Axum
o Aksum. Las ruinas de Axum están situadas en un pequeño distrito del norte de Etiopía, cercano a la frontera de Eritrea. La zona vive de estos vestigios del pasado y de las innumerables leyendas que los envuelven. Según se cuenta en el relato épico etíope Kebrá Negast, o libro de la gloria de los muertos, la reina de Saba vivió en la ciudad de Axum mucho antes de que ésta fuera la capital del glorioso reino axumita. Su hijo Menelik, fruto de la esporádica relación con el no menos famoso rey Salomón de Israel, trajo desde Jerusalén el Arca de la Alianza a la ciudad. El Arca, también llamada Tabot, custodia las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés. Según la creencia etíope, este mítico objeto descansa en la catedral de Santa María de Sión. Está vigilada por un monje: el único que la ha visto y que guardará celosamente el tesoro hasta que se designe su sucesor. Los orígenes de Axum son enormemente inciertos y no existe acuerdo en la comunidad científica. Por las inscripciones en altares, tronos tallados en íbice y estatuas femeninas de piedra caliza encontradas en las llanuras etíopes, se sabe que a mediados del I milenio a.C. llegaron hasta aquí, procedentes del otro lado del mar Rojo, los sabeanos, una comunidad de comerciantes procedente del sur de Arabia y del Yemen. La fusión de la cultura semítica sabeana y la autóctona sería el germen del reino de Di'amat, el verdadero embrión de la civilización axumita. La primera mención de Axum como capital del territorio se encuentra en un documento griego del siglo I a.C., en el que se describe al regente Zoskales como "el que reina a las ciudades de tierra adentro y costeras desde su metrópolis, Axum". Ninguna de las fuentes documentales antiguas proporciona una gran cantidad de información sobre este pueblo, pero sí que da valiosas pistas acerca de la importancia comercial del Imperio axumita. El escritor romano Plinio el Joven (siglo I), por ejemplo, se refiere a Axum como la "ventana del mundo". En Adulis, el puerto del reino, los palacios y las iglesias de basalto denotaron la riqueza que los intercambios comerciales proporcionaban. Por allí pasaban los tesoros naturales de toda África: oro, esmeraldas, obsidiana, marfil, pieles de animales, inciensos, resinas... A cambio, los barcos volvían con metalistería, armas, vinos, aceite, cristalería o telas. Se comerciaba con Roma, Egipto, la India, Sri Lanka.., en definitiva, con cualquiera que necesitara traspasar el mar Rojo. Con todo este poder en sus manos, el reino fue conquistando territorios a lo largo de la costa de Eritrea y a lo ancho de la llanura etíope. En Matara, al norte de la capital, la arquitectura a base de piedra caliza y los innumerables objetos de la vida cotidiana hallados demuestran la afanosa actividad agrícola y ganadera de los pobladores del interior. Los restos más impresionantes de las ruinas de Axum son, sin duda, las estelas u obeliscos construidos entre los ss. III y IV. Se alzan a más de veinte metros del suelo, agrupados en cuatro zonas de la ciudad. Son muchas las conjeturas que los arqueólogos han hecho de estos monolitos, pero la teoría más aceptada es que fueron "escaleras hacia el cielo" para los reyes, cuyas tumbas se construían bajo estas estelas. Algunos de estos obeliscos alcanzaban los 33 m de altura. Hoy casi todos yacen desplomados en el suelo, aunque todavía puede verse alguno en pie. En el siglo VII, el profeta Mahoma recibió sus revelaciones y empezó su misión. La rápida expansión del islam a lo largo de Arabia y Egipto rompió las relaciones comerciales entre Axum y el mundo mediterráneo. Empezaba el período más oscuro de la ciudad. Además, un cambio climático que originó la escasez de lluvias en el norte de Etiopía pudo propiciar la emigración desde la ciudad ante la pobreza de los cultivos. Poco a poco, Axum fue desapareciendo de las rutas comerciales y se convirtió en un pequeño y solitario reducto, centro del cristianismo ortodoxo etíope, rodeado de zonas rápidamente islamizadas. Ver, Etiopía.

