CERRO DE LA CRUZ
Almedinilla es una localidad olivarera del sur cordobés, rodeada de sierras, las Sierras Subbéticas, y atravesada en dos por el río Caicena, que a su paso por el pueblo dibuja paisajes de huerta y desfiladero. En el vértice común que forman las provincias de Córdoba, Jaén y Granada (a una hora de cada capital y entre Priego de Córdoba y Alcalá la Real), Almedinilla nos sale al encuentro blanca, encajada y resbaladiza, como buen ejemplo de las peculiaridades del territorio donde se en marca: la Subbética cordobesa. Rodeada de olivos, Almedinilla conserva los restos de un poblado ibérico (Cerro de la Cruz) y una enigmática villa romana consagrada al dios del sueño (Ver, El Ruedo). El yacimiento arqueológico del Cerro de La Cruz, es un magnífico reflejo de la cultura prerromana en estas tierras. La necrópolis encierra urnas cinerarias que contienen las cenizas del difunto, junto a armamento bélico y ofrendas funerarias de diferentes tipos. El poblado ibérico, que en el momento de su excavación se presentó en un estado de conservación muy bueno (muros de adobe y tapial de hasta dos metros de altura), posee una estructura urbana compleja y organizada. Corresponde con un poblado ibero de la antigua Bastetania construido a partir de grandes muros de contención, que formaban terrazas artificiales donde se situaban las viviendas y dependencias de trabajo. Las investigaciones parecen concluir que fue destruido violentamente, en relación con los episodios de la conquista romana, a finales del siglo II a.C.. El Cerro de la Cruz es, según las investigaciones recientes, un poblado de tamaño mediano en el entorno andaluz, quizá de hasta 5 Ha. de extensión. Organizado en terrazas a lo largo de la empinada ladera meridional del Cerro, las zonas excavadas se encuentran en un extraordinario estado de conservación. Los muros de adobe, alzados sobre un zócalo de piedra y enlucidos de blanco, se conservan hasta más de un metro y medio de altura, mostrando puertas y ventanas, e incluso improntas de vigas de segundos pisos. La presencia de cisternas, molinos y telares, junto con la ausencia de hogares y la masiva aparición de formas cerámicas de almacenamiento, son datos que indican que la zona excavada corresponde a un área especializada en trabajos de transformación, a no ser que los segundos pisos, perdidos, correspondieran a las habitaciones destinadas a vivienda; la alternativa es por ahora dificil de resolver. El análisis de los materiales que proporcionan datación, como algunas monedas y cerámica campaniense (un tipo de cerámica helenística importada de barniz negro brillante), indica que el poblado fue destruido por un incendio y abandonado en la segunda mitad del siglo II a.C., ya en Baja Época ibérica. Y ello plantea un doble enigma, porque los restos excavados en un área ya muy amplia muestran sistemáticamente el mismo panorama: un poblado con una sóla fase de ocupación del siglo ll a.C., y un brutal incendio tras el cual fue abandonado, sin un intento de rehabilitación una vez apagados los rescoldos: todo, instrumentos, cerámica, telares y molinos, está bajo los derrumbes de techos y paredes. Las preguntas son pues inevitables: ¿por qué los materiales de la necrópolis son al menos un siglo y medio más antiguos que los del poblado?, ¿dónde estaba el cementerio del siglo II a.C.? y ¿dónde el poblado del siglo IV a.C.?. Y además: ¿qué ocurrió para que un poblado próspero sufriera un incendio generalizado sin que luego fuera reconstruido; en realidad, sin que ni siquiera se rebuscaran objetos de valor entre los restos calcinados?.

