Religión greco-romana

La religión del mundo clásico partió de elementos heterogéneos entre los que se distingue la influencia de medios económicos (nómadas y sedentarios, agricultores y pastores) y étnicos muy diferentes (indoeuropeos, mediterráneos, etc.). En cuanto a los cultos domésticos, el cuadro patriarcal de la sociedad primitiva parece haberle dado algunos de sus rasgos más característicos. Las divinidades propiamente romanas fueron originariamente concebidas como formas impersonales y múltiples (numina) (Ver, Numen), a las cuales el panteón griego prestó su rica mitología y un antropomorfismo preciso. La observación exacta de los ritos asegura la paz de los dioses, condición y garantía de la paz de la ciudad. Estos dioses manifiestan su voluntad por medio de presagios en Roma (técnica augural de los libros rituales etruscos) y oráculos en Grecia. Debido a las múltiples confluencias y sincretismos, se puede hablar de una religión grecorromana, por lo demás modificada por las aportaciones helenísticas y orientales ulteriores (con influencias de la reflexión filosófica: estoicismo, epicureísmo, creencias pitagóricas y órficas). Después se produjo la invasión de las religiones más propiamente orientales y mistéricas (Mitra, Isis, etc.) que responden a una nueva sensibilidad. La mentalidad religiosa romana se mostró, de manera general, tolerante hacia los dioses extranjeros y en cada provincia se elaboraron sincretismos originales (Baal Saturno en África), aunque por motivos políticos y de orden público se prohibieron las Bacanales y se persiguió a sus adeptos, así como el Cristianismo. El desarrollo de la ciudad asoció cada vez más estrechamente las divinidades a la vida colectiva del Estado. Una gran parte de los emperadores fueron divinizados y se creó poco a poco un verdadero culto imperial.
 
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