Argileto

Entre las divinidades arcaicas que tenían su santuario en el Foro, y de cuya naturaleza y función los romanos de la época clásica no tenían una idea muy clara, hay que situar en lugar especial al dios Jano. A decir verdad, este nombre se aplicaba al mismo tiempo a un dios y a su templo, o mejor al arco abovedado que se elevaba a la entrada norte de la plaza, salvando la calle llamada Argileto (Argiletum), entre la curia y la Basilica Emilia, rodeada de tiendas de banqueros y de librerías. La estatua misma del dios se encontraba junto al arco, encerrada en una capilla a cielo abierto y, hecho único en el panteón romano, este dios estaba representado con dos caras. La costumbre imponía que cuando la ciudad estaba en guerra las puertas de la capilla estuviesen abiertas, y que se cerrasen cuando la paz fuese restaurada. Hacia el fin del Imperio, cuando los bárbaros amenazaban a Roma, el pueblo de la Urbs exigía aún que se abriesen las puertas fatídicas, para que la divinidad acudiese en socorro de sus fieles. ¿No se contaba que cuando la guerra que había seguido al rapto de las sabinas, Jano había hecho surgir, delante de los sabinos invasores, una fuente de agua hirviente que les había cortado el paso?.
 
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