Heraclidas

o Heráclidas. Son, en la acepción más amplia de la palabra, no sólo los hijos de Heracles, sino todos sus descendientes, hasta la última generación. En la época helenística, muchas familias reales pretendían ser aún "Heraclidas" y hacían remontar su linaje hasta el héroe. En la leyenda se da, más párticularmente, el nombre de Heraclidas a los descendientes inmediatos de Heracles y Deyanira, que colonizaron el Peloponeso. Inmediatamente después de la apoteosis de Heracles, sus hijos, privados de protección y temiendo el odio de Euristeo, se refugiaron en la corte del rey de Traquis, Ceix, el cual siempre se había mostrado benévolo con su padre. Pero Euristeo exigió que los expulsase de Traquis, y Ceix, por temor, lo despidió, dando como pretexto que no era lo bastante poderoso para guardarlos en seguridad a su lado. Marcháronse, pues, a Atenas, donde Teseo, o, según otros, su hijo, se avino a protegerlos contra Euristeo. Éste declaró la guerra a los atenienses, y en la batalla cayeron sus cinco hijos Alejandro, Ifimedonte, Euribio, Mentor y Perimedes. Euristeo huyó pero fue perseguido por Hilo, o por Yolao (Ver), y muerto en las cercanías de las Rocas Escironias (Ver, Alcmena). La victoria había sido asegurada a los Heraclidas y sus aliados por el sacrificio de una de las hijas de Heracles, Macaria, que se ofreció voluntariamente como víctima propiciatoria por haber declarado el oráculo que Atenas vencería si era inmolada una doncella noble. Abatido Euristeo, los Heraclidas quisieron volver al Peloponeso, país del que era originario su padre, y al que éste había intentado siempre regresar (Ver, Heracles). Acaudillados por Hilo, se apoderaron fácilmente de todas las ciudades peloponesias y se establecieron en el país. Pero al cabo de un año, una peste asoló la región, y el oráculo reveló que era efecto de la cólera celeste por haber regresado los Heraclidas antes del tiempo fijado por el Destino. Obedientes, abandonaron el Peloponeso y se encaminaron de nuevo al Ática, a la llanura de Maratón, sin perder por ello la esperanza de dirigirse algún día hacia el Sur. Para precaverse contra la cólera celeste, Hilo fue en su nombre a consultar al oráculo de Delfos. La Pitia le respondió que podrían realizar su deseo "después de la tercera cosecha". En este momento, Hilo estaba casado con Yole, la concubina de su padre, el cual le había pedido antes de morir, que cuidase de la joven. Él era, por tanto, de todos sus hermanos, el auténtico heredero de la tradición paterna. Era también el que más tiempo había vivido al lado de Heracles y el que había sido educado vanamente por él. Por todos estos motivos, era considerado por los Heraclidas como su jefe. A Hilo, pues, le encargaron la misión de conducirlos a la "tierra prometida". Hilo, al frente de sus hermanos, comenzó por el istmo de Corinto, pero hubo de enfrentarse con los ejércitos de Équemo, rey de Tegea; habiéndolo desafiado a luchar en singular combate, fue muerto por él (Ver, Équemo). Su nieto Aristómaco fue a consultar nuevamente al oráculo, el cual le respondió: "Los dioses te concederán la victoria si atacas por los estrechos". O bien: "Por el camino estrecho", pues el oráculo utilizaba una expresión anfibológica. Aristómaco interpretó "el camino estrecho" en el sentido de que había que atacar por el istmo, y encontró la muerte; los Heraclidas fueron, una vez más, vencidos. Cuando los hijos de Aristómaco llegaron a la edad viril, el mayor, Témeno, fue a consultar al oráculo y le formuló la misma pregunta. La Pitia se limitó a repetirle las dos respuestas anteriores. Ante ello, Témeno le hizo observar que su padre y su abuelo habían seguido los consejos del dios y que los mismos consejos que ahora se le daban a él habían significado la pérdida de sus progenitores. El dios replicó entonces que era culpa suya el no haber sabido interpretar sus sentencias. Añadió que por "tercera cosecha" debía entenderse "tercera generación", y por "camino estrecho" la ruta del mar y los "estrechos" que hay entre la costa de la Grecia continental y la del Peloponeso. Témeno se declaró satisfecho con la explicación. En efecto, con sus hermanos formaba la tercera generación después de Hilo y, para obedecer a la segunda respuesta del oráculo, dispúsose a construir una flota en la costa de Lócride, en una ciudad que, como consecuencia de ello, tomó el nombre de Naupacto de dos palabras griegas que significan "construir un navío". Mientras se encontraba allí con su ejército, Aristodemo, el menor de sus hermanos, fue muerto por un rayo (Ver, Aristodemo); dejó dos hijos gemelos, Eurístenes y Procles. Poco después cayó una maldición sobre el ejército y la flota. La causa fue la siguiente: un día vieron acercarse al campamento a un adivino llamado Carno. Era un hombre que no abrigaba sino intenciones amistosas hacia los Heraclidas, pero éstos creyeron que se trataba de un brujo que iba a echarles algún mal conjuro, y que se lo habían enviado sus enemigos los peloponesios. Uno de los Heraclidas, Hípotes, hijo de Filante y nieto de Antíoco, lo atravesó con una jabalina. Entonces se levantó una tempestad, que dispersó y desbarató la flota, mientras el hambre se abatía sobre el ejército, que se desbandaba. Témeno recurrió una vez más al oráculo, el cual le reveló que estas calamidades eran efecto de la cólera divina, y equivalían a un castigo por la muerte del adivino, cuya alma se vengaba de este modo. Añadió el dios que el asesino debía ser desterrado por diez años, y que los Heraclidas habrían de tomar por guía de su expedición a un ser que tuviese tres ojos. Témeno obedeció y se decretó el destierro de Hípotes (Ver, Aletes). Después se presentó a los Heraclidas un ser con tres ojos, en forma de un tuerto montado en un caballo. Era Óxilo, rey de Élide, que había sido expulsado de su ciudad por un año a consecuencia de un homicidio involuntario. Óxilo se avino a guiarlos, pidiendo sólo en recompensa que se le devolviese su reino de Élide. En breve tiempo los Heraclidas obtuvieron, por fin, la victoria contra los peloponesios, matando en la batalla a su rey Tisámeno, hijo de Orestes. En la acción perecieron los dos hijos de Egimio, Panfilo y Dimante, aliados de los Heraclidas (Ver, Egimio e Hilo). Estos, para agradecer a los dioses la victoria, erigieron un altar a Zeus Paternal, y después se repartieron el Peloponeso. Acerca de este reparto, ver, Cresfontes. Se cuenta que de las diversas provincias del Peloponeso, sólo tres fueron objeto de reparto: Argos, Mesenia y Laconia. Élide se reservó para Óxilo, tal como se había convenido, y en cuanto a Arcadia, los Heraclidas la respetaron. En efecto, un oráculo les había ordenado que, en su conquista, respetasen "a aquel con quien compartiesen una comida". Pues bien, cuando los Heraclidas se aproximaron a las fronteras de Arcadia, el rey de este país, Cípselo, les envió embajadores con regalos. Estos embajadores se encontraron con los soldados de Cresfontes que acababan de comprar víveres a unos campesinos de las cercanías, y estaban en plena comida. Invitaron a los arcadios a sentarse con ellos, y durante el refrigerio se suscitó una disputa. Los arcadios pusieron de manifiesto la inconveniencia que suponía pelearse con sus huéspedes, y los Heraclidas, acordándose de las palabras del oráculo, concluyeron un pacto con los arcadios, por el que se comprometían a no atacar a su país. Una variante de esta leyenda sostiene que los Heraclidas se apoderaron por la fuerza de las cosechas de las tierras fronterizas de Arcadia. Cuando se presentaron los emisarios de Cípselo, aquéllos se negaron a aceptar los presentes que se les ofrecían, porque el oráculo les había prohibido concluir alianzas en el curso de la expedición. Pero Cípselo les hizo observar que tenía ya en su poder, como regalo, las cosechas que se habían apropiado, y que, por tanto, su alianza estaba ya sellada, quisiéranlo o no. Los Heraclidas lo reconocieron así y dejaron de penetrar en Arcadia. Finalmente, se contaba, como versión más sencilla, que Cípselo había logrado que fuese respetado su reino otorgando a su hija en matrimonio a Cresfontes. Ver, Mérope.
 
Volver