Coloso de Rodas

Una de las siete maravillas del mundo. Representaba a Apolo o al Sol, divinidad de los rodios. Esta enorme estatua tenía, según la opinión más común, setenta codos de elevación (unos 32 m), o ciento cinco pies, según Festo. Era toda de bronce y sus pies se apoyaban sobre dos bases igualmente prodigiosas a la entrada del puerto de Rodas, y por entre sus piernas pasaban naves a toda vela. Este coloso, empezado por Cares el índico, discipulo de Lisipo, y concluido por Laqués, fue derribado, dice Plinio, cincuenta y seis años después de su colocación, quedando sin restaurar hasta tiempos de Vespasiano. En este intervalo todos los pueblos habían enviado sumas considerables para repararle; pero los rodios se repartieron entre sí todo el tesoro, bajo pretexto de que el oráculo de Delfos había prohibido su restablecimiento. Cuando los sarracenos se apoderaron de la isla de Rodas, a mediados del siglo VII, vendieron los fragmentos del coloso a un judío, quien habiéndolo reducido a pedazos, cargó con ellos más de novecie tos camellos. Pocas personas podían abrazar su pulgar, y cada uno de sus dedos tenía la longitud de una estatua ordinaria. El artista había colocado en el interior escaleras que conducían a la cabeza de monumento, desde la cual se descubrían las costas de la Siria y hasta los navíos que surcaban sus mares. Este género de estatuas empezó en Egipto, donde Sesostris hizo colocar en un templo de Vulcano, en Menfis, varias estatuas, así de él como de su familia, de las cuales las unas tenían treinta codos de alto y las otras veinte. Había en Apolonia, ciudad del Ponto, una estatua de Apolo de treinta codos de altura que Lúculo hizo llevar a Roma. Entre las antigüedades de esta ciudad contaban siete colosos famosos, dos de Apolo, dos de Júpiter, uno de Nerón, uno de Domiciano y otro del Sol.
 
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