Cíclopes

Los mitógrafos antiguos distinguían tres especies de Cíclopes: los "uranios", hijos de Urano y de Gea (el Cielo y la Tierra), los Cíclopes sicilianos, compañeros de Polifemo, que intervienen en la Odisea, y los Cíclopes constructores. Los Cíclopes uranios pertenecen a la primera generación divina, la de los Gigantes. Tienen un solo ojo, en medio de la frente, y se caracterizan por su fuerza y habilidad manual. Son tres: Brontes, Estéropes (o Astéropes) y Arges, cuyos nombres recuerdan los del Trueno, el Relámpago y el Rayo. Había también otros cuatro llamados Euríalo, Elatreo, Traquio y Halímedes, que presumiblemente eran hijos de los tres primeros. Encadenados primeramente por Urano, son liberados por Crono y luego vueltos a encadenar por éste en el Tártaro, hasta que Zeus, advertido por un oráculo de que sólo conseguiría la victoria con su ayuda, los liberó definitivamente. Entonces dieron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo. Esta primera generación de Cíclopes también creó un tridente que producía terremotos para Poseidón, el arco y las flechas de Artemisa, y el casco de invisibilidad que Hades le dio a Perseo en su búsqueda para matar a Medusa. Así armados, los dioses olímpicos vencieron a los Titanes y los precipitaron en el Tártaro. En la leyenda, los Cíclopes siguen siendo los forjadores del rayo divino. En calidad de tales incurrieron en la cólera de Apolo, cuyo hijo Asclepio había sido fulminado por Zeus porque había resucitado muertos. No pudiendo vengarse en Zeus, Apolo dio muerte a los Cíclopes (o a sus hijos según una tradición aislada), lo cual le valió en castigo el tener que servir como esclavo a Admeto (Ver, Asclepio, Apolo y Admeto). Por tanto, en esta versión los Cíclopes aparecen como mortales y no como dioses. En la poesía alejandrina, los Cíclopes son considerados sólo como genios subalternos, forjadores y artífices de todas las armas de los dioses. Por ejemplo, fabrican el arco y las flechas de Apolo y su hermana Ártemis bajo la dirección de Hefesto, el dios forjador. Habitan en las islas eolias o en Sicilia, donde poseen una forja subterránea y trabajan con gran estrépito. El resoplido de su fuelle y el estruendo de sus yunques se oye retumbar en el fondo de los volcanes sicilianos. El fuego de su fragua da un tinte rojo, al atardecer, a la cima del Etna. En estas leyendas, vinculadas a los volcanes, los Cíclopes tienden a confundirse con los Gigantes aprisionados bajo la masa de las montañas y cuyos sobresaltos a veces agitan el país. Ya en la Odisea, los Cíclopes se consideran como unos seres salvajes y gigantescos, dotados de un solo ojo y de fuerza prodigiosa, que viven en la costa italiana (en los Campos Flegreos, cerca de Nápoles). Entregados a la cría de carneros, su única riqueza consiste en sus rebaños. Son de tendencias antropófagas, y no conocen el uso del vino, ni siquiera el cultivo de la vid. Viven en cavernas y no han aprendido a formar ciudades. Ciertos rasgos de estos Cíclopes tienden a darles algún parecido con los sátiros, y a veces se asimilan a ellos (Ver, Polifemo). Se atribuía a Cíclopes venidos, según se dice, de Licia, la construcción de todos los monumentos prehistóricos que se pueden ver en Grecia, Sicilia y otros lugares, integrados por enormes bloques, cuyos peso y masa parecen desafiar las fuerzas humanas. En este caso, no se trata ya de los Ciclopes hijos de Urano, sino de todo un pueblo que se había puesto al servicio de los héroes legendarios, por ejemplo, de Preto para fortificar Tirinto, de Perseo para fortificar Argos, etc. Se les aplica el singular epíteto de Quirogásteres, es decir, "los que tienen brazos en el vientre", y esto recuerda a los Hecatonquiros, los gigantes de cien brazos que en la mitología hesiódica son los hermanos de los tres Cíclopes uranios. Ver, Hecatonquiros, Arimaspos, Campe.
 
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