Atinio
Hombre de quien Tito Livio, cuenta cierta anécdota. En la mañana de un día en que debían celebrarse juegos solemnes, se presentó un amo conduciendo a uno de sus esclavos hasta el centro del circo, donde le hizo apalear rigurosamente con varas. Al poco rato empezaron los juegos. Pasados algunos días, Júpiter Capitolino se apareció en la noche a Atinio, y le mandó que fuese a anunciar de su parte a los cónsules: "Que Júpiter había quedado muy descontento del que había dirigido la danza en los últimos juegos y que por consiguiente exigía que se hiciese nueva fiesta, nombrándose diferente danzante y que de no hacerlo los castigaría". El romano, al despertarse, consideró su visión como un vano sueño y temiendo ponerse en ridículo no se cuidó de ir a presentarse a los magistrados. Pero su hijo, sin estar malo, murió repentinamente. En la noche siguiente hubo nueva aparición. Preguntandole Júpiter si aún estaba dispuesto a despreciar la orden de los dioses, le repitió su misión y le añadió, que si no obedecía, sufriría otra desgracia. Atinio continuó tratando este asunto con frialdad, y tardó poco en ser acometido de una parálisis que le privó enteramente del uso de sus miembros. Entonces se hizo llevar con una camilla ante el Senado, donde refirió cuanto le había sucedido. Apenas hubo concluido su relación cuando quedaron libres sus miembros. Reflexionando entonces sobre todas las circunstancias, la plebe creyó hallar al mal danzante en el esclavo apaleado. Buscaron al dueño, y después de haberle castigado, se ordenaron nuevos juegos cuyos gastos ascendieron al duplo de los precedentes. Estos segundos juegos fueron celebrados bajo el consulado de C. Julio y de P. Pinario, en el año de Roma 265, y 487 a.C.

