistencia consistente, que sin embargo fue incapaz de detener su avance. Una vez sometido el país, Alejandro incorporó los soldados tracios a su ejército, que formaron una quinta parte del mismo, ocupando con frecuencia su ala izquierda. Fue notoria su desempeño en la batalla de Hidaspes (326). En 323, Lisímaco, uno de los diadocos de Alejandro, recibió Tracia al repartirse el imperio, dando comienzo a una larga serie de confrontaciones militares. El rey odrisio Seutes IIl, llamado "basileus", que no aceptó la autoridad de Lisímaco, logró restablecer en parte el reino odrisio y fundó su capital Seutópolis en las orillas del Tonzos (cerca de la actual Kazanlak), siguiendo la tradición arquitectónica helénica. Los distintos reinos tracios se integraron rápidamente en la corriente del helenismo. En el año 280, Tracia fue invadida por los celtas, que por un breve período de tiempo crearon su propio estado, hasta que fueron expulsados a Asia Menor. Tras la derrota de Macedonia (168), Tracia permaneció sujeta a los romanos, hasta que en el año 47 a.C., extinguida la monarquía odrisia, pasó a ser una provincia romana con capital en Perinto. Pero aún dio varias muestras de rebeldía. Ahí están la singular figura de Espartaco y las sucesivas revueltas en el interior de la provincia, dando muestras evidentes de que su proverbial agresividad no había sido domesticada por completo. Ver, Artesco, Reino odrisio, Reyes odrisios.

