Didimeion
o Didymaion o Didimeo. Santuario griego con oráculo de Apolo filesio en Dídima, junto a Mileto. Los antiguos griegos concedían gran importancia a los vaticinios de los oráculos. Por boca de las pitonisas hablaban los dioses a los hombres. Esta creencia en los augurios divinos influía no solo en cuestiones privadas como casamientos o viajes, sino también en asuntos de trascendencia política, pues muchos soberanos consultaban los oráculos para que les orientaran a la hora de tomar decisiones de gravedad como entablar una alianza o emprender una guerra. Y eso a pesar de que las más de las veces los mensajes de los oráculos eran confusos. En el período de la Grecia clásica y de la posterior expansión de la cultura griega conocida como epoca helenística, los templos oraculares proliferaron por todo el mundo mediterráneo. Sin embargo, bajo la dominación romana los oráculos griegos habían caído en el desprestigio, como tenemos constancia por Estrabón. Uno de los oráculos más prestigiosos del mundo griego estaba situado en tierras de Asia Menor, en un cabo entre Caria y la Jonia, a orillas del mar Egeo. Su sede era el gran Templo de Apolo, en Dídima, conocido también como Didimeion. Estaba una veintena de kilómetros al sur de Mileto, y conectado a esta ciudad por una Via Sacra pavimentada de mármol y flanqueada por estatuas de dignatarios y de leones. Los griegos fundaron el santuario sobre un lugar de culto antiguo asociado con la presencia de una fuente y un bosque sagrados. En el subsuelo han sido hallados restos de pequeños templos primitivos que se remontan a fines del VIII o principios del VII a.C., y la planta del primer santuario arcaico de dimensiones monumentales, iniciado hacia 550 a.C. para albergar adecuadamente el oráculo, que por esas fechas ya era célebre en todo el mundo heleno. El imponente edificio cuyas ruinas podemos visitar actualmente no data, sin embargo, de antes de fines del siglo IV a.C., si bien fue objeto de sucesivas reformas en las siguientes centurias, y de hecho quedó finalmente inacabado. El mantenimiento del templo, que nunca tuvo una ciudad alrededor, estaba a cargo de la familia de los Bránquidas, una estirpe sacerdotal. Con motivo de las fiestas llamadas Didimeia, se reunían aquí gentes de toda la Jonia para celebrar competiciones deportivas. Los consultantes del oráculo debían seguir un protocolo fijo: recorrer la Vía Sacra Mileto¬Dídima, solicitar alojamiento, bañarse en las aguas purificadoras de un pozo sagrado, y abonar una tarifa. La tarifa variaba según el carácter de la consulta: las concernientes a asuntos privados se cobraban a un precio muy superior a las audiencias de índole pública. A continuación, a fin de saber si el dios estaba presente en el santuario y si aceptaba la consulta, debían sacrificar un animal sobre el altar cilíndrico que aún puede verse frente a la fachada del templo. Se asperjaba al animal con agua fría antes de su inmolación, y si éste no reaccionaba, la consulta era rechazada. El consultante accedía al pronaos, donde era recibido por un sacerdote, al que planteaba la pregunta. El sacerdote desaparecía entonces en el interior del templo y trasladaba la consulta a la profetisa, la cual se había purificado previamente con el agua sagrada y llevaba varios días de ayuno. Su respuesta era recogida por escrito y transmitida al consultante, y a la vez los diferentes manuscritos eran recopilados y exhibidos en el chresmographeion, una amplia estancia abierta a un nivel superior del pronaos. Entre los consultantes más insignes que visitaron el oráculo de Didima citaremos a Alejandro, que fue allí informado de que iba a vencer a los persas y contribuyó a la total reconstrucción del templo, y a su general y sucesor Seleuco, que fue advertido de que perdería su imperio si marchaba contra Europa. Las ruinas del Didimaion figuran entre las más espectaculares de Turquía. Aunque casi todas sus columnas están derrumbadas, con sus enormes tambores y capiteles esparcidos por tierra, aún se sostiene en cambio una buena parte de la colosal estructura del templo, que era el segundo en tamaño de los de Asia Menor, tras el Artemision de Éfeso, y sólo parangonable en dimensiones con el Heraion de la isla jonia de Samos. La planta del Didimeion mide 109 x 51 m, la tercera más grande entre todos los templos griegos conocidos. El santuario propiamente dicho se levantaba sobre una gran plataforma de tres metros y medio de alto, accesible por escalinatas monumentales de siete peldaños (trece en la fachada). De tipo períptero, y muy semejante al Artemision, el templo estaba rodeado de un bosque de 120 columnas jónicas, distribuidas en dobles columnatas en todo su perímetro y en el interior del pronaos, mas cuatro columnas corintias en el chresmographeion. Las columnas de la doble peristasis casi alcanzaban los 20 m de alto. Tres de ellas están relevantadas para dar una idea de la descomunal altura que llegó a alcanzar el templo. Los capiteles eran jónicos, con su doble voluta característica, excepto los cuatro de las esquinas, que lucían una decoración a base de leones alados y cabezas de toros. Los frisos del arquitrabe mostraban enormes y aterradoras cabezas de Medusa, que recuerdan a las de las gorgonas reaprovechadas en el Yerebatan Sarayi de Constantinopla. Las basas de las columnas frente a la puerta de entrada despliegan una vistosa y elaborada ornamentación a base de paneles, con motivos de guirnaldas, palmetas y bajorrelieves de seres mitológicos. A lo largo de los muros externos del santuario corren dos gruesas molduras con forma de guirnaldas. Sólo se puede penetrar a la parte interna del edificio por dos estrechos pasillos en rampa, con los suelos, las paredes y los techos totalmente recubiertos de blanco mármol. Los techos son sendas bóvedas de medio cañón, realizadas con bloques redondeados no dispuestos en forma radial. Sólo a los sacerdotes les era permitido internarse por estos pasadizos, a través de los cuales se accede al sekos o adyton, un vasto patio central de 54 x 22 m de lado, abierto al cielo pero encerrado entre muros de 18 m de altura. Los muros están ritmados por pilastras adosadas, coronadas de capiteles de grifos y motivos florales. Al fondo del patio se levantaba un templete para custodiar la estatua de Apolo, que era donde se realizaban las consultas a la pitia, y del que no queda nada. El Didimeion fue transformado en basílica en la época bizantina, lo que puede explicar su relativo buen estado de conservación, por comparación con los exiguos restos de su rival el Artemision. Ver, Dídima (Jonia).

