Luz
Los egipcios, muy sensibles a la diferencia de luminosidad del sol, de la sombra y de la noche, supieron sacar gran partido de ella, lo mismo en la arquitectura de sus edificios que en el simbolismo religioso. La sombra y el fresco son cosas que se buscan en la construcción de las casas. Por consiguiente, se procuran también para las casas de los dioses, o sea para los templos. La sala hipóstila está iluminada por grandes ventanales dispuestos en una diferencia de nivel del techo en Karnak. En los templos tardíos se derrama la luz impetuosamente por la parte superior de la fachada. Pero, a medida que se va penetrando en el templo, disminuye. Unos pequeños tragaluces la distribuyen con parsimonia desde lo alto de los techos o de los muros. El santuario, por su parte, está sumido en la oscuridad. Ello es así porque representa para el dios, comparado siempre con el Sol, el horizonte tras el cual se regenera el Sol como en el seno de su madre Nut. Cuando se levanta en la sala de la aparición, apunta la leve luz del alba, y entonces sale en procesión hacia la luz exterior, que cae con todo su enorme caudal. Es que la luz trae la vida. Por esto, para vivificar a la estatua divina, encerrada en las tinieblas del templo, se la expone a los rayos solares, y, con este rito, realizado al principio del año, se renueva el acto creador del demiurgo y se mantiene la vida cósmica.

