Medicina
Los datos más antiguos que se poseen sobre la práctica de la medicina se remontan a la civilización sumeria. Los sumerios no tenían médicos titulados y dejaban a los enfermos expuestos para que los viandantes les aconsejaran remedios. Conocían la anatomía humana. En época paleobabilónica, el Código de Hammurabi ya cita a los médicos y cirujanos, a los que se les aplicaba la Ley del Talión si sus remedios resultaban desafortunados. Gran parte de la medicina griega hipocrática recoge la ciencia y los conocimientos médicos babilónicos. Estamos mejor informados de la medicina egipcia, ya que poseemos varios papiros y diversos fragmentos que contienen datos sobre la misma. El estudio de la anatomía humana estaba avanzadísimo. Posiblemente interviniera como causa decisiva el conocimiento del cuerpo humano y sus técnicas de embalsamamiento y momificación. Como es lógico, la mayoría son más bien vademécum de practicantes que obras de estudios teóricos. Pero el valor de los libros médicos conservados en el templo de Ptah en Menfis era tal, que los médicos griegos iban a consultarlos aún en los tiempos de Galeno. Algunos textos comprenden la exposición de los síntomas, el diagnóstico y los remedios que hay que aplicar. A menudo sólo viene el nombre de la enfermedad antes de la composición de los medicamentos. La materia médica es rica, pero frecuentemente resulta muy oscura para nosotros. En muchos casos se dan un número bastante grande de remedios distintos para la misma enfermedad. Los resúmenes que tenemos no precisan el empleo particular de cada uno de ellos ni las razones de sus diferencias. A veces intervienen recitaciones de fórmulas. Pero, en los textos médicos, nunca falta el remedio racional. El Papiro Edwin Smith, del Imperio Antiguo, da el comienzo de un tratado quirúrgico estrictamente racional y bien organizado. Empieza con las heridas de la cabeza, luego pasa a las del tronco, etc. Cada caso comprende la descripción clínica, el diagnóstico, la indicación sobre las probabilidades de cura y el tratamiento apropiado. Este detalle demuestra con toda evidencia que la medicina egipcia en el tercer milenio iba ya por el camino de lo que sería la medicina griega. Pero poseemos sólo raros fragmentos de los tratados médicos antiguos. El médico podía disponer de auxiliares: enfermeros, practicantes en vendajes, etc.. Existía cierta especialización médica: había cirujanos, oculistas, gastrólogos... Se cuidaban también los dientes. Se ejecutaba el empastado a base de crisocola. En ciertos casos, la utilización de remedios repugnantes (empleo de orines o materias fecales) debe imputarse al deseo de aplicar el amoníaco, que no sabían aislar. Aparecen verdaderas teorías médicas en el estudio de los vasos sanguíneos o del corazón. A despecho de las enormes lagunas de nuestra documentación, se puede tener la certeza de que la medicina egipcia es la madre de la griega. Los tratados hipocráticos revelan las influencias que recibieron de ella, y Dioscórides da todavía muchos nombres de materias médicas en egipcio. Desde nuestras más antiguas fuentes literarias, se sabe que en la edad heroica de Grecia, las actitudes ante la enfermedad y el dolor no eran sustancialmente diferentes que las que imperaban en los antiguos Egipto o Mesopotamia, en donde sus causas y la puesta a punto de remedios estaban relacionados con creencias sobrenaturales. Sin embargo, los dioses, además de provocar la muerte y la enfermedad, también curaban la enfermedad y sanaban las heridas. La medicina religiosa, así pues, estaba firmemente establecida y los sacerdotes en sus templos y santuarios se ocupaban de una necesidad humana eterna. Los pacientes en busca de cura podían buscar ayuda en una gran serie de dioses y semidioses (Ver, Incubación). El más importante de ellos era Asclepio, hijo de Apolo. En el último tercio del siglo V pasó de ser un héroe cultural menor a convertirse en un dios importante. En un principio se asumía que su templo en Cos era la cuna de la medicina griega. Se argumentaba que Hipócrates, el padre de la medicina, era un asclepíada y había aprendido medicina en el Asclepeo de Cos, y que él fue el primero en separar la medicina de la filosofía creando así la medicina racional. Pero esa visión de las cosas no se puede sostener. El templo de Cos no se construyó, de hecho, hasta fines del siglo IV a.C. y las afinidades entre la medicina hipocrática y las prácticas sanadoras dentro de los templos de Asclepio se explican mejor como el resultado de la influencia del primero sobre el segundo. La invención de la medicina racional es una de las más impresionante contribuciones de los antiguos griegos a la cultura occidental. Sus orígenes, sin embargo, deben buscarse no en la práctica de los templos, sino en la filosofía jonia de la naturaleza. La emancipación de la medicina de la superstición fue una consecuencia de la misma actitud mental que los filósofos milesios habían aplicado en primer lugar al mundo que les rodeaba. Sus intentos de explicar el mundo sin recurrir a la intervención sobrenatural supuso una transición de la conjetura mitológica a la explicación racional. Del mismo modo que ellos habían intentado explicar en términos puramente naturales fenómenos terroríficos como los terremotos, truenos y relámpagos, anteriormente considerados como manifestaciones de poderes sobrenaturales, esa misma perspectiva se aplicó más tarde por obra de los autores médicos a la explicación de enfermedades temibles como la epilepsia o la apoplejía. Los 60 ó mas tratados del Corpus Hipocrático están prácticamente liberados de magia e intervenciones sobrenaturales. Se han conservado tratados enteros en los que las causas y síntomas de la enfermedad se explican en términos naturales. Sin el ambiente intelectual del racionalismo jonio la medicina hipocrática nunca se podría haber concebido. Prácticamente todo lo que la separa de la medicina anterior y contemporánea deriva de su impulso filosófico, esto es, su actitud, procedimiento y modos de explicación racionales. Su convicción de que los seres humanos deben considerarse como productos de su entorno y de que están hechos con las mismas sustancias y sometidos a las mismas leyes físicas que el mundo en su conjunto. Su creencia de que las enfermedades poseían su propia naturaleza individual y seguían su curso en un período de tiempo fijo, totalmente independiente de la interferencia sobrenatural. Una importante manifestación de esta nueva actitud racional puede verse en el tratado sobre la Enfermedad sagrada, que intenta demostrar que la epilepsia tenía causas naturales como todas las demás enfermedades. La misma actitud se muestra en Aires, aguas y lugares, que intenta explicar las enfermedades en general como causadas por el clima y los rasgos topográficos. Este rechazo de las creencias en las causas sobrenaturales y en la eficacia de conjuros y encantamientos representa la deuda mayor y más duradera de la medicina con respecto a la filosofía. Sin embargo, los elementos irracionales no quedaron erradicados por completo de la medicina griega. Creencias supersticiosas siguieron actuando y las prácticas irracionales estaban firmemente asentadas como parte del folklore de la antigua Grecia. Durante la ilustración del siglo V a.C. el culto a Asclepio experimentó una gran expansión. Aunque la influencia inicial de la filosofía fue tan beneficiosa, su influencia continuada supuso una grave amenaza para los más ventajosos desarrollos de la medicina cuando, en el siglo V, los filósofos buscaron cada vez más ampliar su campo de intervención desde el mundo hasta el propio hombre y, como consecuencia de ello, comenzaron a poner sus teorías médicas sobre sus postulados filosóficos. Los más influyentes filósofos en este sentido fueron Empédocles, Diógenes de Apolonia y los atomistas. El peligro inherente en esta subordinación de la medicina a la filosofía fue reconocido por el autor de Sobre la Medicina Antigua y se estableció una vigorosa pero inadecuada oposición contra la intrusión filosófica. Claramente consciente de la oposición entre el dogmático a priori metodológico del filósofo y del acercamiento más empírico que precisa el médico, el autor rechaza los intentos de establecer hipótesis no verificables para explicar la enfermedad. Una actitud similar se muestra en Sobre la naturaleza del hombre, en donde la polémica se centra en aquellos que sostienen que el hombre está compuesto por una sola sustancia básica. Pese a esta vigorosa oposición, el Corpus Hipocrático manifiesta claramente la continua influencia de la filosofía. Algunos tratados revelan la influencia de un filósofo concreto. Otros son más eclécticos, otros más, al tiempo que condenan las intrusiones filosóficas están, no obstante, inconscientemente influidos por la filosofía. Sobre la naturaleza del hombre, por ejemplo, tan fuerte en su denuncia de esa práctica, formula irónicamente una teoría que ha contribuido más que cualquier otra al dominio de la filosofía sobre la medicina durante los dos siglos siguientes. Su autor, al plantear la teoría de los cuatro humores, que creía que estaba justificada empíricamente, apoya de hecho una teoría que se había desarrollado en el entorno filosófico presocrático y que es el equivalente médico de la teoría de los cuatro elementos (Ver, Elementos). Sin embargo, un tabú irracional permaneció profundamente arraigado. Los escrúpulos religiosos, la veneración de los muertos, y el temor al cadáver influyeron conjuntamente para prohibir la disección humana y trabar así seriamente los avances en el conocimiento de la anatomía humana. En el siglo III a.C. la medicina racional griega se había trasplantado a Alejandría. Allí dos médicos emigrantes, trabajando en un entorno nuevo y estimulante, en donde fueron capaces de prescindir de las inhibiciones operativas en Grecia continental, comenzaron la disección sistemática, incluso la vivisección, de cuerpos humanos. Avances sorprendentes fueron obra de Herófilo y de Erasístrato, especialmente por su descubrimiento del sistema nervioso. Sus cuidadosas disecciones proporcionaron la base y el estímulo para las investigaciones posteriormente desarrolladas por Galeno, cuyos trabajos terminaron por representar el mejor logro de la medicina racional grecorromana. Ver, Alcmeón, Botánica, Celso, Diocles, Educación, Filino, Filistión, Praxágoras, Sorano, Incubatio.

